Cortafierros

August 22, 2017

 

El entusiasmo como bandera. No importaba si había zapallitos rellenos o si tenía que ayudarme con matemáticas: al viejo todo lo entusiasmaba. Pero cuando de por medio estaban las herramientas, sobre todo el martillo y el cortafierros, no había concesiones, no había muescas de complicidad: se ponía duro como un adoquín. Vení, decía, pasále virulana a este hierro, para que salga lo más grueso, y después lija; acercá los caballetes; revolvé la pintura;  ayúdame a dar vuelta esta reja, que está pesada. Pero martillo y cortafierros no. No todavía. Así fue todo segundo, tercer grado, lejos de las herramientas.

 

Trabajaba todos los días bajo cuatro columnas herrumbradas y un techo de chapas altísimo, acaso una estructura precaria pero indispensable para tener a cobijo una larga mesa de trabajo, varios juegos de caballetes y una buena pila de hierros de distintas medidas y grosores. Solía verlo mientras doblaba y soldaba, mientras martillaba y cortaba perfiles; y también cuando pintaba, con movimientos delicados, estirando la pintura sobre las caras de un barrote, con pinceles de cerdas duras de tanto uso.

 

Me gustaba estar en el taller, después del colegio; calzarme vincha y antiparras, pertrechos que él usaba para protegerse del ruido ensordecedor y de las virutas incandescentes que arrancaba la amoladora, chispas que cuando caía el sol parecían bichitos de luz anaranjados. Miles. Sobre todo, recuerdo, me desesperaba por agarrar martillo y cortafierros y golpear cualquier cosa, lo que fuere. Sin embargo, él se cuidaba bien de dejarlos a mano. Tenía que conformarme con la máscara que usaba para soldar, que no por eso era un mal premio consuelo: me la ponía en la cabeza y el mundo se oscurecía, veía absoluta negrura hasta que alzaba la cabeza buscando el sol, una pelotita verde incandescente.

 

Un día me quedé solo con mi hermana, unos años más grande que yo, y pensé enseguida en el cortafierros. Fui al taller y revolví la caja de herramientas hasta encontrarlo; agarré el martillo y estaba a punto de darle un golpe a una puerta comida por el óxido cuando escuché el auto. Revoleé las herramientas debajo de la mesa de trabajo, salí corriendo del taller y me tiré sobre el perro; el pobre largó un quejido pero con las caricias y las revolcadas se olvidó rápido. Pasaron dos semanas hasta que encontró las herramientas abajo del banco. A punto estuvo de comprar unas nuevas. Yo no pensaba hablar, cualquier mención al tema me habría delatado.

 

Algún tiempo después, un sábado frío salí al patio cuando él ya estaba trabajando. Unos días antes a alguien se le había caído un tarro de duraznos lleno de bolitas que se desparramaron; habían rodado por todas partes, me imaginé una araña a la que se le estiraban las patas cada vez más lejos. Pasaban los días y las seguíamos juntando y esa mañana vi dos o tres en un rincón y estaba por agacharme para agarrarlas cuando mi viejo, desde el taller, me dijo si quería ayudarlo. Le dije que sí, claro, o no le dije nada pero asentí y me dispuse a hacerlo. Me dio las instrucciones, fui despacio hasta el cajón de herramientas y escarbé hasta encontrar martillo y cortafierros. Di algunos golpes bastante imprecisos sobre unos barrotes recién soldados y la escoria de la soldadura se desprendió sin dificultad; después dejé las herramientas sobre el banco de trabajo me fui con el perro hasta que se hizo la hora de comer.

 

 

 

 

 

 

AUTOR

 

 

 

 

Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe.

Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.

Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.

Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita.

Nació en La Plata en 1988.

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