¿Quién dijo que el compromiso en literatura ya no existe?

July 31, 2018

Entrevisté hace algunos años a una prestigiosa y conocida colega, y cuando la interrogué acerca del compromiso de los intelectuales con la sociedad (pensando, naturalmente, en Sartre, Simone de Beauvoir, Camus; pero también, más acá, en Susan Sontag, Juan Gelman y Héctor Tizón) me dijo que  “hoy en día cualquiera habla del compromiso. Hasta Mariano Grondona”. Hago a un lado los puntos de vista de Mariano Grondona acerca de la realidad, su conducta cívica y mediática, de los cuales sólo a él compete rendir cuentas en todo caso, pero debo confesar que quedé atónito. Me resultó como mínimo llamativo que una escritora que se definía como partidaria de los más postergados de la sociedad tuviera esa mirada tan desencantada acerca de los escritores y escritoras y  su relación con los conflictos sociales y políticos de su tiempo, precisamente, que afectan tan severamente a los sectores más castigados. Advertí allí una contradicción que no me pasó desapercibida. Evidentemente no estábamos hablando de la misma palabra o no la estábamos entendiendo del mismo modo. O bien a  ella le parecía que se trataba de una noción anticuada. O que era yo el que estaba pasado de moda si no errado. Por lo tanto, conjeturé que la consideraba propia de otro tiempo histórico. En verdad se trata de una escritora en cuya obra, tanto literaria como periodística, la política aparece o ha aparecido con vocación, llamémosle así, progresista, motivo por el cual esta respuesta me desconcertó aún más. Narro esta anécdota porque me parece un ejemplo sintomático, incluso desde los sectores supuestamente más defensores de la justicia social y los Derechos Humanos (no todos, por supuesto), de archivar esta palabra por considerarla vetusta o fechada.

 


Yo no vivo en París ni en Nueva York, pero le sigo atribuyendo contenido a esa palabra, pese a que han transcurrido ya muchos años desde aquella célebre noción acuñada bajo el nombre de literatura “engagé” que hizo correr ríos de tinta en Francia y se proyectó al resto del mundo provocando repercusiones incalculables. Que se desarrolló en un lugar en el que se escribían semanarios políticos, en el que tuvieron lugar acaloradas polémicas, marchas, protestas y que fue la divisa, entre otros fenómenos, de un Mayo francés de 1968 en el que se coreaba: “La imaginación al poder” y los estudiantes de la Sorbona se enfrentaban con las fuerzas de seguridad adoquines en  manos. Por supuesto que estoy al tanto de que Pier Paolo Pasolini atribuyó esta revuelta a los hijos satisfechos de la burguesía. De todas formas, no me parece que una objeción atendible. Ello no le quita legitimidad a sus reclamos ni menos aún, desde la posición de la revuelta, adoptar una conducta a contracorriente de la cultura oficial. Con ese criterio, muchos de  los intelectuales críticos (y este, me parece, es un punto a discutir a fondo) provienen de la burguesía y disfrutan de su bienestar, pese a que en sus libros y en sus discursos sancionen la ideología de los satisfechos, en términos del economista inglés Sir John Kenneth Galbraith.
    

Creo que las desigualdades sociales se han incrementado (como todo el mundo sabe) a nivel planetario en una progresión geométrica. Y que resulta imperativo que un escritor que sea inconformista con ellas, que le resulten inaceptables, que le parezcan profundamente ilegítimas y que, en la medida de sus posibilidades, sin dejar de estar atento a la excelencia de su arte, las visibilice y sea cuestionador de ellas (o cuestione a quienes tejen y destejen nuestros destinos) desde la palabra, sería de desear dejara testimonio de ellas o bien narrándolas o bien discutiéndolas.
    

Un escritor o un intelectual que estén en condiciones de realizar análisis y (sería de esperar) propuestas, a través de alguna  clase de medio considero que para asumirse como persona solidaria con sus semejantes es importante que se posicione respecto de éste y otros temas particularmente erizados de complejidades, en especial vinculados a los Derechos Humanos y las desigualdades sociales. También el belicismo. En especial porque en la mayoría de los casos se trata de personas que se han visto beneficiadas con el acceso a una educación de privilegio, de la que pocos pueden gozar. Una vocación que entiendo han elegido  y  han  podido abrazar pero con la que, evidentemente, tienen responsabilidades morales ineludibles.
     

Y, para referirme al terreno de la escritura, que es el único en el que me he dedicado a profundizar (además de parcialmente en las ciencias sociales) y, por lo tanto, el único sobre el cual me siento capacitado para opinar con más conocimientos, me parece que sin lugar a dudas hay escritores que cierran los ojos al mundo y que ponen su palabra exclusivamente al servicio de su obra y su carrera. Confiados en que nada depende de ellos salvo su celebridad, su  posteridad o, en el mejor de los casos, la excelencia de su producción: eso constituye una opción. Confinados en esa célebre metáfora (ya devenida lugar común, es cierto, pero que viene a cuento) llamada “torre de marfil”, entiendo que la imagen condensa varias cosas. El lujo, por un lado, la indiferencia, la despreocupación y, por el otro, el confinamiento narcisista que no dirige la mirada hacia nuestro entorno. Como si nuestra obra literaria y nuestras intervenciones en el mundo fueran menos la imagen de un prójimo desesperado que el reflejo de nuestras facciones especularmente iluminadas sobre una lámina iluminada. En muchos casos se trata de escritores y escritoras de talento infrecuente, motivo por el cual uno lamenta más aún esa reclusión porque su palabra sería imprescindible y hasta irreemplazable.
    

No hace falta leer demasiado cifras, leyes ni tampoco estar obsesivamente con los diarios en la mano, viendo la  TV o escuchando la radio. Sino tan sólo caminando por la calle para asistir al espectáculo atroz de la miseria, la exclusión y la indigencia de muchos, que aumenta incluso en los países así llamados desarrollados. La mendicidad y la vida a la intemperie, entre otras muchas otras prácticas ligadas a quienes quedan por fuera del sistema productivo, circunstancias que se han vuelto alarmantes en el mundo entero. En EE.UU. se habla de los “homeless”. Se ha acuñado hasta una palabra para designar a quienes no tienen “disponibilidad inmobiliaria” de ninguna clase, por así decirlo. Es posible observar a gente durmiendo sobre colchones o bien cartones y cubierta con frazadas mugrientas. La realidad argentina conoce cómo deambulan los cartoneros como un oficio ya reconocido.
  

No sé cómo llamar al sistema en el que vivimos en este momento en Occidente. Se habla un capitalismo en crisis o también neocapitalismos plagado de contradicciones y del modo en que la experiencia urbana está fragmentando las subjetividades, acentuando las inequidades.
    

 

Se echan de menos la figura de intelectuales públicos como los existencialistas franceses que mencioné al principio de este nota, o de figuras como la de Susan Sontag. Y, entre los argentinos, Eduardo Pavlosvsky y los mencionados Juan Gelman y Héctor Tizón, entre otros. Es cierto. Todavía se hacen escuchar algunas voces disonantes, como las de el británico Harold Pinter y la  chilena Diamela Eltit, pero esos otros referentes, junto con otros, nos entregaban su presencia y su palabra viva. Ahora sólo nos quedan sus libros.
   

En los países subdesarrollados existen en algunos casos recursos humanos de excelencia que, por falta de infraestructura y remuneración, o bien emigran o bien colapsan o bien se ven arrinconados volcándose a universidades privadas (en caso de que les sea posible) para proseguir sus investigaciones y su carrera. Muchos lo hacen con dolor y decepción. De modo que quienes sí hemos tenido acceso a carreras universitarias, a formación académica o bien acceso a bienes simbólicos (no sólo humanísticos) que nos han capacitado tenemos la obligación moral de, por lo menos, visibilizar y realizar abordajes analíticos de lo que observamos, vivimos y percibimos atentos a estudiar sus causas y sus consecuencias. Visibilizar la miseria, los abusos, la violencia, la discriminación hacia cualquier grupo de la sociedad. Resulta primordial que quienes están sumidos en la mayor de las inclemencias, tanto materiales como simbólicas, y que no pueden expresarse ni desde la oralidad ni desde la escritura (lo que es tan grave como humillante) puedan encontrar una voz que los represente sin paternalismos.
    

La literatura a la que aspiro es una con vocación profundamente insumisa y el tipo de escritor que la ejerza fundamentalmente indócil. Tanto en el interior de su obra como cuando interviene en la esfera pública. Un escritor que no se deje cortejar por las  veleidades de la  fama ni por un afán triunfalista sino que sea capaz de advertir, disentir, mostrar y demostrar con argumentos la tragedia de muchos a través de sus textos. En algunos  casos, como dije, a través de su arte. En otros a través de textos o libros de opinión.
    

Si la palabra “compromiso” -tal como me lo expresó esta colega desencantada- está “demodé”, podemos ponerle nombres alternativos, si ella así lo prefiere. En lo que a mí atañe, tiene que ver con una profunda vocación de solidaridad con quienes más sufren, padecen y habitan contextos de vulnerabilidad social. Llamo entonces compromiso, a la presencia activa de la palabra como portavoz de una mirada crítica, cuestionadora y para nada complaciente con quienes gobiernan directa o indirectamente nuestras vidas y son los responsables de las decisiones que conducen a la exclusión. Y, al mismo tiempo, llamo comprometidos a aquellos escritores, escritoras e intelectuales que, de modo solidario (y audaz) en su obra literaria incluso, toman también la decisión (que a esta altura abrigo la esperanza de que sea una convicción) para quienes la irrupción de toda la conflictividad social en sus libros resulte inexorable sin por ello hacer la propaganda de un realismo preceptivo. No estoy proponiendo un mismo libreto para todos los escritores sino un respeto del abanico de todas sus  poéticas a partir de las cuales evidencias las inequidades. De todas formas, sus convicciones, si son tales, empaparán  su obra de un modo inexorable.  
    

La mirada que sostengo sobre la literatura es la de un tipo de uso de la palabra, cuidadoso, respetuoso de los demás y, por supuesto, ejercida con profesionalismo, pero también vigilante de nuestro entorno. De otro modo las torres de marfil comienzan a agrietarse, a resquebrajarse hasta derrumbarse producto de un sismo que, les guste o no a quienes están confinados entre sus muros, los afectará a esta altura de un modo indefectible. Tanto a ellos como a su arte. Entonces: la palabra “compromiso” se carga de un altísimo voltaje, cobra una total actualidad, se pone en movimiento, está plagada de sentidos, resonancias y vigencia. No se pronuncia solamente en París ni en francés en en 1950 o en 1968 o bien en Nueva York en la década de 1970 hasta el presente. Sino que aún aquí, desde este confín del mundo, aspira a ser portadora de una contundencia definitiva y, ante todo, vehículo de un rotundo llamamiento de atención.

 

 

 

 

 

                                  AUTOR

 

 

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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