Acerca de la obra de teatro “El fondo patriótico”, de Nelson Mallach

September 20, 2018

Si como afirmaba Aristóteles en su célebre “Poética”, la tragedia y la comedia producen en  el  espectador un  efecto de “catarsis”, esto es, de liberación de las pasiones y purificación, entiendo, hasta donde puedo percibirlo, que también libera un efecto de producción sensible y un  efecto de sentidos. Porque después de haber hablado con el director de la obra de teatro que vi, Nelson  Mallach, y de haber asistido a su espectáculo “El fondo patriótico”, he tenido la necesidad de dar paso al lenguaje de la escritura desde una lectura individual, pero ante todo desde una percepción sensible de esa mirada. Acabo de llegar a casa de verla y la precipitación de la escritura ha resultado diría, casi inevitable. 

 

 

La obra está magníficamente actuada por tres personajes: un sacerdote que cumple funciones directivas en un  colegio para varones, y dos alumnos que forman parte de su población, figuras que manifestarán sometimiento a lo largo de todo el desarrollo de la obra. 

 

De este modo, se triangula una relación de, valga la redundancia, un perfecto triángulo isósceles: entre dos vértices cercanos y otro, definitivamente vertical, ascendente, que está por encima de ellos, supervisándolos  en el  sentido más peyorativo de esta palabra, como un  “Gran  Hermano”. Esta figura geométrica a la que acudo para encontrar una forma abstracta a una representación que es esencialmente concreta (y no ideal), me parece una forma acertada para describir no obstante una forma que en la obra es tan crucial debido al tipo de vínculo que genera. Por el otro, la misma figura da cuenta de que efectivamente se construye una relación que está armada según una jerarquía de poder y de grados.

 

Hay un sacerdote autoritario (como suelen serlo en los colegios confesionales, salvo excepciones) cuya subjetividad está regida por una economía de la sospecha. En efecto, figura deliberadamente persecutoria, de modo evidente opera socialmente bajo una forma corporativa y normativa, ve fantasmas por  todas partes y pretende regular costumbres, prácticas y hábitos, por el otro. También conocer cada detalle de la vida de esos dos alumnos.

 

Ambos, Adelson y Arrúa, sometidos por esta presencia todopoderosa (valga la alusión religiosa) casi no pueden respirar delante ella. Tan sólo acatar y reproducir, por un lado y, por el otro, pese a ello buscar ciertas “tretas del débil” (la expresión es de Josefina Ludmer)  para poder sobrevivir y no caer en la asfixia. Hijos de paraguayos (uno nacido en Argentina y, por lo tanto, se supone  que argentino, y el otro hijo de una familia exiliada del gobierno del General Stroesner), cultivan flores, de cuyo usufructo familiar se esperan fondos para la Guerra de Malvinas. Ya tenemos la obra fechada con dos datos, entonces. Se trata de una dramaturgia histórica, tal como en otras oportunidades ha sucedido con este escritor y director, recreando etapas particularmente conflictivas de la Historia  nacional.

 

Pero  regresando a esas “tretas del débil”, los alumnos juegan al fútbol, ríen eventualmente, pero también  riñen, pese a que se permiten el abrazo. Así, la homosexualidad tan sancionada (¿o tan temida?) por el cura (que permite inferir en  él emociones encontradas a las que reacciona bajo el síntoma de la intolerancia), es objeto de una obsesión persecutoria, que la ve donde no está. El final de la obra es deliberadamente elocuente al respecto. Por otra parte, hay otra obsesión del cura: la higiene. Eso lo lleva compulsivamente a solicitar a Adelson y a Arrúa  que  se desnuden y se quiten los zapatos para lavarse. 

 

 

Un género incidental, tal como  en los estudios literarios llamamos a las cartas, enviada por su hermano es leída en escena por parte de uno de los alumnos que, trae a escena otra escena, la traumática de la guerra de Malvinas. Y este testimonio no es menor. Es la prueba más contundente de que la Historia ha ingresado en la obra desde su costado más íntimo pero al mismo tiempo sin dejar de ser público.

 

Y creo que lo verdaderamente ominoso de “El fondo patriótico”, además de la humillación, de la violencia simbólica y hasta física, es la eliminación de la vida privada. Porque si bien por momentos la figura del sacerdote se ausenta, su presencia se acentúa por una mirada que puede, como un panóptico, afectarlos y afectar la emocionalidad hasta límites insoportables. En efecto, no se trata de cualquier mirada. Se trata de una mirada que persigue y que prohíbe. Una mirada de alguien que aspira al control. 

 

Ahora bien ¿por qué el control? Se preguntarán los espectadores. En principio diría yo que por su rol en la institución. En segundo lugar por su función social en el contexto del mundo,  ligado siempre a tabúes y un incierto conjunto de factores que pueden afectar a una ser humano en sus pasiones más primarias. Por último, porque aspira a ser alguien que tiene poder. En un espacio marginal, la ambición de poder (un defecto, un pecado, diría él) es lo que moviliza su vida. 

 

Los guardapolvos preservan el pudor de los desnudos pero por el otro lado uniforman a los sujetos que integran una institución que debería, por el contrario, como toda escuela en  términos deseables, impulsar el aprendizaje pero también ser fuente de libertad subjetiva y social. Los guardapolvos grises son esa mezcla de matices dentro de la cual no entra ni la pureza naïve del blanco ni otros colores que podrían desentonar con una institución educativa de este corte.

 

La presencia de las flores, que suelen constituir el arquetipo de la belleza gratuita, don para los enamorados, fuente de fragancias en el seno de cualquier  ámbito, en este caso son la manera de, mediante su cultivo, obtener dinero. Un dinero que el sacerdote pretende asignar a las arcas de los militares para la Guerra de Malvinas. El cura, por otra parte, sostiene haber averiguado que el padre de Adelson es universitario ¿por qué cultivaría flores? El alumno, intimidado por esta figura tan absolutista, le responde que el cultivo de las flores es resultado de unas tierras cedidas por su tío. El cura, que de tantas cosas parece estar seguro, duda de su palabra. Pero no duda de dudar. Y es nuevamente aquí donde podemos apreciar el carácter más siniestro de este personaje. Su autoritarismo se proyecta hasta límites insospechados y lo vuelven una figura temida tanto como indeseable para estos alumnos que dependen de sus órdenes, como de un militar. En este punto, no menos que en otros, institución religiosa e institución militar, tal como ha sido ampliamente señalado, se tocan.

 

Entre la oscuridad de la sotana y la oscuridad del cierre de la obra, que es altamente connotativa, se traza un contrapunto que, precisamente  define ese juego de luces y sombras entre las que se debate la sociedad argentina de por entonces, por un lado. Entre el triunfalismo y de una patética Guerra que se cobró víctimas inocentes y que fue la excusa (y la coartada) perfecta  para sostener el último  hálito de una dictadura que ya se estaba haciendo añicos y las instituciones que son el resabio de ese pasado de violencia y silencio, “El fondo patriótico” viene a ilustrar de modo maestro esa zona penosa para la Argentina en la cual convivieron de modo perturbador para la sociedad, además de violento, corporaciones que, en este caso educativas, formaban ciudadanos y, por lo tanto, los formaban amputados porque los conminaban a actuar y pensar de cierta manera y a no hacerlo de muchas otras.

 

Una escenografía perfecta, que habilita para movimientos por parte de los actores, armar y desarmar un  puzzle que, por momentos como un  confesionario, por momentos como una zona en la que, en su plena verticalidad permite el grito festivo y descontrolado de los alumnos montados sobre ellas y es el momento en que la voz se desata. Distintas partes de la escenografía encastran en otras y eso, quizás, sea la clave de que, como en toda obra de Nelson Mallach, todo cierra porque todo es profundamente coherente, porque tiene una lógica interna meditada, una ideología devenida convicción y es absolutamente contundente. Nada ha  quedado librado al azar. 

 

La música tenue pero oportuna, crea climas de modo sutil o los vuelve  más auténticos. Incluso exacerba, como es natural, situaciones. Pero lo más notable es que acompaña sin estrindencias.


Otro logro para el teatro de este creador, que obtuviera la Primera Mención en el 1° Concurso Universitario de Dramaturgia “Roberto Arlt” en 2013.  Otro logro para el teatro de La Plata que, de modo pujante (pero sin pancartas ni localismos folklóricos) va creando tradiciones, va gestando una obra independiente y radicalmente original.

 

Fotos: Fer Cipriani.

 

 

AUTOR

 


 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Entradas destacadas

Coronavirus: CICOP exige que se garanticen todos los insumos de bioseguridad necesarios para la protección del personal de salud

April 17, 2020

1/8
Please reload

Entradas recientes

March 16, 2020