La huella amarilla del Ginkgo

June 28, 2018

¿Será este árbol extraño algún ser vivo 
que un día en dos mitades se dividiera? 
¿O dos seres que tanto se comprendieron, 
que fundirse en un solo ser decidieran? 

Goethe 

 

 

Una postal característica de la ciudad de las diagonales desde los días previos a la entrada al invierno es la luminosidad que emite uno de los organismos vivos más antiguos de la Tierra: el Ginkgo biloba, un árbol tan resistente que ejemplares de esta especie volvieron a brotar en Hiroshima tras el estallido de la bomba atómica, por lo cual fue calificado en el país nipón como un símbolo de esperanza. Es, incluso, considerado un "fósil viviente", ya que su forma y estructura han cambiado muy poco en los 270 millones de años desde que nació.

 

 

 

Disfrutar de la magestuosidad de estos ejemplares en la capital bonaerense es posible en varias zonas de La Plata, pero particularmente en el Bosque platense, donde podría considerárselo el árbol emblema del Museo de Ciencias Naturales. Recorrer el camino que conecta la avenida Iraola con el acceso a esta institución deja grabada en las retinas la imagen de la galería de oro que edifican estos árboles, donados por el emperador de Japón hace más de 80 años.

 

Este árbol es originario de China, es el único miembro vivo de su clase, y puede llegar a vivir más de mil años. Se dice que algunos ejemplares sobrevivieron en ese país porque los monjes tibetanos reconocieron el valor de este raro árbol y comenzaron a cultivarlo. 

 

Tiene una gran resiliencia y se adaptó a crecer en ambientes urbanos; de hecho es uno de los árboles que más toleran la contaminación ambiental. Es una especie caducifolia, pero su follaje no cae al mismo tiempo que el de la mayoría de sus pares, por eso, además, el amarillo oro tiene un plus mágico entre las copas desnudas.

 

 

 

El ginkgo recibe varios nombres, desde albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu, que refieren a sus frutos y semillas; pie de pato, por la forma de sus hojas. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, ya que dada la longevidad y el tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

 

También es llamado árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por estos árboles en 1788. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) originó los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

 

Según el sitio Losarbolesinvisibles.com, “el conocimiento del Ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió “ginkgo” en vez de “ginkyo” pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto “biloba” para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos”.

 

El novelista y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe se inspiró en este árbol para escribir los célebres versos de amor dedicados a Marianne von Willemer. En 1815 se vieron por última vez en el jardín del castillo de Heidelberg donde Goethe mostró a Willemer un Ginkgo biloba y tomó dos hojas que luego pegó al poema, que días después le envió. Simboliza en esos versos, del cual fue extraído el fragmento que acompaña el inicio del artículo, la unidad en la dualidad, al trazar un paralelo con la forma de las hojas.

 

 

Las hojas de este árbol, que del Oriente 
a mi jardín venido, lo adorna ahora, 
un arcano sentido tienen, que al sabio 
de reflexión le brindan materia obvia.

 

¿Será este árbol extraño algún ser vivo 
que un día en dos mitades se dividiera? ¿O dos seres que tanto se comprendieron, 
que fundirse en un solo ser decidieran?

 

La clave de este enigma tan inquietante 
Yo dentro de mí mismo creo haberla hallado: 
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones, 
que soy sencillo y doble como este árbol?

 

 

 

 

Fotos: Romina Gelroth.

Imagen poema: Internet.

 

AUTORA


 


 

 

ROMINA GELROTH: Su madre siempre cuenta que, de sus cuatro hijos, fue la que aprendió primero a hablar y luego a caminar. Será el origen de su afición por las palabras, escritas o habladas. Es fanática del cine, y despuntó su amor por la fotografía: todo es digno de ser congelado con luz, especialmente las aves y los cielos. Panza verde de origen, le es imposible estar sin la compañía del mate. Adoptó La Plata hace algunos años, y ya se con-funde bien en el paisaje urbano de las diagonales y tilos. No solo en manipular vocablos en diarios digitales se van sus días: también transcurren entre costuras, telas y calzados. Improvisó un incipiente jardín en su balcón. Escribir sobre viajes, y viajar, su aspiración.

 

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