Leila Sucari: “Hoy pienso en mi novela como algo de otra vida”

December 4, 2017

El trabajo como periodista freelance la enfrenta a todo tipo de notas, desde una entrevista al creador de una App hasta la crónica de sus 14 horas de viaje en micro hasta Santiago del Estero. Por eso, dice, “cuando me siento a escribir no tengo la fobia de la hoja en blanco”. Su novela Adentro tampoco hay luz (Tusquets) apareció en las librerías en agosto pero ya le había puesto el punto final mucho antes. Hablamos con ella sobre la escritura, el oficio del periodista y su nueva novela.

 

 



Niña-abuela-campo. Está tríada asomó en la cabeza de Leila Sucari en el verano de 2014; sin premeditarlo comenzó a escribir algunas escenas e imágenes. Se le presentaban así, sin más, y sintió que había algo. Esos apuntes aislados y capítulos sueltos crecieron tanto que para marzo creyó que el material era suficiente como para darle forma, aunque no sabía si iba a ser un cuento o si daba para una novela. Entonces estaba transitando el embarazo de su hijo Simón y cuando no podía sentarse frente a una computadora escribía mentalmente: “Eso es algo que hago mucho, escribir con la cabeza”. Poner el punto final le llevó un año y medio y se trató de una escritura “muy intuitiva”, es decir, no hizo un esquema o un proyecto, ni siquiera tenía demasiadas expectativas, seguía simplemente el deseo, la necesidad de escribir.

La organización del material fue, de alguna manera, una tarea colectiva. Poco después de haber comenzado a escribir, Leila Sucari empezó un taller de novela con la escritora Fernanda García Lao, a quien ya conocía porque había hecho el taller de cuento; en los encuentros leía su texto y apuntaba las sugerencias de la escritora y de sus compañeros. La novela continuó su camino con la obtención, en 2016, del primer premio del Fondo Nacional de las Artes.

La protagonista de Adentro tampoco hay luz es una niña que tiene miedo de quedarse sola para siempre. En la primera escena el colectivo del que acaba de bajarse se aleja por la ruta; a la vera del camino espera la llegada de su abuela. Pasará una temporada en el campo, no lo decidió ni podría haberlo hecho: sigue el caprichoso dictado de su madre. Cuando la abuela la recoja y lleguen a destino, la ciudad habrá quedado todavía más lejos: “La casa no es como mamá me contó”. En adelante, la voz de la protagonista crece enormemente. Sucari logra una mirada extrañada sobre las cosas que vive esta niña; hay frescura en la sorpresa, el entusiasmo y la decepción que suscita todo lo que se prueba y todo lo que sucede por primera vez. Quien narra no hace un balance ni saca conclusiones, no hay una lectura en perspectiva ni condescendencia; lo narrado está sucediendo, se precipita, y la narradora, la niña innominada, no lo juzga, lo vive.

Leila Sucari escribe para diferentes medios como Brando, Sophía, La Agenda y Alta. Aunque “escribo todo el tiempo –dice–,  para escribir lo que realmente quiero le robo tiempo al trabajo y a la vida cotidiana, a veces puedo más, a veces menos”. Tras presentar su novela en la Feria del libro de Santiago del Estero, la periodista y escritora habló con La Perinola.

 

 

 



-Las mujeres de la familia de la protagonista no tienen nombre. ¿Hay un por qué?

Cuando empecé a escribir no me urgía ponerle nombre a ninguna. Después me hice la pregunta, ¿les pongo nombre? La abuela en algún momento tuvo, se iba a llamar Elba, pero finalmente decidí que ninguna tuviera nombre. De alguna manera siento que al no estar determinados los personajes por un nombre hay más amplitud de lectura. Si, por ejemplo, hubiese usado el nombre María, cada uno ya tiene una construcción en su mente de ese nombre, porque conoce a otras marías, porque leyó sobre otras marías. Sin nombre cada uno puede construir más libremente esas identidades.

-La protagonista dice de entrada “tuve miedo de quedarme sola para siempre”; después, en el funeral del vecino, habla de volverse invisible y, más adelante, se compara con una flor silvestre que crece sola en el pasto. ¿Qué papel juega la soledad para esta niña?

Hay algo de un desamparo total en medio de un campo, que no es un campo de rosas, al que llega para vivir con una abuela que vio pocas veces en su vida; entonces, llega a un lugar un tanto hostil. Pero también hay algo de exageración propia de la mirada de un niño, o de una adolescente para quien es todo o nada. La protagonista se construye un mundo; está bastante sola pero al mismo tiempo esa soledad le permite abrirse a otro mundo, construir su propio universo, sus amistades y su relación con la naturaleza. Si tuviera una estructura de contención, una familia más típica quizá perdería esa capacidad o esa libertad que tiene y que es la parte más rica, es decir, educarse así, como una flor silvestre, sin el cantero, sin marcos claros.

-Hoy, en perspectiva, con la novela ya impresa, publicada, ¿la mirás igual que cuando era un manuscrito inédito?

La siento distante, lejana. Hoy pienso en mi novela como algo de otra vida. Mientras la estaba escribiendo yo era eso. Desde que es un libro, un objeto fuera de mi computadora, hubo un quiebre.

-¿Se puede pensar en Adentro tampoco hay luz como la precuela de algo más?

No, no lo creo. Porque además el tono y el clima serían otra cosa; tampoco podría ser lo mismo en otro lugar. La novela es lo que es porque está en ese campo. Y la niña, que está en una frontera de edad, le da al lenguaje una posibilidad que de más grande no va a tener. Perdería el tono, la forma de narrar, que es lo más importante.

-¿Qué rol tiene el componente autobiográfico en lo que escribís?

En la ficción uso cosas, siempre las hay, ya sea una sensación o una imagen. En el caso de la novela lo que estuvo muy presente fue la relación con la naturaleza y el campo; de chica iba mucho al campo donde vive mi papá, de ahí el mundo de los animales y bichos. Después, claro, se trata de construir un personaje, no me interesa la literatura autoreferrencial. Me gusta tomar cosas de la realidad y deformarlas, trastocarlas, distorsionarlas.

-¿Cómo fue el proceso de corrección/edición de la novela?

La primera parte de la novela fue mucho escribir/corregir, iba y volvía en el texto. La segunda parte de la novela la escribí de un tirón sin corregir, iba para adelante, no frenaba para corregir. Aproveché el impulso que tenía en la escritura que no siempre pasa. A veces los procesos son mucho más lentos. Recién cuando terminé la segunda parte la imprimí, volví a leerla y marqué algunas cuestiones, más que nada cosas de las que me doy cuenta cuando leo en voz alta. Busco la música de la frase, no tanto el contenido. Pero no corrijo de una forma obsesiva, si lo hago siento que lo arruino. Las cosas que más me gustan que he escrito son las cosas que menos corregí. Después vino el proceso de edición con la editorial; principalmente me hicieron comentarios aunque también me sugirieron correcciones de frases y palabras, pero hay un punto en el que los sinónimos no existen, no es lo mismo chancho que cerdo. Fue un momento para ver qué tomaba y qué no, siempre tratando de mantener esa impronta de la novela, que ya estaba para mí.

-¿Cuáles son tus autores de cabecera?

Siempre vuelvo a Clarice Lispector, la leí un montón pero siempre vuelvo. Leo algún cuento de Felisberto Hernández cuando necesito refrescar mis aires mentales; Mario Levrero es otro autor que me gusta mucho. De todos modos no me la paso leyendo, tengo épocas, semanas que leo mucho y semanas que no. No me preocupa demasiado. No es una obsesión. Y la maternidad ocupa mucho tiempo, es un trabajo extremo. Y, además, está el trabajo. Como periodista tengo que escribir todo el tiempo notas de muchas cosas que no tienen nada que ver con la literatura, lo que está bueno porque es como un ejercicio, me mantiene el músculo de la escritura despierto, entonces cuando me siento a escribir lo que me interesa no tengo la fobia de la hoja en blanco.

-¿Estás trabajando en nuevos proyectos?

Estoy escribiendo una novela. No es por generar intriga (risas), pero me cuesta mucho contar de qué se trata. Me pasa con Adentro tampoco hay luz y me pasa ahora con la nueva. Estoy escribiendo sobre una madre y su hijo que viven en la ciudad. Hay un viaje a la playa y también hay ballenas. Durante quince años soñé con ballenas, tenían un protagonismo fuertísimo en mi vida hasta que decidí escribir sobre ellas y dejé de soñar. No se parece a mi primera novela, es más sórdida.

 

 

 

 

 

 

 

                                   AUTOR

 

 

 

 

 

 

Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.
Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.
Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita.
Nació en La Plata en 1988.


 

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