Nueces crujieron: un cuento para Navidad

December 23, 2018

Incluso en sus mejores versiones, los cuentos de Navidad no eran más que sueños en los que los deseos se hacen realidad, cuentos de hadas para adultos, y yo nunca me hubiera permitido escribir ese tipo de cosas. Y sin embargo, ¿es posible que alguien se proponga escribir un cuento de Navidad insensible? Era una contradicción, una imposibilidad, una perfecta paradoja. Era lo mismo que imaginarse un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas

 Paul Auster.  El cuento de Navidad de Auggie Wren. (2003) (Traducción de Mariana Vera)

 

Para la gente la Navidad puede significar muchas cosas. Para algunas personas que profesan una determinada fe es concebida como una fecha que celebran una festividad importante y se encuentran, en torno de una buena mesa tendida. En esa fecha hacen lo que toda la gente practicante (o no necesariamente) suele hacer: ir a misa, armar arbolitos que adornan, preparar pesebres junto a sus hijos e hijas o hacerlo a solas, regalos se compran, algunos realizan sus oraciones.

 

Están quienes la consideran un día sólo de encuentro porque no son creyentes aunque también ¿por qué no? puedan armar su árbol y considerarla una cierta clase de fiesta. Una buena excusa para que el afecto circule, lento, parsimonioso, como la sangre.

 

 

Están quienes la ignoran por completo pasándola por alto y se acuestan temprano o se quedan jugando a los naipes. Quizás en cambio mirando una película o hasta haciendo crucigramas.

 

Están quienes profesan naturalmente otras religiones y por lo tanto se trata de un día cuyo calendario religioso no comparten. Pero muchos la respetan porque respetan a sus amigos y amigas.

 

Están quienes la repudian por considerar que aliena las conciencias.

 

Y están los de más señalada convicción que afirman que no puede existir otro mundo más allá de este. Porque no conciben un Dios cruel que admita que ocurran atrocidades como las que tienen lugar en el planeta.

En fin, como podrá apreciarse, la naturaleza de la especie humana admite muchas variaciones, como ciertas composiciones musicales.

 

¿Y Amelia en qué creía? Ante todo en el respeto. Había leído muchos libros en su vida. Es cierto. Pero había leído uno en especial, hacía poco, no mucho en verdad, de una psicoanalista argentina que hablaba de que las personas conformamos una comunidad de semejantes y estábamos comprometidos por una ética del semejante. Que por lo tanto, tenemos responsabilidades y deberes hacia nuestro prójimo. Por supuesto que eso deja pensando a cualquiera. En especial si es caviloso. Y Amelia lo era.

 

A lo  largo de su vida había creído distintas cosas respecto de la Navidad porque había sido educada en una cierta clase de fe. Pero ahora la consideraba una fecha para estar en silencio. Tenía un profundo sentido de la gratitud hacia la vida. Pero en especial admiraba a las personas virtuosas. Y hacia ciertas personas a quienes consideraba decentes. Tenía amigos y amigas de todas las creencias. Incluso ateos, porque por sobre todo creía en la tolerancia.

 

Su esposo había muerto hacía tiempo. Hijos había que vivían en Canadá con motivo del exilio de la dictadura, donde se habían radicado, que le enviaban correos o le hacían llamados telefónicos. Pero no contaba con su presencia. Y pensó en una idea que no supo si era precisamente inteligente ni tampoco precisamente original ni precisamente sabia. Pero era una idea que ella sentía sincera. Daría un paso más allá incluso: era una idea en la que creía profundamente al punto de llegar a convertirse en una convicción.

 

Es cierto: había acudido a la inteligencia y no a las distintas formas de la fe. Pero parcialmente eso era lo que quería hacer ese día. Ser razonable, gozar de la sensatez y el sentido común queriendo referirse con esto a tomar decisiones atinadas. También de principios éticos y acudir a una de las formas de la sensibilidad. Es cierto. La sensibilidad, a decir verdad, le parecía lo más importante en la vida. También el atributo más peligroso cuando nos hacen daño o asistimos al espectáculo del horror. Suele dejar huellas inolvidables.

 

Decidió ese 24 de diciembre realizar una celebración con una reunión en su casa  (por otra parte, una amiga suya que no tenía familia cumplía años el 25, oportunidad que no podía dejar pasar).

 

En su barrio de clase media sonó entonces el timbre a las 21 hs, quizás 21.30 hs., en fin, no importa demasiado la hora, ese 24 de diciembre de 2018. Era un matrimonio amigo de no  creyentes pero que sí creía en reuniones en que la gente honrada y civilizada podía intercambiar puntos de vista y conversar sobre una variedad de temas como la paleta diversa de un pintor. Y llegaron los católicos Ernesto y Cristina educados pero con ciertos reparos a ver en qué consistía eso de reunirse en una Navidad con personas que no creían en ella. Y llegó María de la Paz con una rosca que a Amelia la conmovió porque la había preparado con sus propias manos. Ella era atea. Y llegó un sobrino con su novia que no daban demasiada importancia a las fiestas salvo a las salidas de fin de año que tenían lugar más tarde, en que se encontraban a tomar cerveza con sus amigos y amigas. Pero fueron recibidos con júbilo y amabilidad. Y llegó un amigo judío que era biólogo y ella estimaba mucho. Estaba con motivo de haber establecido un convenio con la Universidad de Buenos Aires y residía con su familia en Madrid. Y llegó otro amigo violinista pero le adelantó que esa noche lo disculpara pero que no habría música. Habían realizado varias giras por el interior del país y había quedado exhausto. Y fueron llegando amigos, amigas y familiares que naturalmente no se conocían pero que tampoco se sintieron extraños ni extrañas en ese jardín cuyos agapantos y jazmines Amelia regaba a diario. Cuyo pasto cortaba de tanto en tanto (había decidido prescindir de jardineros porque los sentía intrusos profanando la intimidad de su casa como un templo). Donde combatía a las hormigas con tozudez. Y donde recogía los frutos de  higueras y ciruelos para hacer mermeladas y regalar a sus vecinos.

 

Las farolas estaban encendidas e iluminaban el fondo mientras se lograban entrever algunas luciérnagas que por aquí y por allí de modo intermitente les regalaban su presencia esquiva.

 

Amelia prendió unas velas y la cena comenzó. Como en toda comida entre personas que uno no conoce, se empieza con cautela y lentamente aparece un vértigo que llega incluso a las risas. Hasta los más jóvenes, a quienes uno en un prejuicio hubiera dado en pensar hasta algo desaprensivos o indiferentes participaron activamente de la conversación. Más aún, fueron los más elocuentes y contaron sus experiencias en la Universidad de La Plata donde estaban investigando, cada uno en carreras distintas, formas de la prevención de la contaminación en suelos y ella en la fauna en peligro de extinción en el Río de La Plata.

 

Y se tomaron bebidas espirituosas de distinta clase. Y hubo momentos de alegría, en especial naturalmente después de beber. Y hasta se dieron los primeros pasos para una incipiente historia de amor ¿hay acaso algún obstáculo acaso para que en una Navidad eso suceda? Me inclino más bien a pensar todo lo contrario.

 

Nueces crujieron. Almendras y castañas pasaron de mano en mano. Por allá un amigo cortó en trozos un turrón. Amigas hubo que llevaron galletas de avena. Y una torta de arándanos y miel para la que cumplía años. En el medio es cierto, sonaron las campanas que indicaban el paso de la Noche buena a la Navidad pero creo que estaban todos demasiado pendientes de escuchar y de escucharse. Si bien alguno de ellos, seguramente los devotos, debe de haber prestado sin lugar a dudas una atención singular a ese preciso instante crucial en el que según sus creencias algo nuevo alguna vez había acontecido en la Historia de la civilización y volvía a actualizarse.

 

 

Y una vez luego de que las doce campanadas hubieron cesado. Amelia no repartió regalos. No. Se incorporó. Fue hacia su dormitorio. Trajo una caja llena de sobres. Y los repartió. Los comensales los abrieron. Eran reproducciones de pinturas de los impresionistas, de Turner, de Leonora Carrington, Remedios Varo, Vermeer, Giorgio de Chirico o de fotografías de Man Ray y Julia Margaret Cameron. En su envés, tenían escritos a mano poemas de César Vallejo, de Joaquín Giannuzzi, Susana Thénon, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Rimbaud también estuvo, Juan L. Ortiz, James Joyce, Leónidas Lamborghini, Hugo Padeletti, Giuseppe Ungaretti, Néstor Perlongher, Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Walt Whitman, Juan Gelman, Arturo Carrera, José Lezama Lima, Borges, Adela Basch, San Juan de la Cruz, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Cristina Peri Rossi, Robert Frost, Mirta Rosemberg, Pedro Salinas, Pablo Neruda, Hugo Mujica, Edgar Lee Masters, Ezra Pound, Emily Dickinson, Marianne Moore, Vladimir Maiakovski...y así siguiendo. La lista era interminable. Incluso hubo quien recibió dos sobres. Por alguna misteriosa razón que sólo él  o ella supieron al abrirlos. Todos de puño y letra de Amelia. Y en esa noche de gloria entre semejantes, hubo belleza. Porque a algunos se les heló la respiración al leer o escuchar esos poemas que les habían sido destinados y porque ciertas personas no pudieron sustraerse al impulso de recitarlos debido al embrujo que les provocaban.

 

Eran poemas que Amelia había seleccionado muy cuidadosamente según las creencias, gustos y personalidades de cada uno, de cada una. Y aconteció un silencio.

 

Ese silencio del poema. El silencio que requiere el poeta para escribirlo. El que requiere el lector para leerlo en sosiego. Y que es el que creo todo poema aspira a dejar en suspenso después de haber sido leído o pronunciado. También de haber sido reproducido por una  mano certera.

Y en ese silencio que colmó un jardín en una noche de diciembre que para cada quien fue distinta aconteció, palabras más, palabras menos, una modesta forma del milagro.

 

 

AUTOR

 


 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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