Claudia Solans: “Pasado el tiempo, ninguna traducción me deja conforme”

May 23, 2018

A pesar de su vecindad, la cultura brasilera pasa las fronteras de la Argentina a través de un gotero. Incluso, resulta paradógico que cuando se habla de literatura latinoamericana la mayoría de las veces no se menciona un solo nombre propio de la literatura brasilera. En el último tiempo, una de las encargadas de acercar autores brasileros al lector argentino es la traductora y escritora Claudia Solans, quien habló con LA PERINOLA sobre el oficio de la traducción como lo hiciera algunas semanas atrás el español Jesús Zulaika.

Aunque no se atribuye el mérito, porque “en algún momento iban a ser traducidos, por mí o por alguien más”, Claudia Solans es la responsable de que puedan leerse en español obras de João Gilberto Noll, Caio Fernando Abreu, João Antônio, Dyonelio Machado y José Eduardo Agualusa. Además, Solans tradujo parte de la obra de Clarice Lispector, más precisamente Descubrimientos, uno de los dos tomos que compila las 468 crónicas que la escritora publicó en las décadas del 40 y 50 en la prensa brasilera. Las editoriales Adriana Hidalgo, principalmente, y Edhasa tienen en sus catálogos estas joyas.


 

 

Solans, que hace un año publicó la novela La visitante y que obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes por el libro de cuentos El entierro del diablo y el Premio Casa de las Américas por los relatos de Desterrados, se inició en el campo de la traducción a partir de una investigación. En el marco de la cátedra de Literatura Brasileña y Portuguesa de la Universidad de Buenos Aires estudiaba sobre cuentos y novelas producidos durante el período de transición entre la dictadura y la democracia en Brasil.

—Ahí fue cuando me topé con un escritor que no se parecía a nadie, que estaba trabajando de una manera completamente original y brutal, te diría. Se llamaba (lamentablemente murió el año pasado) João Gilberto Noll y en su obra vi el carozo de una narrativa completamente nueva, que avanzaba hacia formas de representación novedosas y visionarias. En aquel momento a la única persona que conocía en el mundo editorial era Santiago Roca, que entonces estaba en Tusquets. Yo sabía que Noll no era un autor para su catálogo, pero sabía que Santiago –tal como sucedió– iba a poder orientarme. Me contactó con Adriana Hidalgo, donde me recibieron con la calidez que los caracteriza y dio la casualidad de que alguien ya les había hablado de este autor brasileño. Aceptaron publicarlo bajo la condición de que yo hiciera la traducción. Me pegué un susto bárbaro. Hasta ese momento sólo había traducido algunos cuentos, organizado una antología para Corregidor, no mucho más. Pero acepté el desafío. Y así fue que hace trece años empezó una relación de trabajo y afecto que sigue hasta hoy, incluso como orgullosa autora de su catálogo.

—¿Qué considerás que cambió en el oficio en los últimos años, principalmente, con la irrupción de internet?

—Sin dudas, el acceso a internet a los traductores nos hace la vida más fácil. Proliferan los diccionarios (algunos de excelente calidad) y los sitios para buscar equivalencias que en otro momento hubieran requerido horas y muchos desplazamientos. Te doy un ejemplo: árboles y plantas, la mayor parte de las veces, reciben nombres que los diccionarios de traducción no incluyen. Es indispensable, entonces, buscar su nombre científico y así rastrear su denominación en español. Esa doble búsqueda que hoy se resuelve en los segundos que demora el procesador, habría llevado en otro momento horas de investigación en alguna biblioteca. De todas maneras, siempre tengo cerca mi gigantesco Houaiss con sus varios kilos. Yo, al menos, no conozco uno mejor, compañero imprescindible a la hora de tomar decisiones difíciles.

—¿Cuánto de autor hay en la Claudia Solans traductora?

—Todo, en lo que a obsesión se refiere: corrijo y corrijo hasta dar con la cadencia, el tono, la sintaxis, la puntuación y la palabra que considero que refleja mejor la voluntad del autor. Inversamente, trato de que haya lo menos posible de mí cuando me encuentro en la tentación de corregir repeticiones, rimas (al parecer son pecado mortal en la prosa) que aparecen así en el texto original. Me “pego en la mano” para no poner un sinónimo o reemplazar la palabra repetida por un pronombre, si fuera el caso.

—¿Qué sentís cuando pensás que muchas personas conocieron la obra de grandes creadoras y creadores, como por ejemplo Clarice Lispector, gracias a tu traducción?

—Nadie conoció la obra de Clarice por mi traducción. Clarice ya era enormemente leída y admirada cuando yo traduje el segundo volumen de sus crónicas, lo que no empañó de ninguna manera la felicidad que me produjo hacerlo, a pesar del desafío de saber que ya había tantas y tan buenas traducciones del resto de su obra. En cuanto a otros autores, como João Gilberto Noll, Caio Fernando Abreu, João Antônio, Dyonelio Machado, José Eduardo Agualusa y tantos otros, me produce una gran satisfacción ver sus libros en español, aunque no me atribuyo el mérito: en algún momento iban a ser traducidos, por mí o por alguien más. Lo que de verdad me entusiasma es ver la red de trabajo que se genera entre autor, traductor y editorial, en el orden que sea.

—¿Qué obra reivindicarías porque no te haya gustado su traducción?

—No puedo dar ningún título en particular, sobre todo porque en Argentina tenemos excelentes traductores. Sí podría decirte que, en cualquier lengua de origen, suelen incomodarme los textos excesivamente castizos donde abundan las “colada” y las “calderilla”, por ejemplo.

—Si tuvieras que hacer una breve lista de los mejores traductores argentinos, ¿incluirías a Borges, Cortázar, Bianco, Cohen? ¿A quién más y por qué?

—No sé si lo incluiría a Borges en mi lista. Borges era siempre y genialmente él, y eso emana de sus traducciones, que son –parafraseándolo– notablemente borgeanas. Pienso en mi experiencia de lectura del Orlando de Virginia Woolf. Por algo, como autor, él jamás frecuentó la novela, me dije. Otro tanto me pasó, por ejemplo, con Hojas de hierba de Walt Whitman que, si bien hizo una excelente traducción, no alcanza la pasión y el lirismo logrados por León Felipe. En la lista incluiría, sin dudas, a Aurora Bernárdez, inmensa traductora. El trabajo que hizo con Justine y Balthazar del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, es tan perfecto que los otros dos libros (no traducidos por ella) me resultan opacos. Otro tanto podría decirse de El primer hombre de Camus, un libro conmovedor, que ella logra interpretar maravillosamente. No puedo dejar de mencionar, por supuesto, sus trabajos con Simone de Beauvoir, Flaubert, Sartre, Nabokov, y podría seguir. Grandes autores, grandes textos que recorrí de su mano paradójicamente invisible y certera.

—Borges decía que estuvo buscando la palabra “desdén” durante 17 días para cerrar el cuento “El muerto”. Haciendo un paralelo con esta situación, ¿cuánto fue lo máximo que te demoraste en meditar una frase, expresión o palabra porque no estabas conforme con lo que lograbas? En caso de haber sucedido, ¿de qué frase y autor se trató?

—Nunca hice el cálculo, pero recuerdo dos ocasiones en las que me llevó muchísimo tiempo dar con la palabra justa o la expresión adecuada. Una de ellas fue con João Guimarães Rosa y su Gran Sertón Veredas. En ese caso no fue estrictamente una traducción sino una revisión, deriva del oficio. Tan difícil es leer a Guimarães Rosa –incluso en su propio idioma–, su erudición es tan grande, el manejo de arcaísmos y neologismos, de lenguas aborígenes, de modismos regionales, su agudísimo conocimiento de la flora y la fauna, que hasta hay un libro dedicado exclusivamente a su léxico. Aun a pesar de consultar ese volumen en todo momento hasta entender a qué se refería con alguna palabra o expresión, me resultaba extremadamente difícil ser fiel a la hora de pasarlo al español. Pegaba un grito de alegría cuando encontraba el equivalente perfecto, pero a veces iba y venía con mis decisiones hasta que no me quedaba más que resignarme a la mejor versión posible, aunque la considerara imperfecta. El otro caso fue el de João Antônio, un escritor paulista que ubica sus textos a fines de los ‘50 y principios de los ’60. Su mundo literario es el de los bajos fondos de San Pablo, la periferia poblada por malandrines, marginales y buscavidas. Sus historias transcurren muchas veces en bares en los que se juega al billar, al snooker, juegos muy codificados, no sólo en sus reglas sino también en sus modalidades lingüísticas. En ese caso internet no fue una ayuda suficiente. El lenguaje callejero de los personajes se entrecruza con la jerga de snooker, sin abandonar en ningún caso el aliento estético del autor. La terminología era tan específica, que me obligó a buscar ayuda entre expertos. Incluso tuve que recurrir a un famoso lugar donde se restauran y venden billares; allí me atendieron muy amablemente y respondieron casi todas mis dudas.

—¿Cuándo considerás concluida una traducción? ¿Pasado el tiempo, te has arrepentido de algunas páginas tras haber entregado una traducción al editor?

—Concluida, nunca. Pero una vez editada, ¿qué puedo hacer? En general, pasado el tiempo, ninguna traducción que yo haya hecho me deja conforme. Pero creo que eso sucede con todos los textos que uno escribe, de la índole que sean. Una ya no es la misma, por suerte: hubo aprendizajes en el medio, madurez en el mejor de los casos, infinidad de errores, por supuesto, de los que, a mi parecer, sacamos el mayor provecho. Por eso evito releer mis traducciones. La vez que debí mirar alguna, tuve la sensación de que la habría hecho diferente. Pero siempre me conformo pensando en que ese trabajo formó parte del camino. El próximo saldrá mejor.

 

 

 

 

 

 

                                 AUTOR

 

 

 

 

 

Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.
Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.
Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita. Nació en La Plata en 1988.


 

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