Néstor Mux: regresar del silencio

October 7, 2018

Es  tarde. La casa se ha aquietado de presencias o de ruidos. A través de la ventana se puede vislumbrar el perfil de la luna que baña el jardín con su luz lateral. El hombre ha cavilado durante algunos días, algunos meses. Unos cuantos años también. Sin apremios pero con la seguridad de las cosas ciertas, algo lo incita y lo desasosiega al mismo tiempo. Vacila. Comprende que es el momento: toma la máquina, coloca un papel en blanco y los tipos empiezan a patalear. Ha regresado a esta casa el poema, que es como decir que le ha vuelto a este hombre el alma al cuerpo.
 

 
Esta escena que propongo, acaso diversa de como tuvo lugar, busca plasmar uno de esos momentos decisivos en la vida de todo hombre o de toda mujer en que un instante condensa y al mismo tiempo es la síntesis de tensiones y conflictos para adoptar, finalmente, la forma de una resolución Lo que vale por decir que en este caso adopta la forma del poema. Su sustancia perenne.
     
El silencio mítico de Mux, superado afortunadamente ya a esta altura, no tuvo que ver  con coquetería intelectual ni con una calculada extravagancia. Menos aún con veleidades de artista. Fue la simple respuesta de un hombre que asistía a una realidad obscena, ese aire de época, banal y ligero (también  corrupto), que han tenido las últimas décadas y alcanzó su paroxismo durante la del noventa para quienes no seguimos ni sus dictados ni su farra frágil y dispendiosa. Y sí asistimos, en cambio a ella, con estupor e impotencia rabiosa. Pero resistiendo.
     
Fiel a la convicción de que el silencio  y la quietud también son una forma de la acción, (como quieren los orientales), Néstor Mux sostengo que siguió escribiendo en ese silencio aquello que la palabra, como otra forma del ruido, no hubiera podido dictar. Segregando un plasma que, debidamente macerado, a su tiempo la necesidad impulsaría con la potencia de la creación.
     
Es que un escritor que asegura admirar a Albert Camus (para quien los conceptos de “absurdo” y “rebelión” son tan axiales en su obra, así como la de una incuestionable ética del compromiso) y que ha dicho en alguna intervención pública que aspiraba a que su poesía no estuviera “más allá de los hombres sino en medio de ellos”, no podía sino experimentar con repudio, primero, y con indignación, después, una etapa que había quedado afectada como notas dominantes, primero, por un contexto hostil a la valoración del arte y luego, ya hacia los noventa, la farandulización, la entronización del consumo y el vicio como aspiraciones sociales. Esto es: la neutralización de la poesía como convicción y agente de cambio social. Arrinconada, la poesía de había refugiado en ghettos.
     
Pero veamos lo que sigue a ese largo paréntesis en el que Mux –lo ratifico- seguía procesando la experiencia social y estética que lo rodeaba, ese material que recién en 2004 catalizaría en un nuevo libro y lo decidiría a desandar el silencio. Me refiero, claro está, a Papeles a consideración. Un libro que retoma algunas de sus constantes y viene a sumar la mirada algo desencantada pero con la invariable fe en el humanismo, en especial del poeta que ha estado distante del acontecimiento de su lírica durante un tiempo largo (pero necesario a sus ojos). Un acontecimiento que nos pone en contacto de un modo intenso tanto con la experiencia social como con la más íntima. El trazo del poema es también, lo sabemos, el relato de su tiempo contemporáneo. Por eso se habla de “ética del compromiso”. Porque si es, por un lado, su expresión más privada, por el otro es testimonio de un tiempo histórico en tanto que trama social. Esa trama social, dialoga en sus compases con los otros discursos sociales, no sólo el de otros poetas.
     
El poemario, de un modo obligado, no podía soslayar la etapa en que Mux había callado,  como decisión madurada. Varios  momentos del libro, con epígrafes de otros autores (como el caso de Edgar Bayley), se refieren a una vuelta, a un retorno, a una música que se recupera con cautela, que tácitamente aluden a una suspensión, en este caso transitoria, que pudo haber sido indefinida. El poema volverá a cantar pero se aspira a que no desafine ni desentone en su melodía. Como si Mux temiera que al silencio pudiera, por falta de pericia,  proseguirle la cacofonía. Me parece que estas referencias remiten a la silueta de un hombre responsable que decide reanudar un oficio que se había llamado a silencio pero  acariciado con la esperanza de ser retomado cuando las circunstancias adecuadas se hubieran presentado. Y cuando él estuviera preparado para una nueva exposición y no  se sintiera tan afectado por un entorno de esa virulencia externa contraria a sus principios. Y esta nueva exposición tendría lugar tanto bajo la forma de libro (con sus lectores) como la de un sujeto dispuesto a hacerse cargo de él frente a la mirada pública. Porque retomo esta idea: el poema es experiencia privada pero se proyecta a un contorno social y hasta lo demanda. El poema comienza como ceremonia privada, se propone a la mirada pública y más tarde retorna, en su lectura, a un contexto de introspección.
     
Lo que más conmueve del libro –y lo que más me conmueve de la poesía de Mux en general- es ese ánimo obstinado por entreverarse con las cosas de este mundo, con sus hombres y mujeres, con los muertos, con las víctimas, con la violencia y también con toda forma de prepotencia histórica. Y Mux va a una mirada de conjunto pero a partir de concentrarse en un detalle que puede ser un objeto, una anécdota, un recuerdo o una persona. Como si esos detalles fueran en todos los casos significativos y la ocasión (o la excusa) perfecta para, a través de ellos, hablar de cosas que tienen contenido y que traducen emociones y visiones totalizadoras. Es esta sustancia microscópica que se proyecta hacia lo macroscópico devenida poema la que vuelve tan anchos y notables los textos de Néstor Mux. La idea de alguien que ha querido entreverarse con los temas humanos pero que no reniega de la espiritualidad, sin acudir a arrobamientos místicos. Esas últimas convicciones, sin embargo, diera toda la impresión de que él las respeta porque Mux se revela ante todo como un hombre tolerante. Lo que resulta infrecuente.
     
A Néstor Mux le interesa vivir de cierta manera: rodeado de la libertad del arte que se respira en especial en torno de su círculo de amistades, de su familia, de su mujer. Brindar de modo franco con ellos, empaparse en esas reuniones de la charla espontánea. Como quien dice: acudir a quienes considera sus semejantes no porque desprecie al resto de los hombres y mujeres sino porque hay una similar afinidad producto de una escala de valores que se comparte.
     
Entiendo que Papeles a consideración, uno de sus más recientes libros (si bien ya tiene varios años), título que confirma la humildad de Mux, su idea de “estar entre” y no “estar más allá de”, “estar por encima de” o estar “por fuera de”, convoca desde su ética de la escritura y desde la mirada sobre su prójimo una formulación a la inteligencia del lector y se propone como un llamado. Mux está a la espera de una lectura (y de un juicio) a los que invita con amabilidad. No a la aspiración de una adulación.
     
El poeta ha querido -o, quizás, los poemas han querido hacerlo por él- dividir su libro en tres secciones que, como un triángulo equilátero enmarcan el centro de sus preocupaciones más profundas: la poesía y los afectos, el prójimo, el Eros. ¿Puede pedirse mejor definición de un hombre que estas tres dimensiones de humanidad? ¿Y de humildad? Al mismo tiempo, de completitud, porque lo vuelven un ser humano íntegro capaz de experimentar la riqueza de los estímulos del mundo y de intervenir en ellos como protagonista pero también desde la contemplación.
     
Hay en la poesía de Mux un rechazo visceral por las modas, por la experimentación  efímera, grandilocuente o pomposa. También por el artificio. Mux escribe con una engañosa simplicidad pero con hondura, porque escribe sobre temas importantes con palabras simples. Lo que resulta infrecuente. Y resulta dificilísimo. Por otra parte, lo hace con una índole, me atrevería a decir, filosófica, aferrándose a una imagen sensorial (que puede ser la visión de un objeto, una escena entre dos amantes, el aroma de su mujer en la ceremonia del amor, el de unas flores, la visión de unas botellas vacías, una radiografía de su hijo) para dotarla luego de una definición que resignifica esa imagen hasta volverla también socialmente significante e íntimamente emocionante. Todos nos sentimos tocados en nuestra fibra más secreta por estos poemas que ante todo conmueven por su economía. Porque la poesía de Mux no es retórica. También nos reconforta porque nos hace sentir que cada pequeña cosa de este mundo tiene un sentido y está allí por un motivo, aunque ese sentido nos sea sustraído.
     
La poesía de Mux tampoco es teórica. Mux no hace teoría literaria ni poética. Mux hace poesía con temas de toda índole: filosóficos, metafísicos, existenciales, políticos, pero sin explicitarlo. Esos contenidos subyacen al poema. Sin grandes gestos teatrales, ni citas, ni erudición, ni la mención vanidosa de nombres propios o la alusión a saberes. Más bien los evita. Y esto sí me parece deliberado. Y también me parece virtuoso porque revela una total ausencia de jactancia. Es indicio de una poesía segura de sí misma. Le interesa llegar a un lector o lectora sin que existan distancias. Lo que es inteligente además de sabio.
     
Y en esta humildad a la que ya aludí, me gustaría citar cuatro versos de Mux que me  han parecido la más señalada convicción con que él observa su lugar en el mundo. Dice Mux: “mientras el agua hospitalaria/de la pava y el mate recibe condescendiente/a estos modestos poetas de provincias” (Disculpas del irascible, 2009). Entre poetas que hablan con narcisismo de sus traducciones, publicaciones, congresos, lecturas públicas, trabajos académicos, viajes, giras y, a esto quiero llegar, ser y habitar el ombligo del mundo, la moderación y la modestia (ambas cosas) de Mux le ponen un límite con altura a esta egolatría. Como diciendo: “Yo sólo hago poesía”. Nada más y nada menos. Esto es: es un poeta. Lo que es  muchísimo. Y es lo más importante. Tampoco pierde tiempo Mux en otro sentido: hablando de quien no lo merece. Sin desprestigiar, sin incurrir en maledicencias. De lo que también se ha hecho un deporte deleznable en estos tiempos. Ser ético es también tener hacia el prójimo una conducta en la que no se lo ningunea ni se lo agravia. Eso habla también de 
una educación. Sería incapaz de no tender una mano a quien  lo necesita. Porque toda la lírica de Mux postula a un sujeto solidario.
      
Estamos ante una poesía sin estridencias pero sí con cadencias. Como si el poema, reflexionado y cincelado hasta su punto exacto, no requiriera de acentos. Leerlo constituye una experiencia significativa y amable. Mux no aspira a escandalizar tampoco. Porque la poesía de Mux es profundamente democrática. No es ni hermética ni llamativa, ni irónica ni menos aún cínica. No busca ser espectáculo sino momento reflexivo. También de disfrute.
     
Si bien la poesía de Mux no calla lo que no es posible callar (la injusticia, la infamia, la obscenidad, el exhibicionismo, la belleza del mundo también, por qué no decirlo), sí sabe, en cambio, callar a tiempo y escapa así tanto de la verborragia como de los lugares comunes. También de la hipocresía: “Y no va donde no lo han invitado” o “donde no es bien recibido”. Este punto me parece que es importante. Consiste en aceptar su lugar en el mundo y el lugar que los demás le atribuyen. De modo que no insiste. Tampoco le debe gustar ser leído por quienes no lo desean o no valoran ni sus poemas ni sus mismos valores.
     
La sobriedad de Mux desentona con el “tono mayor” de cierta poesía (sobre todo la contemporánea, plagada de la necesidad de llamar la atención pero profundamente ridícula) que necesita de esos recursos altaneros para sentirse legitimada. Mux los sabe vanos, acorta camino y no pierde tiempo.
     
He conversado con Mux y he sentido que su palabra hablada es ante todo coherente con su lírica. De modo que estamos hablando de una total congruencia entre sujeto que escribe y yo lírico. Lo que suele escasear en el paisaje humano de la escritura. Tiene la severidad y el talento sensibles de aquellos hombres que desde muy temprano tramitan con lo primordial. Ha dejado caer algunos nombres: María Elena Walsh, Edgar Bayley, Raúl Gustavo Aguirre y Joaquín Giannuzzi. No lo hizo sin embargo pretendiendo impresionar sino, por el contrario, sin énfasis y con la intención de sugerir lecturas útiles a alguien que está en el  aprendizaje del poema.
 

 

   
Néstor Mux echa de menos, afirma, la  presencia de las viejas banderas que sostenían ideales colectivos, lo que en verdad reúne valores políticos, cívicos y morales. No se puede concebir una política sin una ética. Y es cierto. Esos ideales se han retraído. Pero no han sido ni olvidados ni pulverizados. Nadie puede borrarlos de un plumazo como no puede hacerlo con una parte importante de la Historia ni de sus protagonistas. Esas potentes fuerzas humanas que aún los sostienen siempre estarán,  por más que el capitalismo aparentemente haya procurado desmantelarlas. El poema es uno de sus reductos, de sus armas, de su ámbito de protección, de las fuerzas combativas de esa rebelión y de esa resistencia, tal como apunta Mux por allí. En efecto, Mux dice: “No obstante, cuando nadie lo ve/cuando todos están lejos/con su confusión y sus convicciones,/con su sombra y sus jardines/ él coloca en la máquina el papel en blanco/como una forma de desobediencia,/de alivio o de revancha” (Disculpas del irascible, p. 55). Hay aquí varias palabras clave en las cuales quisiera detenerme: “confusión”; “convicciones”, “desobediencia”, “alivio” y “revancha”. En efecto, toda esta constelación de significados remite a una ideología, que comparte con muchos. Desobediencia y convicciones que los vientos del neoliberalismo no podrán destruir. Los grandes relatos de la Historia, como sonreía Héctor Tizón al respecto en su último libro de ensayos, antes de fallecer, aún pueden y deben ser narrados. Decir que ya no existen sería como afirmar que la literatura ha muerto, lo que no es cierto. En todo caso ese mismo relato adoptará otros matices o será narrado de otro modo, pero no su espíritu libertario ni extraviará la memoria ni el compromiso. Mux, a su manera, sigue defendiendo esos relatos, desde el poema. El poema detiene, pone un límite a través del lenguaje a las ideologías de la derrota. Y es imprescindible que lo haga alguien que los ponga al alcance de su prójimo como una forma de amparo  pero también de confrontación. Para este poeta la dictadura significó una herida profunda porque asistió al espectáculo de la muerte y a la censura, el peor enemigo del poema. Pero, de modo valiente, siguió publicando.
      
Por último, advierto en Mux una educación. Quiero decir: corrección y sobriedad. No lo imagino capaz de hacer un desplante (costumbre tan habitual y tan penosa). Precisamente, su último libro se titula, significativamente, Disculpas del irascible. Como si para Mux fuera imprescindible frente a un exabrupto recapacitar y rectificar su eventual desatino en su caso con una frase que enmienda la eventual falta de educación.   
     
Cierro esta notas con sus palabras. Dan una pista, también, acerca de su silencio. Dice Mux: “Cualquiera sabe que el tiempo que nos tocó es puro ruido. Que es como decir puro silencio de materia vacía, puros escombros, pura intemperie. Y entre muchas otras carencias (y ausencias) nadie lee. Por eso escribimos: para que comience a leerse”.

 

 

 

 

                                       AUTOR

 

 


 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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