Piedra libre

August 21, 2017

 

 

Tenía las manos de color morado. Era fácil la investigación del caso: desapareció poco después de almorzar, durante la siesta, cuando los adultos ya estaban en feliz cita con Morfeo. La lluvia había cesado también en ese preciso momento, sólo caían unas pocas gotas que podían contarse con los dedos de las manos. Y claro, esas manos. Las delatoras. Las que poco antes habían sido sus cómplices, ahora lo traicionaban. Las arrepentidas. No se percató enseguida que también su remera blanca aportaba una prueba irrefutable.

 

-Pero mamá, yo estaba acostado- balbuceó Peco, con poca suerte, al tratar de ensayar una coartada.

-Noo mamá, él no estaba en la pieza. Puso un almohadón para disimular, yo lo vi porque me hice el dormido- atestiguó Fito, el hermano mayor, el que siempre se porta bien y nunca se manda una macana. Más que eso: deschava las travesuras del más peque. “Parece que no tuvo infancia”, pensó para sí Peco.

-Mostráme las manos- requirió la fiscal, mientras el acusado mantenía en alto la cabeza pero los brazos bien pegados a su espalda, y las manos entrelazadas, como ofreciéndole una última ayuda antes del alegato. El ocho que marcaba su pie izquierdo pronto dejó una marca en la tierra mojada.

 

-¡Te dijo que le muestres las manos!- le reclamó Fito, sumándose al planteo acusatorio. -Yo hago las preguntas acá y decido- llegó a interrumpir ella al pequeño abogado. Peco se vio acorralado. Por su aprendiz cabecita de explorador se sucedían las imágenes del hecho.

 

“Que descansen”, les dijo a sus padres antes de irse a la cama. Cuando ya los pasos no retumbaban en la casa, se escabulló entre las sábanas y acomodó una almohada para simular que su humanidad de 6 años permanecía reposando. Abrir la puerta de la habitación fue lo más difícil porque siempre chirriaba, pero ese día había sido precavido y no la cerró por completo. Una vez afuera de la casa, Flaqui, su perrita, lo vio y empezó a ir hacia él ladrando de felicidad. Eso no lo tuvo previsto, y debió correr hacia ella para tranquilizarla. Juntos fueron hasta los tres árboles de mora que estaban a 30 metros de la casa.

 

El momento ideal de comer una fruta es después de la lluvia, cuando aún pende del árbol que le da sustento. Y Peco lo sabía. Visitar al amigo que habla con el viento y que te ofrenda parte de él, con el aroma a fruto recién lavado y el color más vivo que nunca, vale el precio de una reprimenda de mamá. Y la época del año le estaba regalando moras. Las moras más rojas que haya visto nunca.

 

Pero saborearlas tiene un precio. El precio de la marca de la amistad.

 

 -Es la última vez que lo repito, Peco. Mostráme las manos-, fue el ultimátum de la fiscal.

 

El acusado finalmente agachó la cabeza, que había soportado indemne las acusaciones de dos duros abogados. Extendió sus brazos, con las palmas hacia el aire. Sus diminutos dedos tenían el brillo dulce de una victoria morada. Su mamá dejó escapar una estruendosa y divertida carcajada que la obligó a sentarse en el suelo, y el barro no perdonó a sus jeans celestes. Peco y Fito se miraban sin entender si estaban habilitados a seguir su actitud.

-Te voy a tener que comprar unas botitas de goma, así no ensuciás las zapatillas la próxima vez-, le dijo a Peco entre risas, mientras le alcanzaba las manos a sus dos pequeños para que la ayudaran a reincorporarse.

 

 

 

 

 

 

 

AUTORA

 

 

 

 ROMINA GELROTH: Su madre siempre cuenta que, de sus cuatro hijos, fue la que aprendió primero a hablar y luego a caminar. Será el origen de su afición por las palabras, escritas o habladas. Fanática declarada del cine, es una directora y actriz frustrada. Pero despuntó su amor por la fotografía, todo es digno de ser congelado con luz, especialmente las aves y los cielos. Panza verde de origen, le es imposible estar sin la compañía del mate. Adoptó La Plata hace algunos años, y ya se con-funde bien en el paisaje urbano de las diagonales y tilos. No solo en manipular vocablos en diarios digitales se van sus días: también transcurren entre diseños, costuras, telas y calzados. Improvisó un incipiente jardín en su balcón. Escribir sobre viajes, y viajar, su aspiración.

 

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