Marguerite Yourcenar: la escritura de la sabiduría

December 1, 2018

Para la escritora Marguerite Yourcenar (née Crayencour, su anagrama, excepto por una “c”), las cosas son bastante más simples que para como la mayoría de la gente suele pensarlas. Por supuesto, interrogada hasta el cansancio acerca de asuntos humanos vinculados a la sexualidad, dejó las cosas bien en claro ya desde el principio. En efecto, se pregunta Yourcenar: “¿Por qué habría de distinguirse entre el amor y el amor homosexual?”. Razonamiento que me resulta, como mínimo, inobjetable. Hará extensivo este modo de pensar, eludiendo trampas, a otras tantas causas de la política, del medioambiente, las diversas corrientes que pretenden cambiar el curso de la cultura literaria, los movimientos de reivindicación de todo tipo que no comparte y las circunstancias de la actualidad respecto de las que se manifiesta disidente y toma distancia. Estamos ante una mujer inteligente, que ha reflexionado a fondo sobre la condición huma y la Historia y me atrevería a decir que hasta ha alcanzado una forma de la sabiduría singular, que tiene convicciones y no sólo ideas y que piensa con una asombrosa lucidez. También, que nos alecciona sobre cómo hacerlo desde un costado completamente novedoso.
  

 

   
Nacida en Bruselas en 1903, falleció en 1987. Tras una vida de intensos viajes por Europa y Medio Oriente termina por fijar su residencia en Maine, EE.UU., hasta naturalizarse ciudadana norteamericana en 1940. Allí desarrollaría su vida privada y profesional.  
     
Su primera obra fue escrita siendo apenas muy joven: un ensayo sobre el poeta griego Píndaro, edición que financió su padre. Pero por la que firmó su primer contrato, fue Alexis o el tratado del inútil combate (1927).  Allí ya plantea tempranamente (porque la escribió a los 26 años) algunas cuestiones en torno de la diferencia entre el amor y el deseo carnal. En efecto, afirma Yourcenar que por esos tiempos le resultó el tema más importante a abordar en una ficción. Llama la atención que una jovencita afrontara con pluma segura, de modo precoz y directo un tema que para la época (incluso para la nuestra, sigue siendo en ciertos círculos sensiblemente reticente a afrontar sin prejuicios estos asuntos) provocaba escándalos y resistencias. Y es que precisamente el incuestionable aporte (entre muchos otros) de Marguerite Yourcenar, tal vez haya sido haber dado una clase magistral al pensamiento y al arte del mundo en torno de cómo hablar con la más absoluta naturalidad, altura, sensibilidad, pero también sentido de la complejidad, de todos los temas pensándolos desde ángulos originalísimos. De, con sensatez, esto es, pertinencia y sentido de la oportunidad, hacer notar que los mencionados prejuicios evidentemente tienen una base profundamente irracional y que, por lo tanto, carecen de todo fundamento, además de adolecer de insolvencia, ignorancia e inmadurez. Por otra parte, suelen carecer también de fundamentos teóricos atendibles. En verdad daría un paso más allá: Yourcenar impresiona porque llega a hacernos notar cómo las sociedades se prejuzgan a partir de premisas profundamente endebles, falaces y desatinadas. Ello conduce a equívocos y, la mayoría de las veces, a malentendidos cuando no a abiertas confrontaciones absolutamente innecesarias y evitables. Este constituye me parece un aporte incuestionable que da muestra de su talla.
      
Me cuesta recobrar cuál fue el primer libro de Yourcenar que llegó a mis manos. Porque siento que la he estado leyendo siempre. Probablemente haya sido Como el agua que fluye (1982, en el original) por el estado en que se encuentra, mientras repaso su estante. Una colección de tres relatos de medianamente extensos que ella había escrito tempranamente y sobre los que más tarde regresó (práctica en la que solía reincidir, al igual que Borges). O tal vez hayan sido los Cuentos orientales (1971). Enseñé en un colegio secundario uno de esos cuentos. Más precisamente uno fantástico, sobre un pintor que salva su vida (y la de su aprendiz) pintando un paisaje para escapar de la tiranía de un emperador sanguinario que pretende aniquilarlos: “De cómo se salvó Wang Fo”. Y creo recordar que con bastante éxito, pese a que los adolescentes no suelen manifestarse precisamente entusiastas por la literatura para adultos, salvo excepciones. Y fuimos al punto que era, por supuesto, un análisis a fondo de la relación entre ficción y realidad. También sobre la literatura fantástica en todas sus aristas.
     
Estimo que luego le debe de haber proseguido, Memorias de Adriano (1955), un material que ella confiesa se le resistió, si bien fue una idea tempranamente concebida. De hecho Yourcenar escribió varias versiones preliminares de esta novela siendo joven con las que no quedó del todo disconforme pero aún así terminó por descartar y eliminar. Fue y sigue siendo una novela deslumbrante. Traducida por Julio Cortázar (yo no domino el francés elaborado a la perfección, pese a tener un ejemplar del libro en ese idioma en casa) guarda, por supuesto, un valor agregado. El mismo que tienen los cuentos de Edgar Allan Poe volcados por el escritor argentino a nuestra lengua.
     

 


Memorias de Adriano es un libro llamado a provocar asombro no menos que admiración. Su prosa es perfecta, es sabia y diera la sensación de que encajara en el mundo de modo inexorable. Me he cruzado a lo largo de mi vida con muchas personas de los más diversos gustos literarios, formaciones, personalidades, oficios y profesiones. No obstante, si hemos hablado del tema, todas acuerdan en que se trata de una obra maestra. La obra consiste en un monólogo en el que el emperador realiza una recapitulación de su existencia hacia el final de su vida, ya afectado por el deterioro de su salud.
     
Más tarde, llegaría Opus Nigrum (1968), pero en una lectura más bien apresurada creo yo, que recién hace dos años (2016) repetí y enmendé. Me reencontré con una Yourcenar espléndida que todavía podía resultarme sorprendente, muy en especial en la descripción de lo que atañe al momento de la muerte de Zenón, su protagonista. Probablemente la descripción más original, más perfecta y más conmovedora que hubiera leído jamás acerca de cómo un mortal pierde la vida.
      
Su Cuento azul (colección de tres relatos recién dado a conocer en 1993, pero escritos previamente), que esta vez sí leí en francés, es un  volumen exquisito. Si tuviera que definir en unas pocas palabras su contenido diría que es una profunda meditación acerca de la condición femenina. Sobre la violencia ejercida hacia ella por parte del varón, sobre su manipulación también por parte de él o bien por un vínculo que se establece entre dos de ellas motivada por la rivalidad por uno que se disputan. Una de ellas hace aflorar lo más dañino y maléfico de lo que es capaz. Puede apreciarse un enorme caudal de poesía (habitual en Yourcenar), así como su espléndida destreza también en el manejo de las formas breves en este caso, lo que viene a confirmar su excelencia de prosista. Magistralmente pone en evidencia desde la invención y luego su ensamble con la escritura el modo en que lleva a que el lenguaje se module siguiendo formas estéticamente impecables, con destellos de singular armonía, pero asimismo de exotismo. Oriente le interesaba tanto como le resultaba fascinante. De esto dejó muestras en buena parte de su obra, sembrada aquí y allí por inquietudes o temas. También reparó en la espiritualidad de esas culturas en todas sus vertientes y las cotejó con las occidentales, postulando que a todas las religiones subyace un sustrato espiritual común.
     
He leído también Fuegos (1936), una serie de prosas poéticas, según sus palabras aproximadas, con intercalados de fragmentos líricos entre asteriscos. Toma figuras míticas  femeninas, masculinas, literarias o bien otras que fueron de existencia históricamente constatable y de orden culturalmente significativo. Ella lo describe como un libro producto de una crisis amorosa. Entre esa suerte de relatos esos fragmentos líricos que ya mencioné adoptan un carácter por momentos me atrevería a decir de orden sapiencial o aforístico por lo menos. Buscan nombrar el amor (y la pasión) mediante imágenes o la palabra diáfana. Pero también se concentran en otros aspectos de la condición humana.
   
Luego de haber transitado buena parte de su obra, frondosa por cierto, creo que no habla al fin y al cabo de tantos temas, como suele suceder con la la mayoría de los escritores y escritoras (y haría en verdad esto extensivo a la mayoría de los humanos cuando se pronuncian, agregaría yo). Habla de la relación entre las modulaciones de la pasión, el deseo y el amor. De estar atentos al mundo de modo respetuoso. De cuidar de ese mundo tanto como del prójimo. De manera que debemos deslizar las palabras y ejercer los modales con sumo respeto y cuidado. Y también hay destellos de preocupaciones por la ecología, la naturaleza y el medioambiente, por el patrimonio del pasado (no sólo literario). Meditaciones acerca del tiempo y sus huellas, lo que no me parece para nada irrelevante porque se trata de reflexiones de orden diría yo, filosóficas, sin hacer por ello filosofía en sus ficciones sino permanecer siempre en el orden de la literatura. Por supuesto los viajes (con todo lo que ellos entrañan). Y siempre, claro está, el ímpetu por defender la libertad frente al oscurantismo y la intolerancia, ideas que transpone a través de figuras por lo general de naturaleza histórica de orden fáctico o bien imaginarias pero ambientadas en contextos del pasado (que en un punto me parece se tocan pese a que no lo parezca). En cierta medida, como ya lo adelanté, ponen de manifiesto, por ejemplo, la reconstrucción de épocas retrógradas que atentan contra protagonistas por ellas considerados controvertidos. En otros casos, de personajes que se encuentran en etapas de sus vida en que proceden a recuperarlas o revisarlas. Muchos de sus protagonistas deben abrirse paso como pueden frente a adversidades pero ese es precisamente el costado más conmovedoramente interesante y cautivante de su obra, porque nos permite una aproximación a la Historia de la Humanidad y de allí al presente que me atrevería a decir leyendo los diarios en el presente no ha variado un ápice. Como si Marguerite Yourcenar hubiera tenido la capacidad de dar en el blanco de la condición humana de todo tiempo y lugar.
     
Leí recién el año pasado Alexis o el tratado del inútil combate, obra a la que ya aludí, y pese a que su tema es conmovedor, me resultó fascinante el modo como logra nombrar sin nombrar. Esto es: desliza frases, insinúa contenidos, poniendo acentos pero al mismo tiempo de forma tal que no hace falta el explícito bajo la forma del énfasis sino que, por el contrario, con altura, ahorra escenas al lector que fácilmente una mente ávida por el escándalo o la manipulación hábilmente explotaría hacia el golpe bajo. Este es un punto clave en toda la obra de Yourcenar. No obstante, va al fondo de las cosas y su argumento es más que nítido. Posiblemente esa sea una de las virtudes de su escritura: la altura con la que aborda temas (digamos) polémicos y delicados. En ella no hay una gota de oportunismo.
      
He reparado en la enorme documentación y reconstrucción de época en sus libros  históricos (de las cuales en ocasiones deja testimonio en ciertos epílogos, como el que leí de Opus Nigrum en la edición que manejo) y llaman la atención por la multiplicidad y variedad de temas que abarcan sus investigaciones, desde libros de numismática hasta otros de reconstrucción histórica, desde filosofía hasta obras descriptivas de arqueología. Uno no puede dejar de pensar en la dificultad del acceso a ellas, del tiempo afanoso de consulta, de la organización de ese material, y luego, una vez ya teniendo a la mano esa información, cómo lograr su incorporación, mediante el proceso creativo pertinente y acertado, a la fábula y luego la escritura. Entiendo que eso confiere verosimilitud a cada obra. Y otra dificultad: lograr una forma estética sin que esos datos queden inscriptos en el texto como mero enciclopedismo, sino como marcos contextuales y de reconstrucción de época. Marguerite Yourcenar fue una erudita. Pero no fue una acumuladora de datos que automáticamente volcó a su obra, sino que se nutrió de esos recursos (entre otros) mientras pensaba en profundidad acerca de ellos para sus ficciones o ensayos. Eran la materia primordial a partir de la cual probablemente concebía y luego ejecutaba sus creaciones. Punto de partida, motivación, fundamentación, en fin, materia esencial para cualquier escritora o escritor para desplegar su capacidad de invención.
    
La prosa de Yourcenar es refinada pero jamás barroca. La despliega siempre con discreción. Denota una cierta cadencia (aún perceptible en las traducciones), que permite adivinar un trabajo de orfebre. También esa belleza muestra el costado más importante de la vida. Motivo que suele relativizar o poner en su contexto esos temas aparentemente para muchos más prohibidos del mundo. Son concebidos desde una búsqueda obstinada de la estética, no de panfleto. Esa forma elaborada de hacerlo habla a las claras de una sensibilidad excepcional pero al mismo tiempo de decisiones firmes. Esto es: habla de una mujer de un pensamiento afianzado, como ya lo señalé. Se trata también de un pensamiento totalizador que concibe al varón y a la mujer como personalidades completas y en todos sus matices, riqueza y dimensiones. Estamos frente a una obra mayor de nuestro tiempo, de lectura insoslayable. Su educación y su aprendizaje no son perceptibles porque evidentemente esa misma genética hace que por ejemplo a la excelencia de su obra temprana otros recién la conciban en su madurez o en su ocaso. En ella, ya las primeras son piezas acabadas y carecen de los defectos de las creaciones de los principiantes. También las primeras se parecen, por otra parte, notablemente a las últimas. Eso habla, me parece, de rasgos de genialidad, no sólo de talento. Además de una coherencia. Pese a ello, no siempre fue aplaudida. La consagración fue tardía. Y el modo en que fue saludada su novela Memorias de Adriano la sorprendió tanto como le resultó de carácter completamente inesperado. Nunca persiguió la celebridad sino perfeccionar su arte. Trabajó por lo general en soledad, y pensó lo que se sentía libre de pensar. Jamás actuó con la intención de especular. No obstante, esa fama llegó, sin haberla cortejado. Recibió los honores de ser la primera mujer en acceder a la Academia Francesa de Literatura en 1980 y fue distinguida con los premios Fémina y Erasmus, muy prestigiosos en ese país. Recibió otras distinciones de no menor reconocimiento. No quise acudir para la escritura del presente artículo a las dos biografías con las que cuento (que siempre contienen chismes) sino a un libro de entrevistas excepcional: Con los ojos abiertos, que me resultó más sobrio además de más fiel. Es, en definitiva, el testimonio de una voz y el relato de una experiencia en los términos en que ella desea referirla.
     
Conoció buena parte del mundo. Pero también quiso conocerse a sí misma. En efecto, en  una empresa que le demandó años, se abocó a la reconstrucción de sus orígenes en la saga autobiográfica integrada por la trilogía que eligió titular El laberinto del mundo que incluye los libros: Recordatorios (1974), Archivos del Norte (1977, una obra muy apreciada en la que interviene de modo sustantivo su padre) y ¿Qué? La eternidad (1988, título que, en mi ignorancia de la lírica francesa, tardíamente, descubrí, una noche de invierno, en casa, que era un verso que pertenecía a un poema de Rimbaud). Para esta saga ella debió realizar investigaciones y viajes.
    
Escribió también poesía y dramaturgia. Y muchos ensayos. Con prosa clásica y esclarecida. Sin ser una investigadora universitaria es rigurosa, precisa y aguda. Pero más que rigurosa diría yo que es radicalmente original (como ya creo haberlo señalado) y escribe con belleza. Son ensayos de escritora. Un libro, justamente, de ensayos interesante para ingresar a su obra es El tiempo, gran escultor (1983). Allí pueden observarse una variedad de temas y también, algo que me llamó poderosamente la atención: el modo como narra justamente en un ensayo las dificultades que le ofrecieron sus obras mayores: Memorias de Adriano y Opus Nigrum y cómo las resolvió desde el punto de vista compositivo. Se trata de ensayos como los que escribe Borges (regreso a él, y no creo que esta filiación sea casual). Fue traductora de Las olas de Virginia Woolf al francés (escritora a quien conoció) y de negro spirituals, entre varias otras obras relevantes, en especial de la cultura griega. Y creo que ante todo fue una gran dama de letras que dejó el testimonio de su dolor y de su gloria. De sus dones y de sus fracasos. Como todos y cada uno de nosotros y de nosotras a su debido tiempo lo hemos hecho o tarde o temprano nos tocará hacer.
     
En su educación gravitó enormemente la cultura grecolatina, cuyas lenguas comenzó a aprender los 10 años (el latín) y a los 12 (el griego). De hecho buena parte de sus libros llevan como acápites largos fragmentos en esas lenguas (afortunadamente traducidos, para poder preservar nuestro decoro de lectores más o menos doctos) y abrevar en ese corpus de la cultura literaria no caben dudas que ha de haber marcado el contorno de su poética además del acceso a la cuna de la cultura occidental. Por último, se reveló como una gran autodidacta porque si bien no asistió a instituciones escolares sí tuvo gobernantas cuya importancia siempre minimizó. En cambio, tuvo en alta estima la formación producto de largas conversaciones con su padre, la lectura con él a dos voces de libros (muy en especial de obras de teatro) y de sus voraces lecturas solitarias. Menciona en el citado libro de entrevistas que leí la relevancia que había tenido en su biografía asistir al espectáculo de obras de artes plásticas en museos (espacios que frecuentó con asiduidad). Por ejemplo de estatuas de la época grecorromana. Allí habría nacido (aparentemente) el germen de lo que luego sería en una proyección ulterior su novela Memorias de Adriano. Curiosamente, el ensayo que da título a su citado libro El tiempo, gran escultor, alude al deterioro de las esculturas pero cómo a su vez el modo en que los elementos los va puliendo y deteriorando les confiere en ocasiones mayor belleza y las convierte en otra clase de formas, que incluso pueden llegar a ser más bellas.
     
No tiene los tics de cierta narrativa contemporánea ni de capturar la atención mediante artificios, recursos lúdicos o experimentales. Nada más alejado de ella. No reconoce adscripción a escuelas o modas efímeras. Tampoco acude a la teoría literaria, la semiología o las ciencias sociales. Más bien la prosa de Yourcenar diera la sensación de estar por fuera del tiempo y por fuera del cualquier campo intelectual. Está apartada. En el mejor sentido de la palabra. La de erigirse como una voz aislada pero no obstante pendiente y atenta al mundo. Buena parte de sus libros me atrevería a decir sin temor a equivocarme que son a esta altura clásicos contemporáneos, en particular Memorias de Adriano y Opus Nigrum.
     
Su biblioteca contenía en lo esencial volúmenes contundentes de obras importantes del patrimonio del pasado y, sobre todo clásicos de la antigüedad. El presente, como afirmaba ella, es demasiado efímero. De inmediato deviene, precisamente, pasado. Es por eso que los románticos acudieron como referentes a obras remotas, solía afirmar.
     
He leído buena parte de sus libros pero también he apartado algunos de ellos para que el futuro me asombre. No los apresuro. Como si sintiera la más íntima necesidad de encontrarme con una Yourcenar inédita, por primera vez o, en todo caso, de reencontrarla.
     
Marguerite Yourcenar invita en sus prosas y sus poemas, en sus magníficos ensayos, su dramaturgia y sus poemas a entregarse a la más pura de las contemplaciones, porque son gratuitos en el sentido más alto de la palabra. No pretenden aleccionar ni hacer hacer de ellos la prolongación de una tesis. Menos aún persuadir de nada sino, en todo caso, son una invitación al banquete de la estética en sus versiones más exquisitas y la experiencia de la libertad subjetiva. Las preguntas que formula su obra jamás son anodinas ni superfluas sino elocuentes y suscitan de inmediato la curiosidad, el afán por el conocimiento y más lecturas (no sólo de su obra). Sus libros son siempre interesantes. Y conquista ese don gracias a construir un mundo que su prosa encandila por su carácter noble. La mejor excusa para explorar un universo literario por completo libre de toda forma de clichés pero atento a capturar el espectáculo de la vida tanto en su dimensión más apacible como al mismo tiempo exhibiendo conflictos. Creo que sus obras son lo más parecido a la perfección de lo que hasta el momento (por lo menos) me ha deparado la literatura europea contemporánea. Sus ficciones y ensayos son un verdadero premio. Se lo debemos.

 

 

 

                               AUTOR

 

 

 Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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