De circos, artificios y funámbulos

December 28, 2018

La editorial platense Mil botellas acaba de publicar El circo nunca muere, un volumen que reúne tres relatos del escritor Gabriel Báñez. A casi 10 años de su temprana muerte en 2009, una oportunidad para volver sobre su obra.
 

 Podría empezar parafraseando a Abelardo Castillo y decir que un cuento y su síntesis es necesariamente la misma cosa. Y podría decir, también, que hacer una síntesis, o un resumen, de cada uno de los tres cuentos que integran El circo nunca muere es una tarea irrealizable. O directamente imposible.

Publicado por primera vez en 1992 y ahora reeditado por la editorial Mil botellas –que ya había hecho una tirada en 2011–, este libro de cuentos del escritor oriundo de La Plata Gabriel Báñez pone en vigencia una vez más un modo de contar alejado de los estereotipos, cuyo foco está puesto en el narrador, un narrador complejo y muchas veces inaprensible. Y no se trata de una lectura binaria de la literatura, donde el peso de las historias puede estar o en el personaje o en la trama; sí se trata de pensar en la complejidad, el espesor y la dimensión de un narrador que, al fin y al cabo, es quien tamiza toda historia.

El circo nunca muere, el primero y más extenso de los cuentos, va de un circo. Esto, claro, no es decir mucho. En verdad, el cuento narra la ruina de un circo que supo tener su época de gloria y que, tras la muerte del dueño, cuenta en su diezmada troupe con una hermosa muchacha, Daniela, y el viejo Mc Cornick, un violinista con aires de embalsamador; ella tiene 20 y él, 71. La narración, saludablemente, toma distancia de la clásica progresión in crescendo del relato, que en la actualidad es norma en algunos cuentos de Samanta Scweblin, por mencionar un ejemplo, un modelo que todo lo “thrilleriza” y que recuerda a clásicos como Jack London o Ambrose Bierce, quienes dejaron de escribir hace más de cien años.

 

 

 Foto: lacomunaediciones.laplata.gov.ar


La analogía, más que nunca, no podría sentarle mejor: como un hábil funámbulo, Báñez tensa la cuerda a cada paso que da, en cada decisión escritural que toma, como si en verdad estuviera andando sobre la cuerda floja, el típico número circense, donde no hay solo un punto de tensión que crece sino que hay tantos puntos de tensión como pasos da el equilibrista sobre la cuerda.

Siempre alejado de la fórmula, Gabriel Báñez propone en Irina un relato que orilla lo onírico. Un viaje en colectivo se vuelve una historia de seducción; poco a poco, a través de un paisaje anegado por el agua, la pasajera que viaja junto al narrador parece inducirlo a la idea de tener sexo –o eso cree él– mientras le habla de su cuerpo andrógino.

En Estado de sitio, el cuento que cierra el conjunto, el narrador anticipa desde las primeras líneas que se encuentra “confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre” y, más adelante, sentencia: “Hay cosas que son escabrosas de contar”. En adelante irá reponiendo la historia en la que se cruza el registro militar y un marcado contexto histórico de dictaduras, y un lenguaje que engarza lascivia, sadismo y psicoanálisis.

En los tres relatos de El circo nunca muere parece pedir permiso un hilo conductor, uno que emerge por sobre el resto, y tiene que ver con el universo de las apariencias. El juego de apariencias; lo que se sugiere; las verdades, mentiras y omisiones de los personajes son la fuerza motriz de los relatos. El sentido común es una construcción y, como tal, nos presenta atajos: el circo es fácilmente asociado al entretenimiento, a la espectacularidad, incluso a aquello que está montado para distraer. En otras palabras: a la artificialidad. La clave de lectura de estos cuentos no está en el artificio, es decir en la trama, sino en quienes ejecutan el artificio.



 

 

 

                            AUTOR

 



 

 

Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.

Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.

Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita. Nació en La Plata en 1988.

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