Juan Bautista Duizeide: de proa a una literatura coherente

October 28, 2018

La obra de Juan Bautista Duizeide (Mar del Plata, 1964), ya desde su lugar de nacimiento, ya por circunstancia de destino, ha estado signada por sus viajes de navegante. Probablemente vinculada a experiencias primordiales que tal vez lo hayan señalado tanto desde la circunstancia de asistir al espectáculo del océano como a la de escuchar relatos de marinos o incluso, por qué no, ver el espectáculo tangible de barcos naufragados o acaso la fauna de ese lugar, como en algunos de sus relatos. A lo que podríamos sumar la hipótesis de una buena biblioteca capaz de haber despertado una vocación temprana por la aventura de tripular.

 

 

Su obra diera toda la sensación de brotar (y rebrotar permanentemente) de una acertada síntesis entre dos pasiones que él ha sabido conjugar en una poética singular. Y lo ha hecho al mismo tiempo con inteligencia, encontrando el espacio, tanto material como simbólico, en el que habitar y desenvolverse como autor entre dos tabiques. Esto es: colmar la pulsión de la escritura con otra: la de la navegación. Esto último mucho más que un mero tema o una serie de contenidos. Me inclino a pensar, en cambio, que una forma particular de conducir la ficción. 
 

Esa convergencia le brinda a su poética, por un lado, una cohesión y una coherencia que la consolida, y por el otro, le confiere identidad. En efecto, si uno cartografía (en su doble acepción de delimitar sus bordes estéticos y establecer sus fronteras materiales) sus libros, puede vislumbrar una capacidad inusitada por transponer el mundo de los marinos o, más ampliamente, de quienes surcan las aguas a bordo, al universo semiótico  de la literatura, en la cual estas prácticas son capaces, como en su caso, de cargarse de un alto valor estético y de un alto voltaje nervioso.
 

Desde En la orilla (Primer Premio “Leopoldo Marechal 2003”, publicada en 2005), una novela “de comienzos”, Duizeide ya delimita este contorno de ninguna manera de modo vacilante ni tampoco reduccionista (porque aborda allí otros temas) pero sí entrando de lleno en una materia en la que demostrará ser diestro en adelante, en las que profundizará y, dará siempre un paso más allá con sabiduría. Aquí estamos ante un texto atomizado, fragmentario, que su escritura ha hecho estallar y que sume al lector en la perplejidad y en una materia ficcional que su inteligencia debe recomponer para armar un puzzle lento cuya urdimbre viene a ser, en definitiva, la forma de una ideología de la literatura. Y una zona de su producción compleja ya desde los inicios, sin por ello ser ni tediosa ni menos aún plantear reticencias. Simplemente se trata de una ficción que sume en la actividad al lector probablemente acostumbrado a que se le refieran fábulas complacientes. Duizeide, en cambio, astilla el relato. No es es sumiso a una demanda simplista por lo general exigida por el mercado o incluso una mentalidad que busca el confort sino que de modo auténtico sumerge al lector en tanto que receptor en un rol de trabajo intelectual ineludible porque no se trata de un texto lineal, tal como lo adelanté. El  ejercicio de recomposición de una trama a partir de múltiples puntos de vista y narradores conforma el capítulo de una polifonía riquísima y que merced a fragmentos invita a hilvanar una trama compleja.
 

 

Una novela como Kanaka (Premio “Julio Cortázar”, Alfaguara, 2004) postula ya una hipótesis ficcional interesante, por no decir radicalmente original. El protagonista es en la novela un hijo natural que habría concebido Herman Melville, probablemente el escritor paradigmático los navegantes y el mayor de los mares, sin Melville conocer de ese vínculo de sangre. En efecto, el autor de los marinos deja tras de sí la simiente de ese narrador (de la novela en este caso) que devendrá bibliotecario en una isla que a la vez es un presidio. En su caso, se trata de un convicto debido a un asesinato confuso que ha cometido que, si bien es referido de forma esquiva, diera toda la impresión de funcionar más como un disparador para poner en movimiento el dispositivo de la trama que como contenido sustantivo de la historia propiamente dicha. Es más la causa para llevar a un destino inclemente a un sujeto que será una voz narrativa en un contexto hostil. Kanaka está plagada de reverberaciones, de alusiones y de múltiples intertextos (no sólo sobre la literatura de navegantes). El ineludible Borges no se ausenta y diera toda la sensación de que Duizeide hubiera volcado allí toda su sapiencia, su erudición y su sistema de lecturas bajo la forma de una síntesis creativa, que no cita explícitamente sino alude con sutileza: una condensación semántica y una  serie de guiños que le brindan recursos literarios que también son reveladores de su historia en relación con la literatura. Entre esta “ficción del origen” (tanto para su protagonista como para el autor de la novela, en  el seno del sistema literario donde toma posesión de un espacio simbólico) y lo que vendría después ya se inscribe, de manera inaugural, en una tradición, cosa curiosa, contra todo lo que podría suponerse, no tan en retracción en el presente en el mundo y que, por otro lado, cuenta con una vasta trayectoria. Al menos eso es lo que postula Arturo Pérez-Reverte en un Prólogo a una antología del propio Duizeide realizada para Editorial Alfaguara. Por otra parte, siempre están y estarán esos grandes clásicos (incluso en el contexto de las artes plásticas, con pintores como William Turner, por ejemplo, o también ciertos paisajes marítimos de Monet), referentes a los cuales acudir bajo la forma de artes inspiradoras  para respaldar la pertenencia a una genealogía que se remonta a épocas históricamente distantes y dispares de la contemporánea y que, quizás, sea más intensa incluso, además de más prolífica. Con sólo pensar en las primeras sagas nórdicas ya tenemos los fundamentos para componer la trama que se remonta a épocas inmemoriales. Esas sagas alimentarán una literatura que se apoyará en ellas como en una plataforma o, tal vez, como en un reservorio. Asimismo, Duizeide rastrea (como veremos) una tradición de escritores que no se han consagrado a una literatura de navegantes pero que cuentan en su haber con una serie de textos sobre ese tema, incluso los escritores e incluso escritoras más insospechados.
 

Sus crónicas nuevamente sumergen (en su doble acepción de inmersión y de concitar interés) al lector en el marco de las orillas, las embarcaciones, las islas y sus historias menudas vinculadas a esos contextos en los cuales tienen lugar los viajes, los desplazamientos o bien están transitoriamente afincados quienes van y vienen por las aguas (como quien dice: van y vienen también en el tiempo y por entre las historias, que Duizeide captura, documenta, registra  y recrea).
 

Pero este escritor también realizó la notable antología, a la que acabo de hacer referencia, con aportes incuestionables para difundir una literatura que, bajo la forma de sistema, que yo sepa al menos, no había sido concebida ni reconocida con la jerarquía de tal hasta la actualidad en nuestro país, por lo menos en lo que al pasado reciente atañe. En efecto, sus Cuentos de navegantes (Alfaguara, 2008) da a conocer aristas bastante secretas de la literatura nacional y mundial, entre ellas las que se cuentan algunas plumas célebres  y otras, como dije, inesperadas. Incluye allí, incluso a exponentes que Ricardo Piglia ha planteado como antagónicas dentro de nuestra cultura literaria: a Roberto Arlt y a Borges, por citar dos casos ejemplares. Pero también a Horacio Quiroga y al más reciente Leopoldo Brizuela (que tampoco es un escritor de la navegación por excelencia, indicaría yo). Por supuesto que los autores que hicieron del mar no sólo su universo ficcional sino su morada, como Joseph Conrad o Robert Louis Stevenson naturalmente tienen su lugar insoslayable en ella, pero Duizeide fue cuidadoso y eludió los lugares comunes. Hasta Mercé Rodoreda, por citar sólo un caso, está incluida. También mostró su faceta de conocedor. Esas plumas insólitas nos llevan a reconsiderar nuestro propio conocimiento de la literatura e invitan a investigar con más atención en los corpus de esos u otros autores así como en las literaturas nacionales poniendo en cuestión los lugares cristalizados que se les han atribuido tanto a autores y autoras como a temas.
 

Hay un libro reciente que me interesa en particular y que yo calificaría “de desvío” o, en  todo caso, que sólo aparenta serlo. Me refiero a Luis Alberto Spinetta. El lector kamikaze (2017). Desconozco si se trató de un encargo editorial o de una íntima necesidad de escribirlo (lo cierto es que forma parte de su corpus). Y me refería a que el desvío no era sustantivo porque en Spinetta también pueden advertirse rasgos no vinculados estrictamente al mundo de los navegantes pero acudiendo a una acepción muy distinta de esta palabra, de naturaleza metafórica, que remite a otros de sus matices y resonancias, podría afirmarse  que habitó una cierta deriva por los sentidos. Asimismo, su música constituye un itinerario en permanente tránsito: ese desplazamiento entre los signos tanto acústicos como líricos (pero también ideológicos) con los  cuales resulta disonante para buena parte de su recepción. En efecto, sus auditorios, tan desconcertados como perplejos, asisten a su música indómita entre inquietos, indiferentes, desdeñosos o con antipatía por considerarlo hermético, no siendo capaces de apreciar en él que en ese aparente hermetismo estriba el virtuosismo más sobresaliente de su poética musical. Se trata de un ensayo cultural, motivo por el cual no estamos ni frente a la narrativa de imaginación (su fuerte), ni  frente a la crónica (otra de sus vertientes), ni frente a otra práctica cultural afín a la escritura, como la preparación de antologías o compilaciones. Tampoco el periodismo cultural. Acude aquí a otras disciplinas y a otros saberes: el análisis cultural, la crítica musical y, de modo dominante, claro está, la silueta biográfica, con el objeto de dibujar una estampa de Spinetta lo suficientemente completa y compleja como la que un personaje de su talla exige y merece, mucho más para el formato libro. “Duizeide lee a Spinetta” podría titularse una reseña acerca de este libro que estimo debería tener un abordaje y un análisis mucho más a fondo del que yo puedo consagrarle en el presente artículo. Pero se trata de un ensayo de lectura que respeta su espíritu insurreccional y, fundamentalmente, su talante visionario. 
 

Sin seguir la cronología de las publicaciones de Duizeide, llego a Confín (2012), una antología de sus relatos que publicara la artesanal editorial Turkestán a cargo del tempranamente fallecido escritor de La Plata Pablo Ohde, libro que recupera algunos textos antiguos, pero de modo fundamental confirma esta vocación por el mar al tiempo que se erige, una vez más, en “ficción de comienzos”, en un sentido muy distinto al marcado por Kanaka en 2004, en especial refiriéndome al relato que da título al libro, que fue el primero que Duizeide escribió, terminó y publicó. También el que obtuviera el Segundo Premio en el Concurso “Haroldo Conti” para Jóvenes Narradores de la Provincia de Buenos Aires. Sin dudas un cuento inolvidable para él y creo que para todos cuanto lo hemos leído. 
 

En 2013 había editado el libro de ensayos Alrededor de Haroldo Conti, sobre el importante narrador argentino que constituye un hito en su forma de concebir las relaciones entre ficción y política, o ideología y poética, quizás, además de vincularlo a cierta clase de universo de significados sin duda afín a las inquietudes de Duizeide como productor cultural y también a sus cavilaciones. Por otro lado, en las señaladas afinidades propias del universo que ambos despliegan, hay prácticas comunes, como la del ejercicio de la narrativa y la del periodismo. Lo cierto es que, como vemos, se trata de un referente por el que Duizeide siente una particular fascinación porque él también había trabajado reuniendo material de investigación para la realización de un film documental que se rodó sobre el mencionado escritor argentino.
 

Y, dejando a un lado otros de sus libros, no menos relevantes, que no he leído y entre los que corro el riesgo de yo mismo naufragar en el presente artículo, fondeo en Noche cerrada, mar abierto (2018). Una obra destacable que reúne una serie de relatos y realiza un aporte sustantivo a la ficción argentina porque introduce en ella nuevas inflexiones, en lo que a lo formal atañe, de una prosa lírica atenta a sonoridades, ritmos, cadencias, puntuaciones, léxico y una peculiar música de la frase hasta elementos vinculados a sus contenidos propiamente dichos. Esto es: ratificando un universo ficcional en el que ya Duizeide estaba inscripto y, por lo tanto, afianzando una poética y confirmando, una vez más, la  coherencia de la misma. Quiero decir: se trata de un autor que guarda fidelidad a una relación entre ética y poética. Hay un rasgo singular del libro: la figura recurrente de un personaje que emigra de relato en relato, el capitán Gonzaga. Entre otros, desde este lugar puede leerse Noche cerrada, mar abierto: como una gran novela en episodios no sólo en cuanto a sus temas (el mar y quienes lo surcan) sino respecto de cómo abordar (en su doble acepción de tratamiento y de lanzarse a la cubierta de otra nave) literariamente esa constelación de significados de una manera que no le quite continuidad a su proyecto pero tampoco lo repita al punto de desvirtuarlo hasta la monotonía. Es una ficción que adopta la forma de un gran homenaje a su profesión de marino mercante pero también reconoce otras posibilidades. Desde el desenfreno de la pasión física hacia una mujer en el marco de un clima de violencia en un bar (esto es, desde la mirada puesta en las desmesuras) hasta otros en los cuales, mediante reveladoras estrategias o tramas se entreteje la vida marina con la vida literaria. Me refiero a un modo peculiar en el que compone en consonancia toda circunstancia vinculada al relato en contextos de navegación, éstos son transpuestos de modo siempre valioso a la literatura para un lector ávido por consumir seguramente este tipo de subgénero que no es el que por excelencia empapa el campo literario argentino contemporáneo, si bien reconoce antecedentes indudables y que Duizeide conoce como nadie.  
 

Ganador de una beca del Fondo Nacional de las Artes, traductor, periodista cultural, coordinador de talleres, navegantes, escritor y, fundamentalmente, lector (quizás ante todo lector, en los términos en que a él le gusta definirse), Juan Bautista Duizeide está afincado en una isla del Delta del Río de La Plata junto a su mujer, la artista plástica Fabiana Di Luca, quien ilustró de un modo bellísimo y cuidado su más reciente libro, al que acabo de hacer referencia. Este último detalle es de una riqueza realmente apropiada para poner en diálogo el discurso literario con el discurso icónico, esto es: dos tipos de lenguaje. Lo que arroja por resultado una fecunda manera de establecer conexiones entre códigos en tanto que las lecturas sugestivas se multiplican y Fabiana Di Luca plasma bajo la forma del trazo su propia lectura de Noche cerrada, mar abierto. Una lectura que interpreta, esta vez, desde otra mirada, los contenidos y la forma del libro. 
 

Sustancia elemental, de la que estamos hechos. También para ser bebida y saboreada, gozada y paladeada. Para que se desplace sobre nuestros cuerpos tanto para la higiene como para momentos menos íntimos, el agua constituye la materia primordial sobre la que habitualmente Duizeide circula, la que ha elegido como espacio para vivir y a partir de  la cual posiciona su ficción como eje de una poética yo diría que a esta altura ya en buena medida consolidada. Y que además  tiene un camino que señala que le futuro confirmará.
 

Sin dejar de lado otras constancias de su poética (su obra contiene varias aristas, si bien mi clave de lectura me parece la dominante y la más visible, si bien también es la más obvia, mal  que me pese), Duizeide plasma sin titubeos y sin grandes hipérboles una ficción que habla de los trabajadores y estibadores, de la vida portuaria, de la soledad en los navíos, de lo que se abandona en tierra al partir, de los largos viajes en los cuales se celebra la vida festiva pero siempre fugaz de las prostitutas, la amistad entre camaradas, el relato de anécdotas o historias que cada uno ha vivido o a su vez le han sido referidas. Todo ello está muy distante naturalmente del lujo obsceno de los poderosos que pasean su ocio en yates o habitan playas exclusivas. Estos personajes están, precisamente, en las antípodas de su ficción y se vuelven probablemente el arquetipo de lo que Duizeide más repudia porque considera la degradación de un oficio noble.
 

Duizeide es, además, graduado de la carrera de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata y marino mercante egresado de la Escuela Nacional de Náutica como piloto de ultramar. Munido de esta formación y de estas destrezas, enriquecido  por experiencias con las que nutre su ficción, es experto en un trabajo que sus vivencias también respaldan. En particular, para hacerse cargo de una ficción de esta naturaleza: diestramente conoce el mar y el río, ha vivido y vive en él, ha investigado copiosamente la ficción que sobre la navegación se ha escrito y se sigue escribiendo y, como un desprendimiento espontáneo de todo ello (¿o como una causa?) la escribe.  
 

Una de sus iniciativas recientes y novedosas, junto a Fabiana Di Luca, es el proyecto “Orillas”: un relevamiento de la costa argentina usando como herramientas el dibujo, el grabado, la fotografía, el video y la escritura. No hace falta agregar de qué modo se reparten las tareas cada artista (o no del todo, por lo menos). De modo que nuevamente aquí Duizeide articula paisaje marino con prácticas culturales, esta vez escoltado, como ya lo indiqué, por otra persona conocedora de otros lenguajes que se conjugan con la escritura y la dotan de modo fecundo de lecturas renovadoras desde otro ángulo además de un emprendimiento cultural también exploratorio que de modo indudable tendrá un impacto en su ficción. Porque se trata de un proyecto de investigación, además de una intervención.
 

Quien lee la obra de Juan Bautista Duizeide contrae una deuda automática con él. Por un lado, porque además de nuestro conocimiento y comercio cotidianos con el agua como emulsión tanto para ceremonias íntimas como públicas (como ya indiqué) o bien como espectáculo fascinante y magnético al que nos entregamos frente a la magnitud del mar o acaso de un río caudaloso, él nos permite mantener una mirada privilegiada y totalizadora de las aguas que rugen o son mansas entre las tapas de los  libros, propios y ajenos. Esa mirada por completo desconocida para muchas personas, la de las navegación y su mundo, resulta bastante inescrutable y Juan Bautista la vuelve diáfana y gozosa, además de ser informativa y estéticamente de talla. Por último, entre muchas otras cosas recuperaremos lecturas adolescentes de, por ejemplo, Julio Verne y Emilio Salgari, en las que los abordajes, las batallas marítimas y los submarinos eran protagónicos. En términos más apacibles (por lo general) Juan Bautista Duizeide nos pone frente a las procelosas pero navegables aguas como paisaje pero también como oficio.  
 

Su poética es una pieza de arcilla modelada, sin lugar a duda, por el viaje, la travesía, la vida a bordo y la proa a puertos distantes. Ha navegado como marino mercante el océano Atlántico, el Pacífico, el mar del Norte y el mar Báltico. Pero, claro está, pone pies en tierra firme para los asuntos urgentes que lo ocupan y lo preocupan y para reunirse con sus afectos más íntimos. En lo que a nosotros atañe, en especial lo hace a la hora de sentarse a leer  y escribir, traducir y editar sus imprescindibles e insustituibles ficciones. Lo que, evidentemente, para este caso resulta lo esencial.

 

 

AUTOR

 


 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

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