“La literatura infantil: ¿una literatura menor?”

June 11, 2018

Hace relativamente poco tiempo que viene revisándose la idea de que la literatura infantil no es “una literatura menor” e incluso “sólo para niños”.  Me atrevería a dar un paso más allá: “para menores”, como si, al igual que ellos, tampoco hubiera cumplido la mayoría de edad para ser admitida en ese gran podio del canon literario universal. Confinada a permanecer en un ghetto al que de modo elegante y cuidadosamente solapado se descalifica, la literatura infantil parece no estar destinada a ocupar los estantes mayores de las grandes bibliotecas. Y me gustaría referirme especialmente a las literaturas infantiles contemporáneas de los países periféricos e incluso subdesarrollados, que han debido afrontar una doble batalla cultural. También la de ser legitimadas como literaturas que trabajaban  desde zonas planetarias que no son las centrales pero lo hacen con seriedad,  responsabilidad y talento.  
     

 


Un aspecto es que costó mucho ir construyendo (y aún sigue costando) una literatura infantil sin  pedagogías pero sí con ideas. ¿A qué quiero ir con esto? Hacía falta una suerte de gran napa discursiva elaborada a través de un corpus literario que fuera configurando una tradición que respaldara una literatura infantil nacional. Más aún: en lengua española. Una literatura infantil que se consolidara como tal según una geografía y una posición geopolítica subalterna. Y, por otro lado, que esa circunstancia tuviera que ver con que no se aspiraba con ella a “enseñar” sino,  por el contrario, a ser un  recurso más (entre  otros) para el esparcimiento, el placer y el disfrute (aunque con ellos viniera de  la mano una inmensa posibilidad de superación y proyección hacia la lectoescritura y el desarrollo de una radical imaginación).
     
Para remontarnos a la literatura argentina, que es la que conozco y que es una literatura joven porque el nuestro, nunca está de más recordarlo, es un país joven, la literatura infantil inicia su producción sustantiva hacia mediados del siglo XX. Hubo, eso sí, algunos antecedentes no generalizados. Y pienso que eso no fue casual. Ha debido tener lugar una revisión de los atributos del sujeto niño y del sujeto niña (y lo fraseo en estos términos porque la variable de género no es un dato menor en este caso particular) para que se los pensara como destinatarios de un tipo de discurso literario específico, por un lado. Por el otro, que ese discurso les garantizara la posibilidad de no ser ni subestimados ni sobreestimados. Esto es: que fueran pensados como lectores y lectoras a una altura suficiente para comprender sin necesidad de dirigirse a ellos de modo afectado. También hubo que hacer un esfuerzo por parte de los nuevos escritores y escritoras para que los niños pudieran ser interpelados de un modo accesible a sus capacidades pensando en un lenguaje literario que, sin perder su transparencia, sí mantuviera su complejidad, su elaboración y su ductilidad (lo que no es sinónimo bajo ningún punto de vista de deformar uno que para esa misma población infantil ya es espontáneo y natural). Hablarles como sujetos que no necesitaban de lecciones de ninguna clase salvo (eso sí) las de tratar ciertos temas de modo respetuoso, con altura y acorde a su edad, sin efectismos, sin manipulaciones y sin, tampoco, someterlos a situaciones de angustia insostenibles. Para todo ello hacía falta un grupo de personas inteligentes, con formación literaria, dotadas, con vocación de consagrarse a este tipo de tarea, capaces de transponer su experiencia formativa como, por ejemplo, adaptar libremente para los sujetos de otras edades material tradicional (el caso de los mitos griegos o bíblicos, como hizo Graciela Montes), de hablarles según su propio lenguaje madurativo que no era, al fin y al cabo, tan distinto del de los escritores “para adultos”.  
      
La gran revolución, qué duda cabe, llegó a Argentina de la mano de una creadora o, como la ha definido el historiador y escritor Sergio Pujol, una juglaresa como María Elena Walsh. Una literatura infantil que, vinculada al goce y al aprendizaje lo hiciera sin  sermones, consejas ni voluntad evangelizadora alguna. Sin procurar buscar moralejas o el afán por instalar en niños y niñas ideas vinculadas a credos. Una literatura que no se escandalizara frente a temas tabú (porque no los consideraba tales) y que supiera interpelarlos de modo estimulante desde distintos ángulos. Por el contrario, a promover el juego, los permisos, la libertad, el desparpajo, el humor, el absurdo (eso que los ingleses suelen llamar el nonsense) y toda una serie de recursos de los cuales generaciones de escritores y escritoras argentinos posteriores echaron mano a partir de esas grandes líneas trazadas desde esas obras ejemplares y paradigmáticas, además de recrear otros recursos de autores y autoras de otras latitudes. De este modo, una nueva literatura se alimentó de una nueva literatura. Y también, como ya lo dije, los discursos de distintas épocas y espacios comenzaron a dialogar.
      
La construcción colectiva de un receptor inteligente, capaz, activo, apto para recibir mensajes de modo eficaz y decodificarlos. La construcción colectiva de los escritores y escritoras (además del rol de padres y madres) de concebir el hecho de que sus hijos  e hijas estaban en condiciones de pensar y no sólo de ser meramente entretenidos merced a fábulas edificantes, me parece que fue decisiva. La literatura infantil llegaba, con nuevos autores y una pujanza arrolladora, para hacer acto de presencia y para decir, con nuevos lenguajes, cosas nuevas. A introducir a los niños y niñas en termas que habían permanecido completamente al margen de los contenidos habituales o, en todo caso, más generalizados de los que habían recibido hasta entonces. Eso los situaba, al mismo tiempo, en la posición de tener que poner en acción otra capacidades o, las mismas, desde otros enfoques.
      
Por otra parte, si bien existían en el mundo literaturas de distintos países consagradas a los niños y niñas (cuentos de hadas, cuentos populares o tradicionales, entre otros), siempre eran leídos por los lectores y las lectoras argentinos en traducciones por lo general de dudosa calidad, adaptaciones de dudosa calidad y, claro está, habían  sido concebidos en otro tiempo. También con una mentalidad claramente eurocéntrica o de otras zonas del globo.
     
La gran avanzada debió ser librada contra las instituciones en el marco de las cuales la infancia circulaba y era concebida, por las que era formada y que eran las que regulaban los discursos y las prácticas que dictaban su comportamiento, su forma de ser educada y, por lo tanto, la de procesar los estímulos del mundo que la rodeaban.
     
Se trató de todo tipo de instituciones por supuesto en primer lugar porque estaban en manos de adultos (gran desventaja cada vez que se habla de la infancia: tan obvia como tendenciosa). Evidencia la profunda dependencia que de padres, madres, docentes y  personas que suelen velar por ellos además de proveerles de todo lo necesario para su crecimiento (entre ellos la literatura) tienen los niños. Se debió librar la mencionada avanzada contra ideologías muy instaladas en la sociedad. Fue llevada adelante no solamente por escritores y escritoras sino también pedagogos y cierta psicología consagrada al estudio y los tratamientos en torno de la niñez. Fue una avanzada de educadores y educadoras, creadores y creadoras y profesionales que, desde distintas disciplinas, estuvieron vinculadas a las más amplias formas de abordaje de la infancia, de intervenciones sobre el sujeto infantil de ambos géneros. De hecho hubo y sigue habiendo iniciativas interdisciplinarias con aportes muy valiosos que fueron pioneras en nuestro país y en el mundo.
      
El mercado, que a partir del auge del capitalismo promovió, como es sabido, la profesionalización del escritor, fue una institución que, por un lado, administró y circunscribió las franjas del público al cual estarían asignadas las distintas producciones literarias. Por otro, y en esta misma línea, hizo que hubiera escritores y escritoras para ciertos destinatarios y no para otros. Así, el mercado también articulaba, como otra institución vinculada esta vez al auge del sistema capitalista y, mucho más tarde, a un fenómeno  como el de la globalización, la relación entre literatura e infancia.
      
En los estudios literarios la literatura infantil fue una literatura inexistente desde sus albores y sus abordajes durante muchísimos años. No figuraba en la agenda de los planes de estudio y tampoco era tema de clases o proyectos de investigación. No había especialistas formados en ella y eso suponía, por lo tanto, una escasa posibilidad de capacitación de discípulos y de divulgación de los resultados de resultados de investigaciones (en el hipotético caso de que las hubiera). También de inclusión, a partir de su estudio, de la literatura infantil en el centro (y no en la periferia) del canon literario como una forma de legitimación de su status estético. Es sabido que lo estudios literarios, desde procesos activos de canonización ocupan un rol de intervención importante en ese  proceso de coronación de ciertas producciones literarias y de exclusión de otras.
       
Hoy en día, la literatura infantil goza, a través de Ferias internacionales del libro, seminarios, maestrías, jornadas y congresos, publicaciones especializadas, centros de investigación, revistas, colecciones de editoriales cuando  no directamente de editoriales en su totalidad, conferencias, mesas redondas, de un espacio simbólico y material propio. Hay secciones en bibliotecas, librerías y escritores y escritoras que se consagran a ella de modo profesional absoluto sin escribir para adultos. Lentamente entonces la literatura infantil ha ido construyendo una suerte de campo y de tradición en los estudios específicos sobre ella así como de su difusión. Figura en las Historias de la literatura argentina (en nuestro caso) que se publican bajo la forma de capítulos o artículos que también tienen presencia en la vida académica. Por otro lado, se valora el rol que cumplió en épocas aciagas de la Historia de nuestro país, como lo fueron las dictaduras, especialmente la última de ellas, particularmente cruenta, en la que varios de esos libros fueron prohibidos, censurados y secuestrados (al  igual, cabe recordarlo, que los mismos ciudadanos, en una analogía bastante sintomática). Y lo fueron bajo los cargos de estar formando “cuadros subversivos”, tal como declaran los decretos de las Fuerzas Armadas de entonces.
      
Fuente de un caudal de una radical subversión de los patrones de la cultura más represivos y fermento de infinitas posibilidades futuras para promover conductas creativas y vidas independientes, autónomas y exploratorias, la literatura infantil es el primer paso cercano al nacimiento de una persona íntegra para su acercamiento e incorporación satisfactorios a una cultura (en su sentido antropológico: con lo que ello tiene de malo y con lo que tiene de bueno, como su forma de inclusión en ella). En su seno se esconde un potencial incuestionable de resistencia frente a discursos monológicos y autoritarios, frente a la credulidad y constituye un espectáculo para asistir a la belleza de historias o de puestas en escena que ni un adulto ni un niño o niña deberían perderse. Tal vez, sea por ese motivo que el teatrista argentino Hugo Midón proponía llamar a la literatura infantil “literatura apta para todo público”. Para su consumo a toda hora y a toda edad.
       
Pensada desde la perspectiva de los escritores, la escritura de literatura infantil supone un desafío inmenso. A la hora de sentarse a escribirla, resulta muy simple y complejísimo a la vez hacerlo. Ese desafío es el que pone en funcionamiento la adecuación comunicativa de un emisor a un receptor del modo más espontáneo y natural posible (pero también el más exitoso) así como la posibilidad de construir o producir un mensaje con capacidad de desordenar ideas propositivamente. También de poner en jaque prejuicios y desarticular ideas fosilizadas. Escribir para niños y niñas es dificilísimo. Como libros breves, plagados de ilustraciones y de diseños atractivos (imprescindibles para retener la atención de lectores y lectoras) aparenta ser muy fácil. No obstante, nada hay más complejo que volver inteligible para mentes en proceso madurativo temprano. La transposición de ideas y contenidos, una de las operaciones que requiere mayor sofisticación para su realización para cualquier escritor o escritora, se parece mucho a la tarea docente. Cómo, desde el discurso y mediante una serie de operaciones cognitivas, lograr conquistar tanto la atención como la comprensión de tramas discursivas en este caso imaginarias que suelen estar atravesadas por un nivel de elaboración conceptual y de concentración de sentidos muy refinados. De modo que se les presenta al escritor y escritora de literatura infantil una tarea ímproba que luego, con un trabajo sostenido y con oficio termina por internalizar sin demasiadas dificultades (al menos a mí así me ha sucedido como escritor de literatura infantil no profesional).    
     
¿Por qué titulé esta nota entre signos de interrogación refiriéndome a que la literatura infantil solía ser considerada “una literatura menor”? Porque lo  hacía no desde un situación descentralizada sino todo lo contrario, centralizada y hegemonizada por  la literatura “para adultos”. Para ser completamente franco no considero  que existan escritores y escritoras “para niños” o “para adultos”. Existen simplemente escritores y escritoras que tienen en mente, como ya lo mencioné, a la hora de escribir a un receptor imaginario distinto en un caso y en otro que no es el mismo (pero que tampoco es tan distinto). Eso condiciona, lógicamente, temas, procedimientos (en algunos casos), géneros y, si se trata de autores y autoras inteligentes, de personas que se atreven a enfrentar el statu quo cultural de una comunidad. La escena de la escritura, es una en la que no sólo se imagina lo que se va a escribir sino a quién estará dirigido lo que se va a escribir. Por lo tanto, al tipo de lenguaje, su retórica y el acto de la recepción que se tienen en mente. En ese caso los buenos escritores, de modo elocuente, no hacen demasiadas diferencias en un caso y en otro, salvo los matices más elementales e imprescindibles. Este es el punto en la literatura infantil. Evitar rótulos, conciliar posiciones que se tenían como incompatibles y dilemáticas, diluir antagonismos y, por último, pensar que niños y niñas son, ante todo, personas que, si bien están atravesando una etapa formativa que requiere de ciertas condiciones comunicativas y no de otras, esas mismas condiciones también requieren ser pensadas no desde la diferencia sino desde la identidad, la comunidad, la pertenencia a una colectividad y la comunión. En ese punto estriba, a mi juicio, el punto central que divide la buena literatura de la mala, y no la literatura para adultos de la literatura infantil.

 

 

 

 

Foto: Pexels.com

 

 

 

 

 

                             AUTOR
 

 



 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.


 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Entradas destacadas

Alberto Fernández: “Una economía que se cae siempre se levanta pero una vida que se pierde, no se levanta más”

March 30, 2020

1/7
Please reload

Entradas recientes

March 16, 2020

Please reload

Archivo