Héctor Tizón: una voz sin periferias

November 9, 2018

Creo que no importan demasiado las fechas. Salvo que Héctor Tizón vivió, revivió (porque fue un hombre de la buena memoria) y escribió sus libros a lo largo de buena  parte del siglo XX (asistiendo a todas sus convulsiones) y los albores del  XXI. Que fue un hombre que pese a andar mundo tanto por motivos de estudio, políticos (el exilio), profesionales y personales, jamás pudo irse del todo de su Puna jujeña. Que la amó profundamente. Que la narró (lo que en este caso vale por celebrarla). Y que supongo que una notable parte de su vida y de sus libros fueron escritos allí, donde tenía una casa (de esas que uno suele tener por las dudas quiera regresar sin irse del todo). Que conquistó un lugar en nuestra literatura a fuerza de talento, de técnicas novedosas pero sin efectismos y de ficciones alojadas en un paisaje agreste. También yermo, muy modesto en sus costumbres como en la de su economía. Que conoció el amor de una mujer que, como subraya en la dedicatoria de su último libro, Memorial de la Puna, fue “el amor del su vida”, Flora. Y que tuvo hijos que no me caben dudas se han de haber sentido orgullosos de él.

 Foto: TELAM


     
No fue un hombre público ni presuntuoso sino de hábitos modestos. Y, cuya mirada estaba dirigida en dos direcciones: con un ojo contemplaba de modo exigente y estudioso su arte, atento a madurarlo con disciplina y conocimiento de su Historia y, con el otro, era un gran indignado contra las opresiones, las injusticias y la corrupción que reinan en todos órdenes de la condición humana. Puedo imaginar su sonrisa en privado al asistir al espectáculo de la fatuidad grandilocuente de ciertos colegas o incluso de algunos críticos.
       
Este puñado de atributos, que dibujo torpemente a partir sólo de sus libros porque no lo frecuenté más que en una incidental y fugaz conversación en una Feria del Libro en Buenos Aires (pero que fue reveladora), permiten trazar el contorno y las facciones de un rostro que, pese a que los lustros avanzaran sobre su cuerpo, seguía tan pendiente de su oficio y de su integridad como de los avatares mundiales. Y jamás lo vi asistir a las fiestas de la frivolidad o la obsecuencia de capillas literarias. Tampoco de sumarse a modas efímeras. Fue, ante todo, un hombre clásico que, tarea curiosa, desempeñó cargos diplomáticos, además de su profesión de abogado y luego Juez de su provincia. Hay anécdotas interesantes y hasta risueñas al respecto.
     
Dio a la cultura argentina una serie de libros de incuestionables trascendencia para entender tanto nuestra realidad nacional como la condición humana (aún defiendo este concepto que no me parece anticuado). También la sociedad de nuestro país, sus antagonismos, sus violencias y su Historia. Su prosa es tersa, se deja leer con cortesía y es engañosamente simple. Encubre una complejidad de escritura, de ritmo y la reconstrucción de ciertas voces (que pocas veces son urbanas) en la que se puede percibir un terminado fino y una delicadeza propia de los grandes prosistas. También una profunda atención a la escucha. Desmanteló el realismo ramplón y sencillista y supo, a cambio, elaborar una poética que acudió a formas excepcionales de las zonas no centralizadas de nuestro país. Problematizó la noción de centro y literatura “del interiro” en literatura, sobre todo con preguntas. En efecto, se formulaba Tizón y las formulaba al campo intelectual tan sólo con sus novelas y cuentos: ¿cuál es el centro? ¿debe haberlo? ¿quién determina, en ese caso, cuál es o debería ser? ¿habitar ese supuesto “interior” (con tantos matices en un país como Argentina) supone escribir de una manera homogénea? ¿no existen singularidades en esas geografías según los distintos proyectos creadores? ¿por qué habría de suponer privilegios estéticos el no estar alojado en ese centro? Me parece que estas cuestiones perfilar también a un hombre bastante cuestionador pero no resentido. Era demasiado sabio para eso. También una realización personal que hacía innecesarias esas emociones destructivas.
     
No lo veo a gusto en las metrópolis, sino torpe en los subtes o acaso molesto por los atolladeros de autos. Me lo imagino, eso sí, brillando en medio del silencio de un paisaje al aire libre, jugando con sus hijos, a la sombra de un árbol frondoso. Pero siempre con vocación de combate. En el primero de sus Cuentos completos, Agustín, el protagonista dice:
-Muchas veces pensé en volver, hasta decidirme. Pensaba que había que mirar esto de nuevo. Quisiera morirme aquí-dijo Agustín al final”. Y es que uno tiene la profunda sensación de que Tizón imperiosamente necesitaba reconocer, es decir, de volver a ver, de volver a vivir, a personas y experiencias que había atravesado en su Jujuy originaria pese a haber andado mundo. Y que habían atravesado su historia como escritor pero también como persona en primer término.

 
     
Una vez una escritora inteligente y que estimo me dijo de él que era “un gentleman”. Lo  habían compartido la responsabilidad de ser jurados de un concurso literario y así se le habían revelado su personalidad y sus modales. Para quienes lo conocieron no tengo la menor duda de que así ha de haberse manifestado en sus formas de dirigirse al prójimo porque así lo es su obra también. Hay en Tizón, como en pocos, una total congruencia (y no sólo en sus ensayos) entre su modo de ser, de pensar y de hacer. Ante todo una persona honesta, coherente y de principios. Conviene, en un ejercicio interesante, trazar una lectura de su obra literaria (que brinda una cierta clase de experiencia, y no otra) con la de sus ensayos y ponerlos en diálogo. Esa riqueza permite lograr la completitud del modo en que hacen sistema ideas o pensamiento abstracto con sentido de la narración.
     
En una literatura como la nuestra, más bien reacia a estimar los contenidos encarnados en personajes virtuosos por considerarlos meramente parábolas pedagógicas o contemplar el mundo natural (probablemente por atribuirle propiedades bucólicas y pobres en inspiración para argumentos), Tizón demostró de modo elocuente todo lo contrario. Encontró e investigó en él, traduciendo ese resultado en sus conflictos, en sus paradojas y en sus contradicciones. También fue su punto de partida para la invención y su escenografía, lo que no es poco en una patria que suele invisibilizar cuando no ser peyorativa con esos espacios como si se tratara de mero exotismo o fuera trasfondo de color local, carente de toda relevancia estética.
     
De su literatura guardo un recuerdo espléndido, pero no esclarecido ni de estudioso, porque si bien he leído casi todos sus libros, evoco con precisión este último que publicó que ya mencioné y de otro, de artículos y ensayos, No es  posible callar, que siempre tengo a la mano porque tiene la vehemencia de un rugido. El resto es un riquísimo cúmulo de momentos felices (lo que no es sinónimo de apacibles) que son al mismo tiempo inconfundibles. Se distinguen incuestionablemente del de otros autores.
     
Como el universo de Juan Rulfo (pero con varias palabras más y otras modulaciones) el universo de Tizón es parco y carece de hojarasca. Quiero decir: sin su excesivo laconismo pero con los mismos ideales que alentaron a ambos. Estos elementos condensan la silueta de un hombre humilde que se la jugaba en sus textos con vocación de decir cosas primordiales, perturbadoras y valientes. Jamás se traicionó. Fue, si bien de modo no tan visible o notorio, un escritor incómodo. Dijo cosas, que pocos se atrevían a pronunciar y menos aún  otros estaban dispuestos a escuchar.
      
Estudió Derecho en la Universidad Nacional de La Plata, por lo que doy en pensar en ocasiones, como en otros casos, que ha de haber frecuentado con sus pasos veredas, plazas o esquinas que yo ahora piso. Y la madrugada en que mi hija estaba a punto de nacer, mientras tanto yo leía, algo sobresaltado, Luz de las crueles provincias, una novela, como es natural, inolvidable.
     
Y quien suele estar pendiente al amor de sus hijos, al de su mujer, al de su pago (me gusta esa palabra para Tizón) suele estarlo al del prójimo, rasgo singularmente relevante en su literatura, sobre todo habitando una provincia pobre en la que no se deciden las cosas del mundo.
     
Procedimientos y técnicas literarios que sin ser revolucionarios fueron novedosos, originalidad en sus fábulas, alojados en un paisaje, un terruño y una población sin demasiadas primicias. Me parecen la mejor definición de un hombre intachable. Su prosa vino de modo novedoso a innovar en una literatura cautiva de un regionalismo mimético que no se ponía jamás en cuestión a sí mismo. Que es, precisamente, lo que Tizón hace todo el tiempo: se interrogó sobre los modos de narrar. En verdad en una literatura como la así llamada “del interior”, en la que predomina el color local, el folklore literario y un realismo por momentos exasperante, la invención de Tizón trae novedades necesarias e interesantes, respetando no obstante su idiocincrasia.
     
Puede ser una confesión pueril, acaso sentimental y no sé si él en su sobriedad aprobaría que la evocara. Pero recuerdo el día siguiente particularmente conmovedor al que falleció y vi su imagen en una fotografía en un diario liberal que le prestó poco espacio (como era de esperar). Al atardecer yo iba a un encuentro egoísta, probablemente una reunión social. Y aún hoy, puedo recordar el sollozo que experimenté por su pérdida en el taxi en el que viajaba. Con la tristeza de un duelo al que sólo podría acudir para remediar con sus libros. Su muerte significó no sólo una ausencia inmensa para la cultura literaria argentina, sino la mundial y, también, la de un alma alerta a la inmoralidad. Porque pensé que alguien como él ya no nos haría compañía en este mundo. En el que nos habíamos quedado más solos.

 

 

 

 

                                      AUTOR

 

 

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.



 

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