La escritura y sus escenas

July 4, 2018

Un escritor con cierto oficio ya conoce lo suficiente de  su trabajo como para diferenciar algunas operaciones claves y distinguirlas de modo más o menos nítido. Eso no quiere decir que esas operaciones sean exactamente las mismas en todos los autores ni tampoco que se presenten del mismo modo. Tampoco que lo hagan en el mismo autor de forma similar a lo largo de toda su vida ni en todas las ocasiones. Cada texto dicta su forma de ser escrito. 

 

 

 

Una de ellas consiste en imaginar una escena de lectura entre el  texto que está escribiendo y el de un lector o lectora que, bajo la forma  de una hipótesis, se disponen a abordarlo. Un texto seleccionado entre muchos otros (el suyo) y, por otra parte, una escena que, cuando se produce, es decir, cuando tiene lugar ese encuentro, acontecen repercusiones concretas que él cree poder prever. Esa hipótesis puede constituirse de diferentes maneras. Ser temidas, ser deseadas o bien ser, en otros casos, incluso ignoradas (circunstancia, en un punto, improbable).

 

Esa escena imaginada en parte viene, como  dije, dictada por el texto cuando es espontáneo y se nos impone. Pero también no menos cierto es que estamos en condiciones de ir graduando, como quien lo hace con las temperaturas, el nivel de exigencia que le propondremos (y le impondremos) a ese lector o lectora a través del nivel de complejidad que tendrá nuestro texto. La forma literaria que le daremos será proporcionalmente directa al modo como se manifestará esa dificultad y se trazará un vínculo de alianza, en ocasiones. y, en otros, de provocación (no precisamente para escandalizar sino porque toda escritura seria, en términos  ideales al menos, debería ser cuestionadora tanto de sí misma como de estereotipos, lugares comunes y clichés). De modo que hay una parte de la escritura que estamos en condiciones de tener bajo control y hay otra parte que queda por fuera de él: su carácter interpretante. El que cada lector o lectora le otorgará, que lógicamente será variable en un caso o en otro. Serán determinantes las experiencias previas de lectura de cada persona que aborde el texto, su formación, su carácter, su predisposición en ese momento de sentarse a leer y a leer a ese autor en particular, lo contextual en el sentido más amplio de la palabra y todo lo que hace a sus rasgos de personalidad.  

 

Hay una escena de escritura (que estamos en condiciones de controlar relativamente) y esa escena de escritura supone una serie de dificultades que no son nada sencillas. Hay que tomar decisiones, ser seguros a la hora de escribir y plasmar lo que aspiramos a decir. No vacilar para, de ese modo, transmitir a otros través de ese texto una idea de contundencia y eficacia que caso contrario tendería a disiparse. Eso no tendería a favorecerlo bajo ningún punto de vista y hasta podría ahuyentar eventuales lectores y lectoras. Sería un texto poco persuasivo, por llamarlo de algún modo. Lo pondría en una situación de emergencia y precariedad indeseables para quien escribe. Cualquier lector inteligente está en condiciones de percibir los atributos de un texto. Por lo tanto, lo más  probable es que rechacen ese texto, porque se harán una idea de él como un texto dubitativo, endeble y hasta, en el peor de los casos, de mala calidad en función de esta falta de seguridad en su forma de enunciación, es decir, bajo la fisonomía que adopten sus enunciados.

 

Además de escritores vacilantes, hay malos escritores, claro está. Que no están preparados para ejercer su oficio o que no tienen el suficiente talento para hacerlo con excelencia. En ese caso hay veces que un escritor está en condiciones de, mediante un largo aprendizaje, mejorar su destreza notablemente. Pero hay personas que quieren ser escritoras o deciden serlo sin estar dotadas. No obstante, está claro que la voluntad no alcanza. 

 

Un escritor. Un buen escritor es alguien que tiene un cierto poder sobre los recursos que son propios de su poética, al menos, y sería deseable siguiera experimentando para, de ese modo, continuar explorando en otras direcciones y que su obra crezca en calidad (las lecturas y también los  talleres de escritura son esenciales a mi juicio). También en matices: que no se cristalice en fórmulas o tics. Eso suele sucedernos a los escritores. Es fundamental, me parece, plantearse desde la escritura (como dije, acudiendo a lecturas o bien proponiéndose proyectos que se presenten como desafíos) avanzar por el sendero de la escritura con exigencia y con espíritu de exploración. De prueba y de forzar los propios límites.

 

La escena de lectura en la que interviene esa otra persona, más imaginada que real (no suelen coincidir pero sí es cierto que el escritor sienta las bases de un pacto, al menos de su parte) puede tanto expulsar como cautivar a un lector o lectora. De modo que ni todo es deliberado ni todo está fuera de control. Se trata de un delicado equilibrio en el que la decisión, es decir, la voluntad, y lo involuntario, entran a jugar por partes iguales. En este sentido, una buena corrección de cada texto es una condición  fundamental para su calidad. No debemos olvidar tampoco que un escritor  es el primer lector  de su texto. Eso tiene repercusiones de un alcance insospechado. Pueden sacarse varias conclusiones interesantes, pero la más importante de todas, me parece, es que si bien lógicamente es fatal tampoco es siempre la más atinada. Hay ocasiones en que alguien cree haber escrito algo malo y era muy bueno o a la inversa. Por otra parte, en esa lectura de sí  mismo se producen una serie de operaciones sutiles que resulta difícil describir pero en las que él como primer testigo de su producción también es su primer juez. Con todo lo bueno y todo lo malo que ello supone. 

 

Luego de muchos años de escribir, un escritor está preparado para realizar una construcción: esa construcción imaginaria que será la de un lector o la de la que él piensa lo serán (si ya los tiene). Esos lectores él supone (y de hecho lo hacen) esperan de él un tipo de texto y  no otro, con  un grado de elaboración determinado y que conviene  no defraudar o, en  el mejor de los casos, no traicionar acudiendo a fórmulas simplistas u oportunistas en la escritura y la publicación. Hay algunos de ellos que son buenos escritores o muy buenos, parejos, cuidadosos con lo que editan y se caracterizan por no ser condescendientes consigo mismos. 

 

Ese sistema de expectativas de los lectores y las lectoras puede ser desbaratado. Es por eso que siempre es conveniente ser un escritor profesionalmente responsable y formarse de modo incesante en el ejercicio de la producción de textos y acudir, como dije, a lecturas de calidad, que favorezcan la posibilidad de crecer como autores y autoras, la reflexión sobre la literatura y también no  perder de vista que una buena educación (formal o como autodidactas) si bien no  garantiza una buena producción sí brinda recursos, además de colaborar para formar un criterio selectivo. Mantenerse actualizado en lo que a literatura se refiere (siempre resulta importante conocer ese “aire de los tiempos”) y también,  en otro  orden  de  cosas, por el contrario, tampoco permanecer tan atado a modas sino incursionar por los clásicos y procurar discernir en qué aspectos se produjeron sus rupturas con la tradición para, de ese modo, también seguir un camino que sea igualmente esclarecido y ejemplar. Modelos a imitar o, en todo caso, a tomar como referentes. Hacer lecturas de los maestros, como los de la antigüedad clásica, nunca está de más porque mucha buena literatura posterior se ha inspirado en ellos. Conocer las fuentes de la literatura (no sólo de la occidental, aunque sea, lo sabemos todos, difícil acceder a buenas traducciones y ediciones) me resulta primordial. Otro tanto en clásicos más contemporáneos en los distintos “géneros” y, sobre todo, estar muy atentos a esos autores y autoras que han procedido de modo disolutorio a romper con ellos y plantear propuestas estéticas renovadoras que han  sido puntos de giro respecto de las formas. Esos suelen ser notables puntos de partida para de modo paradigmático analizar, estudiar, focalizar la atención y ver de qué modo lo han  hecho. En cambio, estar atentos a no acudir a la literatura que repite, la que reitera literatura previa, que es una novedad pero que no es novedosa (para apelar a un juego de palabras). Que no plantea desafíos ni menos aún plantea modos de escritura interesantes. Sino sólo reconocibles. Y previsibles.

 

El otro punto que me interesaba destacar es cómo un escritor, además de imaginar esa eventual escena de escritura (que, como dije, lo hace nuevamente en ciertos términos ideales, lo que no significa necesariamente “optimistas”) también debe, según el tipo de obra que esté concibiendo, lograr ingresar en la piel y el cuerpo tanto de una persona, un animal, un objeto y, lógicamente, ubicarse en una situación (por lo general  suele tratarse de conflictos) frente a la cual debe participar como dentro del escenario de un teatro. Y, a cada una de las cosas que enumeré, dotarlas, claro está, de una voz  para que efectivamente sean literatura. En el caso concreto de la narrativa (que es el que más conozco), si esa literatura aspira a una mayor verosimilitud (lo que no está ni bien ni mal, simplemente está o  simplemente es o simplemente es anhelada y el escritor se propone construirla) será tener una índole y no otra. Para ir a un ejemplo concreto: una novela histórica plantea determinadas premisas de escritura que un texto fantástico o de ciencia ficción no:  plantearán otros.  Se trata de un intento de reconstrucción y,  por lo tanto, de restitución de voces (imaginarias en general pero procurando que coincidan parcialmente con las esperables) a personas que tuvieron existencia constatable y que, en este caso en particular, exigen determinadas condiciones de enunciación y determinadas elecciones u opciones de lenguaje. Pero, sobre todo, de condiciones y de condicionamientos. 

 

Una literatura de imaginación más sin ataduras a referentes, en cambio, si bien también los tiene, puede tomarse otras licencias. Pero si se trata de un texto de carácter realista supondrá una serie de condiciones que garanticen estabilidad a ese universo ficcional, a su formulación y a sus matices, que no son los mismos que los de otro en los que tienen lugar acontecimientos en los cuales las leyes del principio de realidad (que se supone son  las que dictan al primer tipo de ficción) de ellas se puede prescindir y servirse de nuevas. 

 

En lo personal a la hora de escribir encuentro atractivas tanto unas como otras. Si bien  para los argumentos históricos se supone que un escritor debería documentarse e investigar, también es cierto que acudir a la imaginación para recrear sucesos que pudieron o no  haber tenido lugar (en términos razonables) también resulta imprescindible y hasta, diría yo, aconsejable o saludable para la ficción.

 

Las literaturas fantásticas, de ciencia ficción y, como  quería Rodolfo Walsh, el cuento extraño (sobre el que preparó una excepcional antología), permiten tomarse libertades respecto de las leyes de funcionamiento del principio de verosimilitud realista, construir otra clase de forma imaginaria de universo que si resultan coherentes, están bien diseñados y cierran, son de una enorme riqueza. Se trata de un tipo de literatura que desafía leyes naturalizadas y que, a mi juicio (si bien la practiqué sólo en una etapa de mi producción) dejan una marca de libertad creativa. Constituye una experiencia, una huella que queda en la escritura y que, a mi juicio, tiende a potenciarla. Como lo es la lectura de buena parte de los cuentos de Borges o de la obra de Italo Calvino, por ejemplo. ¿Cómo sustraerse al encanto de su libro “Las ciudades invisibles”?

 

Hay maestras y maestros de la la ciencia ficción que nos dejan pensando acerca de la realidad, no ya acerca de mundos alternativos y su ficción reenvía de modo automático a un mundo empírico del cual parecieran tomar distancia, pero en verdad lo que hacen es dar un rodeo y llegar a la así llamada realidad de los lectores y lectoras (esto es, la realidad de l a cual participamos) desde una estrategia tangencial. La escena de escritura aquí es otra. Se imagina a un lector dispuesto a dejarse cautivar por voces e historias que no guardan relación directa con la tangible y constatable. Pero que si uno sabe leer entrelíneas no cabe la menor duda de que le está hablando a él o a ella de su propio mundo sensible. 

 

Meterse en la piel de un personaje (aún cuando sea un objeto o una entidad) supone un  ejercicio de una complejidad superlativa, en el que nos proyectamos hacia experiencias absolutamente desconocidas e inesperadas y tal vez eso es lo que le confiere tanto atractivo (al menos para mí) a la escritura. Eso sí: representa un esfuerzo notable en el que debemos transferir una experiencia que imaginamos, a través de una voz que creemos es la más oportuna, a la escritura. Recuerdo (y narro esta anécdota porque me resulta muy atinada además de graciosa) una noche en que estando en una fiesta hablábamos con una persona cercana a mi familia y ella me interrogó sobre la escritura. Yo le expliqué que en  ocasiones suponía introducirse en la piel de personas o entidades muy distintas de uno, o bien de situaciones. Y le puse el ejemplo (creo recordar) de un aventurero que realizaba deportes de riesgo en el mar, peligrosos. Y ella, de modo atinado (y sorprendente para mí por su reacción en ese momento) me dijo: “¡Claro, es una forma de segregar adrenalina!”.  Creo importante aclarar que no pienso que escribir literatura sea sinónimo de “segregar adrenalina”. Pero sí en muchos se trata de pensar la vida en sus costados más descarnados, más extremos y más rotundamente inexplorados (entre ellos los más oscuros). Eso, claro está, entraña riesgos. Se experimenten o no a la hora de escribir (porque escribir no es en todos los casos una forma literal de sentir las emociones que uno está narrando sino hacerlo “desde afuera” para poder, precisamente, tener un control sobre ella, como dije) sí me parece que supone una puesta en movimiento de una serie de procesos permanentemente  dinámicos en los que, según los casos, nos vemos más o menos comprometidos. Y de ese compromiso dependerá el grado en que nos involucremos con lo que estamos escribiendo. En ocasiones el compromisos puede ser tal que resulte perturbador en un sentido o en otro, que incida sobre nosotros tanto positiva como innegablemente angustioso. Ni digamos el caso en que uno, o bien en una ficción o bien  en  una autobiografía, narra fragmentos de su vida o aspira (o crea  poder) a hacerlo por entero. Ese es el colmo de los casos en el que un sujeto se compromete en materia emotiva y hasta, agregaría, física, corporal. Si bien puede ser también todo bastante encubierto y hasta manipulado del modo más descarado o canalla. Recuerdo un caso singularmente irritante: una escritora me envió su (supuesta) novela. En ella, los personajes y los acontecimientos que narraba eran todos reales (yo conocía a todos o casi todos sus  protagonistas) ¿era eso una novela? ¿era un testimonio? ¿era un libro patético? ¿era un libro totalmente falto de inspiración, sin la menor capacidad imaginativa? Hay quienes no distinguen entre ficción y realidad a la hora de escribir. A mí, en  cambio, me parece que una obra supuestamente de ficción no ya inspirada en ella sino que narra acontecimientos reales a personas reales no solamente suele carecer de talento sino que puede ser un caso profundamente inmoral y dañino en algunos. No me refiero al caso de la no ficción de Rodolfo Walsh o Truman Capote. Eso es otra cosa porque se carga de textos con otra intencionalidad y de un enorme voltaje político. Pero en materia de imaginación literaria y de vida privada no coincido con Oscar Wilde, quien decía que no existían los libros morales o inmorales sino bien o mal escritos. Susan Sontag decía algo parecido. Esa supuesta novela no sólo era cruel. Era maledicente.

 

No me gustaría cerrar esta nota sin decir que así como al escribir un autor  o autora tiene en mente esa escena de escritura, en ella el escritor o la escritora están posicionados de un modo y no de otro. Evalúan, juzgan, sienten, piensan, perciben en un a priori lo que van a narrar. Y en ese juego entre lo que experimentan y sienten (porque hay mucho de emocional en todos estos procesos) y lo que van a escribir hay una serie de momentos que son sumamente complejos, que tienen que ver por lo general con la autocensura (imaginando la opinión de otros pero paralizándose o reprimiéndose antes de escribir) que me parece sería bueno revisar y problematizar, además de neutralizar si aspiramos a ser  escritores honestos y escritores buenos. También, otra variante, el agraviar a otros mediante la ya mencionada novela en la que se dio el caso precisamente inverso. No  hubo la menor clase de autocensura. Y una total falta de educación.

 

No pretendo en esta nota dar clases de escritura sentado en una cómoda cátedra. Sino más bien referir el relato de una experiencia (la mía en relación con la escritura de narrador) y lo que he podido escuchar y leer por boca de colegas a través de relatos concretos, entrevistas o testimonios. 

 

Entre la escena de lectura y la escena de escritura, que tienen tanto que ver ambas con ejercicios imaginarios y de proyección hacia la alteridad, hay una zona en  la  que el escritor no interviene o no le es dado intervenir. Y es la materia que se  le impone. Se trata de una sustancia que llega a él a través de largas etapas de meditación, reflexión y de práctica del oficio. Pero fundamentalmente de estímulos o bien del exterior o bien espontáneos que brotan involuntariamente. Esos  procesos, de carácter inmanejable, son los que suelen  dictar tanto las voces como fundar ambas escenas, que serían las que ponen en  funcionamiento el texto y las que nos colocan en el sitio a partir del cual las realizaremos. Del escritor y la escritora, entonces, no siempre depende todo lo que va a escribir y hay una serie de elementos que quedan por completo fuera de su injerencia. Esos ejercicios, de la que está hecha parcialmente su literatura, suelen ser los más interesantes, porque suelen ser, también, los más genuinos. Entre la deliberación y la imposición de ciertos contenidos o temas, historias, voces y personajes que irrumpen (con sus respectivas formas de expresarlos) no nos queda más que salir corriendo y sentarnos a escribir. Para que no se nos escapen, como la materia precaria de los sueños cuando comienza nuestra mañana y acabamos de despertar.

 

 

 

AUTOR

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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