¿Para qué sirve la literatura?

January 6, 2019


Me preguntaba, porque precisamente soy escritor además de crítico literario, para qué sirve la literatura. Resulta una pregunta que evidentemente puede tener muchas respuestas según quién y desde qué ángulo sea formulada. Una podría ser: para entretenerse. Lo que resulta totalmente legítimo. Se leen novelas en la playa. O en una sala de espera. O en un subte cuando se hacen viajes con varias paradas. Quizás se siga leyendo ese libro en un bar y más tarde, si somos afortunados, por la noche en una casa. Esa es una respuesta posible y sólo aparentemente anecdótica. Porque ¿por qué entretiene la literatura? ¿qué es lo que cautiva de ella? Algunos responden: su belleza. Otros, el suspenso de su trama, si se trata de novelas de acción, policiales o simplemente de intriga. Otros: porque me hace ingresar en un mundo muy distinto de en el que vivo. O bien, si se trata de un lector o lectora más profesionales, puede que digan: “Por lo bien escrita que está”. Queda por deslindar a qué llamaríamos “bien escrita”, en ese caso. Materia que no es nada fácil y hasta bastante escurridiza, por cierto, porque tiene que ver ante todo con un cierto criterio y con una cierta clase de gusto que varían muchos de persona a persona. También según su preparación.

 

 

 

Es verdad que no es lo mismo leer un libro de poesía, que un largo ensayo de un escritor o escritora sobre otro escritor o escritora o bien un libro de cuentos. Menos aún una obra de teatro, lo que suele ser poco habitual. Se trata de experiencias completamente diferentes y por supuesto se traducen en un tipo de efecto sobre los receptores que de modo nítido los distinguen. Porque el poema y el cuento tienden por dar un ejemplo a la condensación y a la unidad de efecto. La novela más bien al desarrollo y a una disposición acumulativa de situaciones o de episodios (me refiero a términos generales) y el ensayo en cambio produce una serie de encadenamiento de ideas o argumentos que a su vez producen razonamientos y redes de sentido con vistas esencialmente a un análisis, a lo que pueden sumarse hasta biográficas de los autores o autoras analizados. También hay ensayos sobre temas políticos o sociales, sobre los que muchos escritores o escritoras suelen incursionar también. Y respecto del teatro, resulta para mí una de las experiencias más absolutamente renovadoras e incluso productivas que conozco si uno escribe cuentos o poesía como en mi caso. Me ponen ante un contexto casi opuesto al de los géneros que escribo y, sobre todo, ante situaciones y escenas que en mis cuentos desarrollo de un modo aparentemente bastante distinto (aunque ahora que lo pienso, quizás no tanto). Pero esa disposición por  lo general en escenas y un desarrollo de conflictos fundamentalmente a través de diálogos y acciones concretas para un cuentista resulta una experiencia (al menos para mí) altamente productiva.
      
En principio, y muy a grandes rasgos diría esto.
     
También la literatura constituye el acceso a una cierta clase de conocimiento. Y cuando digo conocimiento no me refiero a saberes (o no necesariamente) sino a acercamientos al conocimiento del idioma por ejemplo. De la sintaxis. Del léxico si uno se encuentra con palabras que desconoce y las busca en el diccionario si siente el estímulo y es lo suficientemente curioso. Hablaríamos en este caso entonces de un aprendizaje de conocimiento asociado a la capacidad de lenguaje. Porque al lenguaje, al lenguaje como capacidad, a ciertos productos en este caso estéticos como la literatura le son absolutamente contiguos la posibilidad de sofisticación de una cierta clase de expresión y de reflexión que la lectura tiende a sofisticar. Se trata de profundizar en  una riqueza para la comunicación y para la interpretación de otros textos y de aprender a leer la realidad según ciertas claves.  Leer literatura sirve para leer mejor el mundo a mi juicio. Y a las personas. Al menos así ha ocurrido en mi caso (lamentablemente debo acudir a mi propia experiencia en estos casos para afirmar con cierto nivel de autoridad algunas afirmaciones).
     
Siguiendo siempre desde la perspectiva de un lector o lectora, la literatura también puede ser, en el caso de que uno sea un estudioso de ella o incluso alguien que pertenece a otra disciplina pero que la aborda aún así desde una perspectiva analítica (como un psicoanalista o una psicoanalista, un sociólogo o una socióloga, como de hecho suele suceder), objeto de estudio. En ese caso se lee literatura desde una cierta posición teórica a los fines de realizar una cierta clase de interpretación de argumentos, formas, recursos, incluso una cierta estructura perceptible que se torna más o menos nítida a poco de una lectura detallada. Estas lecturas que hacen los profesionales en ocasiones son inspiradoras para sus estudios, para sus teorías o bien para sus la comprobación en otros casos de ellas. Pero este abordaje también requiere entrenamiento, formación, información y una cierta práctica. Esa clase de aproximación a la literatura puede servir a fines profesionales entonces, tanto si se es docente de cualquier nivel educativo, si se es investigador, periodista cultural o bien si incluso otro escritor o escritora y está realizando un ensayo o estudio sistemático sobre la obra de un colega sea por encargo, sea por iniciativa personal.

 


     
¿Y qué sucede en cambio desde la perspectiva del autor? Daré un rodeo para llegar al punto en el que aspiro a alcanzar una conclusión. ¿Por qué escribe un escritor? Diría que porque es su vocación en primer lugar. Esto es: porque siente que nació para eso. Pero me parece que eso se descubre lentamente. Lo cierto es que cuando uno está seguro resulta gratificante. Aunque existan momento de desaliento o hasta de angustia. Porque no sólo no es poco sino que es muchísimo saberlo. Estar en este mundo y haberse dado cuenta con qué finalidad o bien para qué es para lo que se está más dotado es esencial en la vida de cualquier ser humano. Un escritor o escritora también se podría decir que escribe porque es algo para quien resulta espontáneo hacerlo. Porque le sale, diríamos en términos más profanos. Este punto es importante. Porque a no todo el mundo se le ocurren ideas espontáneamente para escribir y plasmarlas a través del lenguaje. En este caso comprende que una idea puede llegar a ser un texto o una obra literaria de largo aliento en lugar de simplemente una idea que se le ocurre, a una mera revelación. Y una vez puesto en estos términos, podríamos decir la literatura sirve para realizarse de modo total, de modo acabado. En ese caso uno escribiendo encuentra que siente un enorme placer o bien experimenta un enorme desafío que lo estimula a seguir desentrañando algo que se ha insinuado hasta que desarrolla, se entrena en esa capacidad y la sistematiza. En ocasiones se trata de algo sólo incipiente. Algo que parece tener una forma muy primaria pero lentamente va coagulando hasta adquirir un perfil más claro. O bien uno puede escribir de una sentada un cuento para luego corregirlo en distintas etapas o varios poemas que se van encadenando hasta ir lentamente formando un libro, también con muchas correcciones. Me parece que en este punto entramos en un territorio peligroso porque resulta imposible generalizar. Porque primero están los poetas, los dramaturgos, los narradores, los ensayistas, con todos sus matices (que son muchísimos) e incluso los hay que producen ciertas clases de obras experimentales sumamente innovadoras que permiten pensar la literatura desde perspectivas inéditas e incluso que repiensan la idea de literatura misma, a partir de puntos de vistas novedosos y experimentales. Se trata de obras cuestionadoras. Incluso mezclando la lengua literaria con otros lenguajes, como la plástica, la fotografía, la música o la danza, por citar sólo algunos ejemplos. En este territorio o, en estas prácticas, como vemos, la literatura sirve también para consolidar el pensamiento crítico entendiendo por tal el que pone en cuestión el statu quo en el seno mismo de la concepción de lo que es habitualmente la literatura concebida en términos canónicos. O según lo ha sido históricamente.     
      
Respecto de las distintas maneras de concebir la literatura, diría que cada uno de ellos o ellas piensan la noción de literatura en su campo de trabajo de una manera completamente distinta. A eso, por ejemplo, a su manera compleja que es tanto ideológica, formal como de contenidos le podríamos atribuir el nombre de “poética”. También cada uno de ellos o ellas tiene metodologías de trabajo que varían de un caso a otro. Rutinas, formas en que la creación se despierta, concepciones de lo que debe ser la literatura, como acabo de mencionar, que poco se parecen. Incluso puede parecerse en ocasiones creo más, créase o no, la concepción que tienen de la literatura un dramaturgo y un narrador que dos poetas. O dos narradores. Esto es así. La literatura no se rige por reglas estables o por parámetros fijos. Tampoco por taxonomías precisas. Siempre hay obras o, más ampliamente, autores o autoras que las desbordan. Se podría hablar de grandes líneas de trabajo o maneras de organizar la forma de una obra literaria de un modo más o menos establecido en varios casos, quizás. Pero por sobre todo la literatura se rige por casos. Tanto de libros en particular como de autores o autoras en particular. Hay tantas concepciones de la literatura como creadores y creadoras. Por otra parte, así como algunos escriben todos los así llamados géneros literarios, hay algunos que escriben sólo dos o se concentran apenas en uno. Y esto no es ni bueno ni malo. No es mejor ni peor. No habla a mi juicio mejor ni peor de un creador o creadora. La cosa no pasa por allí a mi juicio. Pueden existir narradores de manera exclusiva que produzcan una variedad de matices y registros dentro de su género que resulten asombrosos. Y eso me parece que es lo verdaderamente relevante a la hora de evaluar la calidad de una producción de un autor o autora. También su nivel de sutileza y su nivel de perfección. Su capacidad de ser obras abiertas, como quiere Umberto Eco. Tener la capacidad de abrirse a una multiplicidad de sentidos, lecturas e interpretaciones. Y eso sucede con obras logradas. No repetir lo ya dicho o realizado sino producir obras que lleguen para renovar visiones de la literatura en cualquiera de sus dimensiones.
     
Desde el punto de vista de las editoriales y las librerías, la literatura es una mera mercancía. Motivo por el cual la literatura es vista o apreciada en su valor de venta. Como eventual capital financiero y el escritor como un trabajador que recibe una suma por su trabajo en ocasiones bastante desventajosa. No hay demasiados precisamente que prosperen con la literatura. Muchos muy buenos escritores y escritoras pueden destacarse y haber publicado incluso muchos libros pero eso no garantiza un buen pasar. Los escritores y escritoras, salvo contados casos en que están conformes, suelen quejarse de los editores porque ellos piensan y conciben a la literatura en términos vocacionales y de excelencia estética (por lo general) y las editoriales ven sus obras desde el punto de vista de los dividendos que escritores o escritoras puedan aportarles. Lo que constituye un cambio tan radical de mirada y de paradigma que diría, buscando una analogía gráfica, se  trataría algo así como de dos personas que hablan idiomas diametralmente distintos, de los que no conocen ni lo más elemental el uno del otro en tanto procuran comunicarse. Y lo peor es que suelen no lograrlo. Y no lo logran porque constituyen dos puntos de vista sobre el arte no como una vocación o realización sino, como ya lo indiqué, un intercambio financiero. Son pocos los editores (si bien algunos existen) que tienen una mirada  humanista y que esté atenta a la excelencia de la literatura. En ocasiones algunos de ellos incluso pretenden intervenir de modo invasivo en la obra literaria al punto de proponer cambios sustantivos en ellas. Lo que resulta violento para un creador o creadora porque atenta contra su libertad de expresión. Muchos deben negociar. Muchos se niegan o renuncian a publicar. Y muchos aceptan totalmente las reglas del juego. Lo cierto también es que sin editores no habría libros. Pero sí seguiría habiendo literatura. Lo que no es poco. Pero no podría haber editores sin literatura. Lo que demuestra cómo el capital es dependiente del arte en este caso en particular al lo menos. Por lo general todo suele ser una pulseada. Desde esta perspectiva, la literatura entonces es un campo de batalla. También, en el mejor de los casos los editores brindan difusión y prestigio según en dónde sea publicada esa obra y según qué clase de alcance decide darle la editorial a los libros. Y si un autor o autora es lo suficientemente teatral como para que su carisma sea efectivo. Lo  que en un punto resulta bastante patético. Porque que la difusión de una obra depende de la capacidad de llegada del autor o autora a un público amplio en relación a sus dotes comunicativas me parece que no habla muy bien de la sociedad en la que vivimos. Y en otros casos ocurrirá que habrá autores y autoras de culto, reconocidos por ciertos círculos por lo general selectos y no tendrá una acogida masiva, pese a la calidad de su obra.
     
Pienso que la literatura también sirve (y esto yendo ya a un plano de análisis más profundo) para que conozcamos visiones del mundo, puntos de vista, ideologías (porque toda construcción lingüística, incluso de relatos o de acciones, es de modo incuestionable portadora de ideología, tanto desde el punto de vista formal hasta las ideas que en ella quedan inscriptas) y eso permite la posibilidad de que un ser humano se acerque a otro ser humano en un acto de comunicación profunda y hasta en los mejores casos de comunión fuera de serie. Se trata de una singular fusión según la cual dos subjetividades y, prefiero para el caso decirlo en términos más humanos, dos almas, entran en un contacto hondo, en una empatía tal mediante la cual una recibe una cierta experiencia de experiencia traducida en una lectura que otro u otra han concebido con un mayor o menor nivel de deliberación y de control sobre lo que produjeron que afecta, moviliza y produce todo tipo de efecto sobre esa persona. Por lo general gratificante. Si bien también puede resultar perturbador pero no necesariamente desagradable. Me ha sucedido de alcanzar en  alguna  oportunidad cierta forma del éxtasis. Esas experiencias modifican a esa persona. Tanto su pasado, su presente y comprometen evidentemente a partir de ese momento su futuro. Se genera una cierta clase de pacto que puede ser transitorio o permanente. El ser humano, en ese caso, ya ha pasado a formar parte de una suerte de alianza con otra persona (en este caso un escritor o escritora, vivo o fallecido, lo importante es su testimonio cultural) cuyas experiencias se han convertido mediante la creación y mediante el lenguaje o, si así se prefiere, la escritura en una singular manera de percibir el mundo bajo una nueva luz. Quien lea un libro con contenido, seriamente realizado y con una cierta carga emotiva pienso que ya no será el mismo si ha prestado atención durante el proceso de lectura que le demandó y también si lo ha incorporado a su capital simbólico. Ya ese libro forma parte de su cuerpo y de su experiencia subjetiva. Estará en condiciones de hablar de él y también eventualmente de interpretarlo y hasta de debatirlo. Pero, sobre todo, de emitir un juicio fundamentado sobre esa literatura (aunque eso no sea algo necesario). Una opinión naturalmente subjetiva que ya lo ha enriquecido porque es lo que le permite elaborar puntos de vista además de ser una ocasión para realizarse desde otra perspectiva distinta de la del creador, que fue la de la producción del texto. El lugar de la recepción es el lugar de la comprensión. Y de la decodificación. Y hay tantas lecturas de un libro como lectores. Y hay tantos niveles de complejidad de lecturas como clases de lectores existen. Hay obras muchísimo más complejas que otras. No sólo producto del talento (lo que resulta indiscutible) sino producto de la puntual oportunidad en que fueron concebidas y compuestas. Hay obras sin duda más inspiradas que obras. ¿Y a qué se debe esa circunstancia? Lo ignoramos, en principio. Nadie podría saberlo, me parece, con certeza. El talento o, si así se quiere, el don para escribir es algo atravesado desde la genética hasta una preparación, una voluntad de formación, una entrega, un compromiso y una capacidad de trabajo que no son los mismos en cada caso. También hay otros elementos en juego sobre los que sería muy largo explayarse, como las condiciones en las que se trabaja como un país subdesarrollado, la historia personal y la evolución de esa persona a medida que va desarrollando su oficio de escritor o escritora (me resisto a utilizar la palabra “carrera”). También el modo como su vocación fue recibida por su familia, por su entorno y por la ciudad o incluso el país en la que reside. Si fue alentado o desalentado. Si fue resistido por sus ideas o estética o si fue halagado. Pero por ejemplo las mujeres han sido claramente discriminadas a lo largo de la Historia, quedan pocos registros de sus obras y recién en el siglo XX esa circunstancia ha tendido a ser revisada y revertida, si bien ha habido antecedentes aislados sumamente valiosos. En este momento me atrevería a afirmar que hay una producción me parece que pareja por parte de ambos sexos e incluso las distintas identidades sexuales han producido tipos de literatura de una diversidad sin precedentes, introduciendo en la escena pública y visibilizando zonas de la experiencia social que antes permanecían o bien ocultas o bien prohibidas o censuradas, en el orden del secreto o la invisibilidad pero, sobre todo, por fuera del orden de la representación literaria. Creo que la literatura en tanto que propuesta de libertad subjetiva tiene que permitirse la posibilidad de hablar de todo. Por ejemplo la propuesta del Marqués de Sade, que fue tan excepcional, tan radical y tan temprana para su época, constituye un ejemplo de esa clase de comportamiento social transpuesto a experiencia literaria. Hay otros casos por supuesto, como el de los así llamados  malditos. Esto antes resultaba inconcebible. Y naturalmente muy controvertido. Otro tanto ideologías políticas. Se ha abierto un arco (en ocasiones siniestro) en torno de expresiones sobre modos de pensar en torno de la política tanto local, nacional como internacional que ha conmovido a la sociedad en todos los planos de la vida y han surgido los fundamentalismos que son los enemigos naturalmente de la libertad de expresión. De modo que la literatura también sirve para visibilizar, denunciar, defender puntos de vista o bien refutar a otros. No emitiendo una opinión explícita necesariamente sino mediante representaciones literarias que, puestas en juego, sean una manera de que dichas experiencias y sujetos logren ser socialmente representados. Lo que no necesariamente garantiza reconocimiento de dignidad ni de derechos. De  modo que la literatura estimo es fuente de revisión de puntos de vistas de vista, prejuicios, juicios apriorísticos y, fundamentalmente, formas de concebir el mundo que son alternativas a las hegemónicas o normativas.
     
Si se me pidiera la opinión más personal ligada a mi experiencia como escritor de poemas, cuentos, ensayos y crítica literaria (experiencias todas muy distintas, por cierto, me gustaría agregar) diría que la literatura constituye un cierto tipo de construcción portadora de una experiencia que dependerá de cada sujeto el modo en que la conciba o se le presente cada punto de partida o esa creación irrumpa en su vida, la realice así como la concluya. Y que la literatura es ante todo portadora de una cierta clase de experiencia intransferible según la cual mediante una serie de máscaras (que son mis personajes, los argumentos, las situaciones y escenas que se van presentando en cada cuento por ejemplo), las ideas en los ensayos pero también la forma en que están escritos (que puede ser más o menos convencional según los casos) por detrás estoy yo mismo, digitando cuidadosa y deliberadamente esos detalles. No obstante, ha habido antes un impulso muy primario que enseña que no ha sido uno del todo quien lo ha elegido. Esos estímulos han irrumpido en mi vida. Con esto quiero decir que con la literatura hay lentamente un aprendizaje de ciertas destrezas en el manejo del lenguaje, de los procedimientos, las tramas, las formas para la construcción de obras literarias. Y que eso es precisamente lo que acabo de decir: un largo aprendizaje. En el que no solamente interviene la literatura sino otras artes y experiencias autobiográficas de todo.  No sólo vinculadas al arte.
     
Cada literatura es única porque cada creador lo es y produce un efecto único según el momento en que sea leída o releída en algunos casos (los mejores creo yo). Esa experiencia de lectura nos nutre, nos enriquece, vuelve más complejo nuestro pensamiento y el uso y percepción de la palabra, tanto del habla, de la escritura y de la calidad de lecturas de otras obras literarias y del mundo. Esa experiencia, desde el punto de vista de la escritura, es una experiencia como realización de orden intransferible, distinta en cada texto y por lo tanto con la posibilidad de tener acceso a desafíos y requerimientos tanto como a demandas de distinta naturaleza. Cada texto nos somete a exigencias como creadores pero también como lectores. Porque nos permite crecer en el plano del oficio si nos lo proponemos. Para eso hace falta poner atención, estudiar mucho, leer mucho, investigar mucho y escribir mucho (no sólo literatura: en mi caso en  ocasiones escribo textos sobre distintos temas que incluso jamás publicaría pero sí me gusta escribir porque me permito una total libertad y no encajarían en ningún libro; en otras se son textos privados para otras personas.
   
En otro orden de reflexiones, la literatura puede evocar como un testimonio épocas de la Historia que por algún motivo el autor aspira a traer al presente por alguna razón en la que esté particularmente interesado. Están los usos de la literatura como memoria (en especial de sucesos trágicos o dramáticos, pero también de existencia constatable sin estar negativamente connotados). Y sus usos políticos, cosa que parcialmente sobrevolé pero cuya prueba más contundente la constituyen la censura, la  persecución de escritores y escritoras y la clausura de editoriales por parte de dictaduras o regímenes totalitarios. En este sentido, la literatura como órgano de combate, de defensa de ideales de sociedad y de una cierta convicción de lo que debe o sería de esperar fuera la sociedad, en particular más libre, justa y equitativa, de denuncia de la opresión social también, suelen ser motivo de irritación y sensibilidad por parte de los mencionados regímenes que se arrogan la autoridad de imponer qué podemos y debemos y leer y qué no. Ha habido persecuciones y sanguinarias hacia escritores y escritoras, además de exilios o formas veladas de narrar que no aludieran de modo directo a la realidad política sino lo hicieran veladamente. Esa suerte de “tretas del débil”, diría Josefina Ludmer, son formas de sobrevivencia y de que la literatura del compromiso con principios de libertad logre sobrevivir en contextos hostiles. Forma de intervención también en la sociedad en temporadas de acalorados episodios políticos, la literatura es una manera de tomar posición, de desenmascarar trampas y de subvertir un orden establecido que parece confinado a un statu quo cultural en un sentido amplio.
    
La literatura también sirve para conocerse. Es un camino de autoconocimiento en el hacer mismo del trabajo. Haciendo literatura a uno, de modo revelador, se le confiere el privilegio de tener acceso a aspectos de su personalidad o de su vida, de la calidad de sus saberes o incluso de sus temores o permisos cuyo autor ignoraba por completo.. Y, finalmente, hay largas temporadas en que uno se llama a silencio. El silencio primordial.

 

 

 

                                     AUTOR

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

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