“Buenas noches, señor Mallco”

April 5, 2018

 

La primera noche que Néstor Mallco debía hacer guardia en su cuadra durante los días de la conscripción el sueño lo tumbó. Era una noche de 1959. Habrá sido que entonces, con dieciocho años, no tenía una raqueta de tenis en la mano, ni guitarra, ni dados para pasar las horas, y es que hasta ese momento no había conocido otra forma de medir el tiempo que prescindiera de alguno de estos tres elementos. Esa noche, antes de quedarse dormido, pudo haber evocado otras noches, como las de Jockey Club, al que iba de prestado porque no era socio pero sí un diestro jugador de la bocheta. De tanto que iba se conocía a todos los porteros, que a su vez lo conocían: “Buenas noches, señor Mallco”, le decían.

Hacia 1987 Néstor Carlos Mallco estaba pisando la cincuentena y decidió que contar su vida hasta ese punto sería una osadía. Así nació “La osadía de escribir mi vida”, un libro de memorias en el que recorre su historia con una mirada despojada de condescendencia y una escritura que no aspira a la redención. Mallco murió algunas semanas atrás, el 18 de febrero de este 2018. Todo empezó hace cerca de 80 años.


 

 

Los Mallco vivían en uno de los tantos conventillos que regaban la ciudad todavía en la primera mitad del siglo XX; don Elías era el remendón del barrio, un zapatero de oficio que tenía todo lo necesario en una valija que bruñía con esmero; doña Navíha forraba botones. “¿Se acuerdan de los botones forrados? Bueno, mi vieja forraba botones. Después vinieron las medias de nylon. Se corrían, claro, como ahora. Pero antes no las tiraban, mi vieja puso un cartelito en la zapatería de mi viejo: ‘Se levantan puntos de medias’. Era cuidadosa. Con su aguja especial las dejaba como nuevas. Me acuerdo cuando, orgullosa, les decía a las clientas: ‘Mire, a ver si encuentra dónde estaba la corrida’”, escribió Mallco en su libro.

Cuando Néstor tenía alrededor de cuatro años los Mallco dejaron la piecita del fondo del conventillo y alquilaron una casa en la esquina de 58 y 15. Allí su padre abrió una zapatería, La caprichosa, pero con los años la suerte le sería esquiva. El desbarranco de la tienda fue siempre una sombra amenazante. Será que, como todo, el asunto empezó en el principio: estuvo mal parida. Y claro, la llamaron La caprichosa, un desatino. Un día don Elías tuvo que cerrar y volver a su bicicleta con la valija a cuestas.

Lo que hoy es pleno centro en La Plata entonces era una zona humilde de adoquinado y casas discretas; en ese barrio creció y pasó su adolescencia Mallco, repartido entre la barrita de amigos de esas calles y las horas en el club Estudiantes, a donde una tarde fue de puro cara dura a jugar un torneo de tenis que terminó ganando sin haber tocado nunca antes una raqueta. Y no fue la única vez que ganó. Mallco repasa con frescura las peripecias de esos días, las caras y los nombres de quienes, como él, eran jóvenes en los años 60. Esos eran también los días del Jockey Club, la timba y la guitarra. Muchos de los lugares que recuerda aún están en pie, medio siglo después. Otros no, como el conventillo: “Hoy no existe más. Bah, no existe no, no está más. Lo que uno recuerda existe y no lo borra ni el tiempo ni la topadora”.

Después vino el servicio militar, una página que prefiere olvidar, un tiempo dinamitado en su biografía. Pasados los años, Mallco dice que lo único que quedó de aquella experiencia fueron “los amigos bajo bandera”, los que entonces eran jóvenes. Uno de ellos, “Manzana” Mas, con los años quedó ciego por un hecho desafortunado y, una noche de reencuentro, Mallco no dudó en agarrar la guitarra y tocar para todos pero sabiendo que tocaba solo para uno, para Manzana. Los dedos se le agarrotaron pero siguió tocando hasta entrada la madrugada porque el ciego, que estaba sentado en un rincón, era pura muela de tanta carcajada. “Bárbaro, Turco, dale otra”, le decía, y a Mallco no le importaba el dolor en la mano y seguía rasgando.

Hace unos años el diario El día de La Plata publicó una carta de lectores firmada por el señor Mallco. Había algo que no lo dejaba dormir: “¿Dónde puedo pasear a mi perro?”. En la publicación, disponible online, puede leerse: "Tengo un perro pequeño (bretón) que regularmente saco a pasear, obviamente con collar y correa. Pero en el radio céntrico (donde vivo) me resulta cada vez más difícil hacerlo sin tener que sufrir ataques de perros de la calle o de irresponsables que pasean a sus perros de buen porte (rotweiller, entre otros) sin correa. Entonces le pregunto al Intendente ¿dónde puedo pasear a mi perro?”. Quizá las preocupaciones de Mallco no son las mismas que las de muchos otros, pero él supo poner las suyas en palabras.

Mallco fue uno y fue muchos, y contó una historia, quizá, para reencontrarse con todos: el pibe que vivió en el conventillo y el empleado bancario; el colimba y el jugador de tenis; el que negó dónde vivía por vergüenza y el tipo alegre de la guitarra; el padre, el hijo y el esposo. La de Mallco es una historia singular, pequeña, y, ¿dónde se ven historias pequeñas? En todos lados. Por tanto es una historia universal, de acá pero también de todos los lugares. Nadie es quién para determinar qué vida merece ser puesta en palabras y cual no. Mallco creyó que la suya, su vida, la que había vivido pero también la que había querido vivir, lo merecía.

 

 

Foto: Anna A. (www.zoomonart.com)

 

 

 

 

                                 AUTOR

 

 

 

 

 Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.
Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.
Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita.
Nació en La Plata en 1988.

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