Fahy, el escritor y los irlandeses. Historias conurbanas

April 18, 2018

 

A unos cuatro kilómetros del centro de la localidad bonaerense de Moreno, el edificio yace casi dormido. La notable construcción, está ubicada sobre la calle Francisco Piovano, un camino de asfalto deteriorado que a principios de la década del 30, seguramente, era apenas un camino de tierra. Es como una mansión antigua de estilo anglosajón, que se recuesta sobre una calle que corre paralela a la Ruta Nacional Nº 7 (ahora Ruta Provincia Nº 5) y que se encuentra dividida por las vías del ferrocarril General Sarmiento en dirección a las comunas de General Rodríguez, Luján y Mercedes. Técnicamente está situada en las afueras de la ciudad y en los alrededores abundan distintas especies arbóreas cuidadosamente plantadas; fieles testigos, quizás, del paso de los alumnos de este establecimiento educativo de origen irlandés, en el que una de las plumas más celebres del periodismo argentino hizo parte de su carrera como estudiante secundario. Es curioso que muy poca gente sepa, de entre los más de 450 mil habitantes que tiene Moreno, que Rodolfo Walsh estudió allí.

 

No sólo estudio allí, sino que algunos de sus cuentos más notables, por ejemplo los que integran la serie “Los Irlandeses”, fueron inspirados a partir de su estadía como pupilo en ese colegio. No es casual, Walsh era descendiente de inmigrantes irlandeses y así se lo había declarado en una entrevista realizada por el escritor Ricardo Piglia en 1973: “Yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año ‘37 y después en el ‘38, ‘39 y ‘40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses”. Sin dudas, el peso del país de origen fue el marco cultural de los aportes que el escritor hizo a la literatura nacional.

La historia del Fahy se puede resumir del siguiente modo: en 1891, en una casa alquilada de la calle Cochabamba, se instaló el primer colegio de la Asociación Señoras de San José a cargo de los Hermanos Maristas. En 1895 este colegio se trasladó a Capilla del Señor, zona norte de la provincia de Buenos Aires. El establecimiento estuvo a cargo de la congregación St. Joseph, regida por la Madre Catherine Dowlan. Después pasó a manos de los Brothers of St. Joseph, de Lyon. En el año 1902 la Asociación fue transferida a la Asociación Católica Irlandesa. En 1922 la Sra. Elena Kenny de Gahan, al fallecer, dejó a la Asociación de Señoras de San José un legado de medio millón de pesos, que junto a donaciones de Thomas Duggan y de Monseñor Samuel O´Reilly hicieron posible la adquisición del predio en Moreno. En 1930 la Asociación de Señoras de San José concreta un viejo proyecto: funda el Instituto Fahy Farm, destinado a pupilos varones, sobre una predio de 38 hectáreas. Al principio estuvieron a cargo de la institución los Hermanos Maristas, pero a partir de 1932 se hicieron cargo del colegio los Padres Palotinos.


 

 

La gran oleada de inmigrantes irlandeses, llegó a la argentina a fines del siglo XIX.  Una de ellas, quizás la más importante, amarró en el puerto de Buenos Aires a bordo del City of Dresden, el 8 de febrero de 1889. Eran unas 1.000 familias que venían huyendo de la persecución contra los católicos y de las grandes hambrunas que habían castigado a esa región de Europa. En la Argentina se emplearon en el campo, como era de suponer en un país de perfil netamente agroexportador, y allí sus actividades fueron las de pastores, peones y mayordomos en las estancias de la provincia de Buenos Aires y el sur del país.
 

Pero pronto muchos integrantes de estas familias, sin dinero, sin empleo, desconociendo el idioma, comenzaron a atravesar penurias económicas y a morir por distintas razones, dejando atrás a un nutrido grupo de huérfanos. Entonces las esposas, e hijas mayores de los irlandeses, se organizaron formalmente en 1891 para acoger a los hijos de estas familias y crearon la Asociación Señoras de San José, la que fue liderada por Marion Murphy de Mulhall. A través de ella dieron cobijo, alimento y educación a los chicos en estado de abandono y dieron lugar, de este modo, al proyecto que a partir de 1897 sería el que marcaría una parte de la historia de Walsh como escritor en el siglo XX.

 

 El edificio permanece indeleble al paso del tiempo. El silencio que lo abraza, sólo es interrumpido por el paso del tren que cada media hora pasa por allí. En Moreno, comuna del conurbano bonaerense ubicada a 42 kilómetros de la CABA, nadie parece advertir la dimensión histórica que albergan esas paredes; las que sintetizan la historia de las migraciones que configuraron buena parte de la cultura del país y de la zona oeste; explica por qué razón muchas familias de Moreno, General Rodríguez, Luján, Mercedes y San Andrés de Giles (Whelan, Manny, Cullen, O`Gorman), entre otras, tienen apellidos de origen irlandés; revela por qué muchas de sus calles llevan esos nombres y pone de manifiesto aquello que Walsh señaló con certeza en su etapa política más combativa: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre  que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires…”. En síntesis: que no tengan memoria.

 

Fotos: Google Sites



                               AUTOR
 

 


 

Walter Barboza: Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, pero no sabe por qué extraña razón le interesa la filosofía; quizás porque busca las certezas que no encuentra en el periodismo, tan castigado por la noción “postverdad” y las dudas sobre la ocurrencia de los hechos, o quizás porque allí se albergan misteriosamente los principales problemas sobre el significado de las palabras que tan a menudo usa para hacer su trabajo como cronista en Somos La Plata. De Borges aprendió que es imposible memorizar todos los nombres de las cosas, como lo ensayó Borges en su cuento “Funes el memorioso” y que lo que existe y no se percibe bien podría no existir, como lo recuerda en su texto “Esse et percipi”. Trabajó como documentalista, es docente universitario y profesor en adultos, cuando puede escribe y en sus ratos libres lee con fruición a Wittgenstein; se asombra de saber que Dios podría ser un verbo y que los universos serían paralelos,  mientras disfruta de las tardes de mate con su compañera Esperanza, sus hijos Joaquín, Amparo y Vida.        

 

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