Ángela Pradelli: escribir para la reinvención

October 18, 2018

La obra de la escritora argentina Ángela Pradelli (Bs. As., 1959) ha estado entramada con buena parte de los destinos más desprotegidos y vulnerables de nuestro país. Pero también ha sabido,  a partir de una poética renovadora, y sin acudir a un tono mayor, urdir tramas en las que las tensiones de la Historia del mundo (no sólo de Argentina) se entreveran con los destinos privados. Sus ficciones se introducen por entre los intersticios de lo que, por un lado, sacude. Por el otro, incomoda. Por último, emociona de modo definitivo.

 

                              Foto: Clarín/Viva.


Profesora en Letras, habiendo ejercido su profesión durante años, luego con un cargo de gestión y coordinación de mucha responsabilidad en el área de Letras en la provincia de Buenos Aires, esa experiencia (me parece) la llevó a profundizar una relación entre prácticas de lectura y escritura y educación, muy deterioradas en el tejido social de nuestro país. Especialmente en los sectores socialmente más castigados pero yo agregaría que en la educación pública en general. Reponiendo allí la presencia de la reflexión y el conocimiento sistematizados de modo novedoso, elaborando estrategias y diagnósticos con vistas a la acción concreta, Pradelli se muestra como una gran preocupada por la inclusión social, en un primer movimiento. Habrá otros.  
 

Esa experiencia, que le permitió el contacto con docentes, coordinadores de talleres y especialistas de la lectoescritura, ha sido determinante para la concepción de algunos de sus libros. Concretamente Libro de lectura. Crónicas de una docente argentina (2006), da cuenta de una aproximación preocupada por las desigualdades de un pueblo cuyo acceso a la educación pública es inequitativo (cuando no inexistente), a través de crónicas fundamentalmente aparecidas en la diarios. Siguió a ese libro, como una saga en algún sentido trágica por los senderos de la palabra, un díptico: La búsqueda del  lenguaje. Experiencias de transmisión (2011) y El sentido de la lectura (2013). En el primero, de modo exquisito  va recuperando y atesorando, como en pequeñas cápsulas, su trabajo como docente, esto es, experiencias áulicas concretas, con teorías de la lectoescritura y teoría literaria. Este itinerario tan rico, da por resultado un libro entrañable y riguroso, en el cual la observación aguda, la solidaridad y la meditación (sobre contextos y prácticas educativas), no pocas veces críticos hacia el sistema, vuelven al libro un texto de un inmenso valor, en el cual se va refiriendo de qué  modo la literatura se va colando como discurso clandestino por entre el control discursivo institucional hasta quedar inscripta en las grafías mismas de los bancos de las aulas. También bajo la forma de testimonio, de memoria, de momento suspensivo y expresivo. También de registro en los cuales la docencia recupera anécdotas relativas a su vínculo con los alumnos, no siempre felices sino que pueden sumir en la zozobra si uno es solidario, como Pradelli. Asimismo, plantea a la escuela como ámbito de cruce de prácticas y discursos nada apacibles. Y al docente como agente mediador pero al mismo tiempo un operador de resistencia y posible agente de cambio en el seno de ella, si lo discierne, si se lo propone y si está dispuesto a afrontar esa misión. Pradelli propone un pacto: enseñar no es solamente transmitir conocimientos sino poner en diálogo alumnado con textos y textos con alumnado. También la voz del docente dialoga (y no imparte) con las de sus alumnos.    
 

Ahora bien: ¿qué distingue a este libro de tantos otros sobre la vida escolar o sobre la enseñanza o la pedagogía? La respuesta viene a mis labios de manera automática: ha sido realizado por una escritora. Por una narradora y por una poeta, especialmente. Que busca que las instituciones no sean impermeables a ellas sino la escuchen, estén atentas a sus voces y a su música. Para lo cual en muchas ocasiones invita a escritores a sus clases a dar charlas, conferencias, a responder a las inquietudes de su alumnado o bien hace que sus alumnos lean en voz alta los textos. Los interpreten en su doble acepción de interrogar pero también de actuación. Pradelli busca que la escritura constituya la respiración misma de la que se nutre la relación de sus alumnos con la palabra. Y de modo casi natural la gramática de la literatura, sus quiasmos, introducen rupturas con la burocracia de ciertos planes de estudio. Esta docente está interesada en introducir debates y también el encantamiento por por obra de la lengua literaria. Rescata el valor connotativo del lenguaje. A Pradelli no le interesa promover “buenos alumnos” o “alumnos aplicados”. Sino alumnos sensibles a las la literatura, sus resonancias, sus ecos y sus reverberaciones. Sensibles a palpar todo lo que en la palabra literaria acoge y convoca desde los significados, los sentidos hasta los sonidos.
 

Luego Pradelli, como ya lo adelanté, da a conocer El sentido de la lectura. En él una serie de artistas o personas vinculadas al arte (escritores, traductores, editores, músicos, directores de teatro, guionistas, periodistas, entre otros) narran escenas de lectura que les propone recuerden porque los han impactado sin otra consigna más que la de referirlas. Tienen que ser para ellos significativas. Sin dar más explicaciones. Claro que Ángela Pradelli, con su perspicacia, sabe que ninguna escena (menos aún las de lectura y menos aún incluso las que han impactado) es inocente y que, por otra parte, dice siempre lo que dice pero al mismo tiempo dice mucho más. Es en ese más allá en donde se cifran buena parte de estas otras experiencias, en las que Pradelli indaga ahora desde otro ángulo, ya no con un alumnado, sino con personas adultas letradas, muchas de ellas personalidades destacadas de la cultura en distintos campos y que mantienen con la palabra una relación más, si así se quiere, madura. A cada relato de las correspondientes escenas de lectura se suman una serie de reflexiones de la misma Pradelli en torno del lenguaje, su origen mítico, la fundación de la lectura y la escritura como prácticas, las relaciones entre textualidad y autoría y narraciones de experiencias autobiográficas, en muchas ocasiones las suyas. Un encuentro particularmente conmovedor con el escritor John Berger resulta inolvidable. Se concentra de modo muy singular en las manos del escritor. Como si esas manos además de ser portadoras del trabajo de la tierra fueran portadoras del trabajo del sentido. Y de las preguntas. El libro incluye un cuento y también se cierra con una serie de reflexiones que cruzan el lenguaje poético con el reflexivo de un modo bastante libre y connotativo. Las escenas funcionan como interludios de una gran sinfonía. Resulta verdaderamente notable la captación de Pradelli de las inflexiones del lenguaje, sus desafíos, sus implícitos, sus posibilidades, sus matices. Como si hubiera en ella una sabiduría que formara parte de su propia identidad. Sobre todo uno comprende que Pradelli sabe escuchar. 
 

El díptico de Pradelli, al ser leído, otorga a las prácticas de la lectura y la escritura multitud sentidos, articula diferentes contextos, posibilidades estéticas y discursivas pero no descuida otras de índole tanto  comunicativas como sociales. Al cerrar ambos libros uno se tiene la impresión muy vívida de que escritura y lectura son prácticas mucho más complejas y sofisticadas de lo que a simple vista socialmente se las solía presentar o se las habían planteado en contextos educativos de antaño. Es mérito de Pradelli el permitirnos, gracias al desarrollo de sus reflexiones, la elaboración de sus teorías, la poesía de su prosa y narraciones, de sus montajes y en esta organización modular, introducirnos en las presentes operaciones que de algún modo son formas de la memoria, de la identidad, del origen, del mito, entre muchas otras cosas. Si pone el acento en la educación, la docencia,  la didáctica de la lengua y la transmisión es para que su enfoque se vuelva accesible para muchos. De ese modo, algo que ha sido patrimonio de unos pocos se democratiza. Con espíritu de socializar conocimientos y competencias, Pradelli apuesta a los proyectos colectivos y a los sujetos como agentes de cambio a través de la escritura y la lectura como prácticas creativas, críticas, pujantes y liberadoras. Intuyo que en este punto comparte puntos de vista acerca de la liberación del oprimido del pedagogo brasileño Paulo Freire.
 

En lo personal creo que un libro capital dentro de la producción de Pradelli lo constituye En mi nombre. Historias de identidades restituidas (2014), porque en cierto modo (si bien prosigue hablando de voces, y de voces recuperadas en este caso, de eso no cabe duda) se sale de su experiencia docente, áulica y se interna en el territorio de los Derechos Humanos abiertamente. Diera la sensación de que, dentro de la coherencia de su proyecto, hubiera un cierto giro. Allí trabaja con testimonios de hijos de desaparecidos apropiados durante la última dictadura militar argentina que recuperaron su identidad y, por lo tanto, a sus familias biológicas. Pero sobre todo se reconocen en una historia. Darle la forma de una narración tampoco en este caso es casual que sea realizado por una escritora. Su última novela, La respiración  violenta del mundo (2018), aborda precisamente la búsqueda de una abuela de su nieta apropiada durante la dictadura.  
 

Simultáneamente, interrogando y afrontando tramas sociales cuyas aristas son difíciles y que articulan prácticas, voces, instituciones y una Historia argentina llena de prepotencia y violencia, en la actualidad Pradelli trabaja en un sitio web en el marco de la red social Facebook en el cual se recogen testimonios de mujeres que han sido víctimas de violencia de género. Este libro colectivo es un espacio de visibilidad en la esfera pública de la violencia privada y se titula, de modo elocuente, “¿Por qué llora esa mujer?”. Nuevamente pone en evidencia a una escritora que se siente interpelada por la realidad, que no puede permanecer neutral a ella y que pone a la ficción en el lugar que le corresponde así como hace ingresar en sus libros a los conflictos de esa realidad en la medida en que ella lo considera pertinente sin incurrir en una ficción de propaganda. 
 

Ahora bien: no me he referido a su ficción y a su poesía. Lo haré dentro de lo sumario que permite este espacio y tampoco lo haré en el estricto orden cronológico sino según cómo fueron llegando a mis manos. Ha publicado en narrativa El lugar del padre (Premio Clarín de novela 2004), Amigas mías (Premio Emecé de novela, 2002), en el que se refieren, de modo cómplice, las relaciones de las vidas entrelazadas de un viejo grupo de entrañables amigas, cuya fidelidad se ha mantenido invariable pese al paso de los años. De esta festividad cómplice de 2002 ya Pradelli se sumerge en un universo en el que ya se puede vislumbrar su inquietud por los primeros conflictos. Turdera (2003), una novela sobria, sin trazas de humor, que me ha resultado singularmente fascinante, como casi todos los libros de Pradelli, que vacilan entre las historias frente a las cuales quedamos sin palabras porque se trata de historias que nos tocan de cerca y una elaboración sutil que no se hace notar. Y eso lo logra con un lenguaje muy simple y lírico a la vez. Tarea que no sólo es difícil sino dificilísima. Hay una épica de lo cotidiano casi invisible de un valor ético y afectivo a los que resulta difícil sustraerse. En esta novela, una localidad del Conurbano bonaerense languidece frente al avasallamiento de las instituciones públicas por parte, así lo entiendo, del neoliberalismo: hospital, tren, cementerio y, se deja entrever, si bien no se la menciona abiertamente, la escuela. Pero lo más interesante de la novela, desde mi punto de vista, es el modo en que, a partir de un “tono menor”, la verdadera protagonista es la misma Turdera, como una gran red dentro de la cual cada historia familiar, cada destino, constituye el hilo de una urdimbre al mismo tiempo irrepetible. La violencia desatada no se encubre ni se disipa. Quiero decir: Pradelli en ningún momento idealiza esos espacios sino que los plasma en toda su complejidad, en su carácter más agresivo y descorre el velo de la agresión una vez más. Pese a tener un epígrafe al comienzo de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, unas y otras ciudades son bastante distintas. Esta no es una ciudad fantástica sino otra clase de ciudad. Una ciudad cotidiana, no fabulosa.  El epígrafe podría leerse casi como una ironía. Como si la ciudad de la que hablara Pradelli fuera tan poco ideal que narrarla supone un oficio tenebroso.
 

De 2007 es una novela algo más extensa, Combi, en la que nuevamente la aflicción social y sus problemáticas establecen un coloquio con la ficción. Así, ese panorama de modo obstinado, se entrevera con la vida privada de un grupo de viajeros de una combi que se trasladan diariamente en ella como medio de transporte de Adrogué a Buenos Aires. Un día, con motivo de un capítulo negro de la Historia argentina, se producirá un episodio que sacudirá sus vidas y sacudirá sus rutinas de un modo inesperado, provocando distintas reacciones según los caracteres y las ideologías de cada quien. 
 

Llego a la novela de Pradelli que he experimentado en mis resquicios más íntimos: El sol detrás del limonero (2016), que he releído. Porque Pradelli tiene ese atributo: invita siempre a una relectura. Y lo atribuyo a que, por un lado, es gentil con el lector en su lenguaje, en el acceso a sus historias. Es, una vez más, inclusiva. Emociona por el otro. Y, finalmente, no oculta ni el horror ni tampoco el dolor, sin llegar al punto de volver intolerable un libro. En esta novela, con un lenguaje que rompe las barreras de todas las formas de la prosa, la lírica, la prosa poética, las cartas y las voces, el pasado que retorna, una nieta adulta desde el presente aspira a recuperar una identidad que ha quedado atesorada pero también ha sufrido las sacudidas inevitables del tiempo. Luego de complejas operaciones de evocación de un vínculo indestructible viaja a Peli, un pueblo montañoso pequeño de Italia, el pueblo originario de sus abuelos, en una operación de recuperación, reconstrucción y restitución de su historia, habiendo atravesado por todo tipo de avatares históricos, de la guerra a la pauperización, el sufrimiento y la persecución, finalmente alcanza a conocer bajo su fisonomía actual a ese lugar. Peli, ahora es un paraje más que un pueblo, con unas pocas casas. Pero Peli es el lugar que pisó su abuelo. Nada más y nada menos. La sangre que la engendró ha hollado esas franjas de tierra.
 

 

 

Conozco poco la poesía de Pradelli. No me atrevería a pronunciarme acerca de ella, pero sí a mencionar la circunstancia de que sospecho que el acontecimiento de ejercerla sin lugar a dudas da cuenta de un tipo singular de su trabajo narrativo. Un trabajo que a su vez le permite transponerla a la prosa con total naturalidad, siendo sensible a las cadencias, los silencios, los ritmos, las relaciones entre los significantes y los significados de modo profundo, en un ejercicio y captando sus zonas más imperceptibles. Aquellas por las que se cuelan los espacios vacíos (también de las historias) en los que es posible jugar con libertad con todos los registros, romper con las formas más convencionales así como palpar los matices e introducirse entre las grietas más recónditas de su matriz, como sucede, efectivamente, con El sol detrás del limonero.
 

Y como para cerrar estas líneas, me gustaría mencionar un aporte originalísimo que Ángela Pradelli realizó junto con otra destacada escritora y traductora argentina, Esther Cross. En efecto, concibieron y prepararon la antología La Biblia. Según veinticinco escritores argentinos (2009). No mencionaré a algunos de ellos porque sería no sólo injusto sino improcedente de mi parte. Baste decir que se trata de las plumas más sobresalientes que ha dado nuestro país, quienes narran distintos episodios del Antiguo Testamento.
 

He realizado una cartografía por cierto incompleta, que espero no haya resultado simplista con una obra tan rica y frondosa en matices que se abre hacia tantas dimensiones, en lenguajes tan distintos como sugestivos. Pero este retrato constituye tan sólo un aproximación por dar sentido, precisamente, a una experiencia de lectura y traducida, precisamente, en un conjunto de escenas, de una de las primeras escritoras argentinas cuya conducta cívica y ética me resultan ejemplares, que se proyecta de la educación a los Derechos Humanos, de la ideología a la ficción, y cuya obra a medida que la repaso o la releo me conmociona doblemente. Y la espero. Espero sus libros. Estoy en condiciones de decir que los libros de Ángela Pradelli, día a día, a medida que vuelvo a ellos, se renuevan. Como esas temporadas del año que permiten que determinados paisajes, sólo unos pocos, vuelvan a reverdecer de modo perenne, incluso los que daban la impresión de estar o maduros o bien marchitos. Pradelli revitaliza con su prosa, sus investigaciones, los testimonios que recoge y sus prácticas concretas en espacios educativos y de experiencias con talleres de escritura introduciendo esos marcos un sello personal que vuelve a fundar pactos y restituir justicia y equidad allí donde ha sido o sustraída o bien agraviada. También devuelve dignidad a la Argentina que ha padecido la degradación, de modo comprometido. No cabe duda que su trabajo constituye una proeza. 

 

 

AUTOR

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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