“La literatura infantil: sus espacios de presencia”

June 22, 2018

Me he referido en otra nota al modo en que habitualmente la literatura infantil había sido  (y en buena medida lo sigue siendo) subestimada por los estudios académicos y su escasa visibilidad en ciertos ámbitos vinculados a la cultura literaria canónica. El modo en que ha sido invisibilizada, su discriminación respecto de otros discursos literarios coronados por el sistema literario y cómo ha sido desacreditada, de modo sutilmente solapado, históricamente en los ámbitos letrados. Por otro lado, hice referencia a otros dos aspectos. Aludí a que la “literatura infantil” y la “literatura  para adultos” constituían una falsa dicotomía. Por último, aclaré que abordaría la literatura infantil contemporánea y la de la Argentina en particular, dado que es la que más he leído y porque sus exponentes y su evolución fue distinta, como es natural, respecto de la de otras latitudes. No obstante, es posible trazar, por propiedad transitiva, algunas convergencias con otras del así llamado Tercer Mundo (e incluso de  otras épocas), por supuesto con matizaciones y reparos.

 


     
Quisiera referirme esta vez a un aspecto que suele ser menos abordado: sus espacios de presencia efectiva, concreta y eficaz. También a las  repercusiones que ello supone y parcialmente al devenir de sus razones, que no fueron azarosos. Por último, a ciertas medidas que me parece sería importante llevar a cabo para que, precisamente, tuviera más espacios de presencia e incidencia. Vamos por partes entonces.
      
La indiferencia hacia la literatura infantil pareciera manifestarse en tiempos más recientes no tanto en el mercado (por ejemplo en sectores de librerías, colecciones o incluso emprendimientos de editoriales especializadas en ella). Tampoco ciertas Ferias del libro infantil, incluso internacionales, que de hecho han  sido objeto de un florecimiento notable. Por el contrario, dicha indiferencia sí puede apreciarse en los medios masivos (diarios, periódicos y revistas –incluso culturales-, radios, TV...) y en los sectores sociales adultos habitualmente no rodeados por niños y niñas, en términos generales. Ya en el marco del universo virtual y sus soportes digitales, al tratarse de un espacio tan amplio y que responde a criterios selectivos tan diversos, no obstante todo induce a suponer que acontece lo mismo.
      
Ahora bien: el sistema capitalista ha sido determinante en algunos de estos procesos. Si es el mercado el que brinda un contexto material y simbólico a la literatura infantil se trata también de una relación en la que comienzan a intervenir variables de carácter económico y ya no variables de índole estética. Esto por un lado.
      
Me sigo formulando preguntas inevitables en orden a procurar inteligir el por qué de  esta marginación. ¿Por qué la literatura infantil tiene cabida en ciertos espacios y no en otros? ¿Por qué las instituciones educativas, salvo las que acogen a los menores, no les otorgan relevancia (y en muchos casos reverencia), además de por la obvia edad de su población? ¿Por qué hay secciones en determinadas bibliotecas públicas y no en otras, por lo general destinadas a universitarios, en las que eso tampoco ocurre? Son preguntas que, para empezar, pueden funcionar como disparadores para trazar las primeras hipótesis.
     
En principio, diría que el hecho de que la literatura infantil circule como mercancía está claramente vinculado también a una demanda y, por lo tanto, como es obvio, a un consumo. A lo que se espera de ella: una educación que los libros aportarían a niños y niñas de edades en las que los bienes simbólicos de naturaleza formativa resultan primordiales. Los mismos padres y madres (al igual que los docentes) suelen funcionar como mediadores entre literatura y sujeto infantil, como no puede ser de otra manera. Desde los mismos jardines de infantes, escuelas primarias y algunos institutos de idiomas incluso, se promueve la lectura, el teatro, la escritura de ficciones por parte de los niños y niñas. Esta articulación entre institución educativa de la primera edad y literatura infantil no siempre corre pareja, como ya tantas veces se ha comprobado, con investigaciones. De modo que prácticas pedagógicas de la primera edad y estudios sobre ella (conocimientos que serían de suma utilidad) me parece que no están lo suficientemente desarrollados, al menos en Argentina. Aquí ya es posible detectar un primer contraste bastante sintomático: a cada nivel o ciclo educativo corresponderá un espacio distinto de la literatura infantil en su seno y un abordaje de su circulación por las instituciones diferente. Como ya lo mencioné en mi anterior artículo, recientes maestrías, seminarios, jornadas y mesas redondas, centros especializados y proyectos de investigación a nivel académico resultan un eje importante de debate de producción de conocimientos, además de análisis específicos del fenómeno de la literatura infantil. Pero son, como también lo afirmé, incipientes. Lo cierto es que en la educación formal destinada a la primera edad la literatura circula (o debería circular), en especial en la estatal.
     
También desde el Estado (lo que ya es dato desde el vamos sintomático), a través de programas de promoción de la lectura y de provisión a bibliotecas populares, lo sabemos, se ha revalorizado este tipo de literatura. Esto es un paso enorme porque es el puntapié inicial para un reconocimiento de una literatura que se solía apartar con desdén siendo suplantada en ocasiones incluso por manuales. Por otra parte, el punto central y al que me parece sería importante dar el siguiente paso, es que sea leída no sólo por niños y niñas sino que la literatura infantil sea leída por estudiantes de todas las edades y de todos los niveles formativos, con los pertinentes análisis (que no serán los mismos en un caso y en otro).
     
Pese a todo ello, lo más probable es que un adulto lector (y dicho esto sin prejuicios de ninguna naturaleza sino con una comprobación empírica y una observación cotidianas también en la distribución de los libros en los escaparates o lista de best sellers) lea novelas, sobre todo, o a lo sumo libros de cuentos de narradores y narradoras de cualquier nacionalidad. Muchos policiales, novelas históricas y románticas. Muy difícilmente se interesen esos sectores en la lectura de literatura infantil, pese a que a esta altura resulta indiscutible que abunda. Eventuales lectores ya podrían disponer (si lo desearan) de un corpus argentino, en lengua española y también extranjeras en traducciones por demás prolífico. Para ir al caso concreto de  nuestro país, ya hay una serie de creadores de un inmenso talento y hasta con proyección internacional que se han consagrado de modo profesional exclusivamente a la escritura de literatura infantil, habiendo consolidado lo que podríamos denominar “una tradición literaria”. De modo que he aquí otra condición importante: la presencia de creadores especializados y, también, en actividad. Esto supone una producción sostenida (que se apoya y prolonga en la hasta el presente realizada) así como garantiza el lanzamiento de permanentes novedades.
      
En el mercado las cosas suelen ser bastante claras. En primer lugar lo que hay es un público de consumidores: padres o parientes preocupados por cultivar a sus hijos e hijas, formar jóvenes lectores y lectoras y, también, fomentar el placer estético en una  población capturada seguramente por los medios y el mundo virtual  (además de por los primeros sonidos de los celulares) en vez de estar interesado en el mundo literario. Esa es una queja constante de padres, madres y docentes.
    
Por  otra parte, lo que los padres sin recursos no aportan (o no están en condiciones de aportar, como sucede en muchas ocasiones y por múltiples motivos) procura suplirlo la escuela pública, en el supuesto caso de que esos padres puedan enviar a sus hijos e hijas a ella. También aquí pobreza y riqueza son variables a tener en cuenta. La posibilidad de acceso a bienes simbólicos es limitada para los sectores más postergados. Porque, tal como lo adelanté en el primer párrafo de la presente nota, la realidad de los países de Tercer Mundo sabemos es muy castigada y la literatura pasa a un segundo lugar obligada a hacerlo por la necesidad de satisfacer necesidades primarias. El caso argentino, con un país centralizado, es ejemplar: las provincias del así llamado interior, incluso de ciudades no metropolitanas más florecientes padecen de ese raquitismo. Este es un dato incontestable. Es uno de los factores que acentúa tanto la difusión despareja de la literatura infantil en nuestro país. La educación pública y la alfabetización son variables que no juegan a favor, junto con la pobreza. Además de bibliotecas desactualizadas, tampoco hay librerías, en caso de que se pudiera tener acceso a ellas. Es allí donde la presencia del Estado se vuelve imprescindible para, de modo compensatorio, contrarrestar al menos desde políticas educativas y de promoción de la lectura espacios para la literatura infantil.  
     
Lo cierto es que, nos guste o no (dado que todo este fenómeno suele tener que ver con grandes monopolios), hay un componente positivo en la relación entre literatura infantil y mercado y es que, como dije, se lanzan colecciones o bien directamente editoriales que se dedican a publicar literatura infantil y que alientan la producción de textos, así como la edición de autores y autoras también inéditos. Y, lo que es más interesante aún, incluso editoriales independientes realizan emprendimientos encomiables en los que la variable vinculada al enriquecimiento no es la que las alienta sino la difusión de buena literatura.
      
A través de iniciativas como concursos literarios en muchas ocasiones por parte de las  editoriales  (también centralizadas) esas instancias ayudan a dar a conocer nuevas voces. El mercado entonces alimenta (en su doble acepción de nutrir simbólicamente y de brindar sustento económico) a productores culturales que antes no tenían cabida ni visibilidad en el campo intelectual (por lo tanto, tampoco la posibilidad de publicar, ser conocidos ni, por lo tanto, leídos) y, quizás, tampoco tenían una motivación para escribir. Pero está la otra cara de este fenómeno: no se las lleva adelante por un interés genuino en la educación estética o formativa de niños y niñas sino por la rentabilidad. Este factor nos guste o no es un condicionamiento a la hora de elegir tanto a quiénes como qué se va a publicar. Un Estado debidamente asesorado y que apueste con decisión política firme y clara a la promoción de políticas educativas inclusivas asociadas a la literatura infantil se vuelve en este caso crucial.
     
Los concursos literarios son, como dije, una opción, si bien en este rubro no son los que más abundan, hasta donde estoy informado. Nuevamente aquí se ve otro rasgo de discriminación. Predominan los concursos de literatura “para adultos” en todos los géneros. Pero existen y permiten dar a conocer  nuevas voces. He notado que diferentes instituciones otorgan distinciones a autores y autoras de literatura infantil (en ocasiones sólo honoríficas), a libros, pero también a su trayectoria, lo que le confiere reconocimiento a su trabajo y otorga visibilidad. Ello redunda en beneficio de su difusión y, por lo  tanto, en la adquisición de sus libros. Ha habido casos notables en nuestro país, por ejemplo el otorgamiento del Premio “Hans Christian Andersen”, el más importante galardón del mundo en el área de literatura infantil a la escritora María Teresa Andruetto.
      
Hay otro punto importante al que me gustaría hacer referencia. Existe todo un grupo de escritores y escritoras “para adultos” sumamente prestigiosos que, además, tienen una línea de trabajo que resulta un aporte sustantivo a la literatura infantil: la escriben. Esto, me parece, constituye un dato fundamental porque viene a reforzar esta literatura, porque gana en aprobación y en atención por parte de un público ante el cual estos narradores, poetas, dramaturgos o guionistas dieran la impresión a sus ojos de ser muy calificados y de ser también más conocidos.  Todo esto les brinda un crédito mayor a sus ojos a la producción infantil de los autores y autoras que provienen de plumas conocidas y prestigiosas, del mundo de la literatura “para adultos”, es decir, del mismo mundo de los compradores. Gracias a ellos, entonces, el status de la literatura infantil se eleva a ojos de los compradores, porque suele estar además bien hecha. En el caso de los autores y autoras más exquisitos que han incursionado y prosiguen esa tarea en la literatura para niños y niñas confiere notoriedad encabezando un título infantil porque pareciera dar la impresión, para cierto público, de ser una garantía por lo pronto de curiosidad y también concita intriga. Para acudir a ejemplos de nuestro país, por ejemplo escritoras Patricia Suárez, María Teresa Andruetto, Perla Suez (asimismo investigadora de estos temas), Griselda Gambaro, Liliana Bodoc (1958-2018) o una autora ya clásica como Silvina Ocampo (1903-1993), entre muchos otros autores y autoras, que produjeron y siguen produciendo literatura para adultos también han producido y producen literatura infantil con pareja calidad. Por lo general desprejuiciados, con una enorme plasticidad y capacidad imaginativa, con talante exploratorio (probablemente en muchos casos con los ojos atentos y preocupados por la niñez), fueron los primeros en dejar de hacer distingos entre rótulos y comprendieron con una apertura sin precedentes e imprescindible la importancia de tener  llegada a un público necesitado de textos de excelencia sin la necesidad de trazar supuestos límites atravesados por la edad. Y hasta es posible que experimentaran ese tipo de escritura como todo un desafío: un modo de poner a prueba sus capacidades expresivas y de afrontar nuevas aventuras creativas. Quizás habiendo escrito sólo para un público adulto hubieran sentido que su poética se había cristalizado y ahora, con total libertad, se propusieran trabajar otras formas de la invención.
     
Lo cierto es que, de modo saludable, para bien de la literatura infantil, ha habido y sigue habiendo lugares y espacios simbólicos (afortunadamente pujantes) en los cuales poder abrigarse de tantos años de intemperie. Lo más importante, me parece es el primer impulso: la espontánea iniciativa de crear por parte de autores y autoras. Para ello hacen falta, por lo pronto, en primer lugar talento, capacidad de trabajo, ciertas condiciones de bienestar material y una  formación que me parece importante en esta caso se tenga (pero que no es imprescindible) y que se logra a través de lecturas sistemáticas (no sólo infantiles) y ¿por qué no? de estudio. Una lectura crítica de los clásicos tanto universales como nacionales, así como de los que están en actividad permite que un autor esté en condiciones de posicionarse desde su poética de un modo radicalmente diferente de otro u otra que no ha reflexionado sobre la tradición.  Por otra parte, conocer las tradiciones (varias de ellas) en la literatura infantil, resultar una fuente de inspiración para la escritura.
     
Simultáneamente, han irrumpido en la vida cultural argentina talleres de escritura especializados en literatura infantil coordinados por autores y autoras de literatura  consagrada a ese público, lo que colabora para comenzar a tejer las primeras tramas y tejidos, alianzas y discipulados, de formar y brindar recursos a escritores y escritoras, de generar espacios de debate y, por supuesto, de estimular la producción y hasta la edición.
     
Finalmente, ha surgido una bibliografía interesantísima vinculada al relato y reflexión sobre experiencias concretas escrita por autoras y autores infantiles. La narración y descripción de testimonios autobiográficos, la definición de lo que consideran se le debe aportar a un receptor infantil, las variables a tener en cuenta a la hora de escribir, la definición de la literatura infantil y, también, la posibilidad de acceder a experiencias vinculadas a la lectura y la escritura en las cuales ellos refieren el modo en que han ejercido su oficio a lo largo de su vida, el dictado de talleres, las dificultades que debieron afrontar y la singularidad de su trabajo. Libros de las escritoras Laura Devetach, Graciela Montes y la mencionada María Teresa Andruetto son algunos casos paradigmáticos que conozco en Argentina. Se trata de un tipo de literatura completamente distinta de la de los estudios académicos, formulados desde un espacio de enunciación y abordaje absolutamente diferente y que ha ido configurando un territorio de palabras. También  ya ha circunscripto un campo. Es, de un modo u otro, una forma de impartir docencia en el de escribir.         
     
Para concluir: el paisaje que se abre es auspicioso. Se percibe, precisamente eso: apertura. La  literatura infantil, gracias a quienes la hacen bien, la editan bien, la difunden bien, la imparten bien y la interpretan bien está lentamente refinándose y dándose a  conocer a un público cada vez mayor. Ampliando sus fronteras, además de acrecentando sus contenidos, sus seguidores, sus formas y sus aproximaciones.

 

 

 


 

                            AUTOR

 

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

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