Las escaleras de la Ciudad Prohibida de Pekín

January 26, 2019

-Vení, acercate, hagámonos un ovillo, aunque el espacio sea chiquito.

 

Así le había dicho el hombre de armadura azul y verde, sable de plata y casco púrpura a la emperatriz disfrazada de nodriza. Los dos venían de la misma corte imperial de Pekín, huyendo del usurpador torpe, tullido y purulento que la pretendía a ella y aspiraba a ultimarlo a él. Sí, a él, el último samurai legítimo de la estirpe de los Ton Lan Si. La corte había abominado del usurpador. Pero él tenía poder. Y, como es sabido, el poder corrompe como una serpiente venenosa.

 

    La expedición había sido larga. Los odres se habían vaciado. La leche de cabra ordeñada de madrugada se había terminado. El queso se había podrido al sol. Un sol de lava y fragua lo quemaba todo.

 

 

 

   Habían venido en una caravana de elefantes blancos con borlas y gualdrapas moradas, un racimo de esmeraldas en el nacimiento de las trompas. Sentado en su montura: el caballero Chuang Si comandaba la expedición, que en verdad era una huida. Atravesando estepas y lagos, vadeando cursos de agua y lodazales, bordeando acantilados y sondeando terrenos llenos de pastizales amarillos, escalando las crestas del Kuen Leng demorándose en algunos valles fértiles para que los animales pastaran, ya estaban exhaustos. Luego se ponían al reparo en unas enormes tiendas de seda color blanco que el viento de las estepas inflaba como toda la ropa de la corte tendida de un hilo de acero para secarse, mientras la brisa de julio los embolsaba.  

 

    La emperatriz era muda. No hablaba desde que había visto morir a su esposo a manos del traidor:su hombre de confianza, su mano derecha, el Primer Ministro. Eso sí, había llegado a decirle todo a su  madre. Su última frase había sido esa: una denuncia. El nombre del traidor. Su treta. Su plan escandaloso. La seducción de la compañía de la emperatriz para hacerse de los secretos. Allí había desfallecido su lengua. La emperatriz era de tez blanca, ojos verdes y caderas muy amplias (sin ser mórbidas), como esos almohadones mullidos que adornaban la alcoba imperial. Llevaba debajo del vestido una bolsita de alcanfor para perfumar su ropa inmaculada.

 

    Cuando el traidor depuso al emperador y  lo ultimó de un corte en la yugular tan veloz como un relámpago, la emperatriz alcanzó a disimularse entre el mobiliario. Sus damas de compañía (la pocas leales) la habían disfrazado de nodriza y mandaron llamar a Chuang Si, también prófugo del nuevo régimen por su fidelidad inquebrantable al emperador depuesto.

 

    Así fue como la emperatriz y Chuang Si, ayudados por unos pocos aliados, habían logrado franquear las fronteras de La Ciudad Prohibida (conocida es su visibilidad) y más tarde, luego de una larga marcha a paso forzado de noches estrelladas y lunas llenas, habían logrado llegar al borde de la Gran Muralla que había sido construida para proteger a las inmensas muchedumbres de Imperio pero para ellos ahora era un obstáculo.

 

Estaba custodiada bajo las órdenes de los hombres del Primer Ministro. Una vez salvado (no sin dificultad) ese obstáculo, sólo les restaba reclutar un ejército de  reconquistar el trono usurpado. Pero eso (quizás) vendría después. Primero había que resguardarse y ponerse a salvo de los espías del gran traidor.

 

    El Primer Ministro, que, como queda dicho, había matado al emperador asestándole un corte maligno en el cuello y había tomado su lugar sin el menor escrúpulo, tenía mil ojos y cien tentáculos con los que los buscaba. Chuang Si y la emperatriz eran los únicos sobrevivientes con poder de mando del Imperio. Acariciaban la idea de recuperar el trono. Porque el Primer Ministro no ignoraba que era impopular entre la soldadesca y bastaría un paso en falso para perderlo todo.  

 

 

    Durante el largo viaje emprendido por la emperatriz y el samurai, fue inevitable que el amor despertara la chispa del deseo y la pasión, como dos felinos sobre un tejado. Se besaron largamente en la tienda enorme como tres elefantes blancos. Muerto el emperador, no había obstáculos para una unión ilegítima, largamente acariciada por ambos desde la primera vez que se habían visto, fulminados junto a aquel estanque en el que flotaban nenúfares, nadaban miríadas de peces color naranja y ella estaba cubierta de los tules de toda reunión protocolar. No obstante, jamás abandonaba el bordado, que llevaba entre sus manos como quien lleva un amuleto.

 

    Chuang Si y la emperatriz llegaron por fin a una ciudad tranquila y deshabitada. Los transeúntes los saludaban a su paso, se inclinaban con genuflexiones, les regalaban pan y les preguntaron si necesitaban algo. Para ellos, que venían de la persecución y la muerte, la simpatía era el regalo de un don. Como la amistad para un solitario.

 

    Dejaron a los elefantes en un gran valle al cuidado de sus hombres. No querían pasar la noche una vez más a la intemperie. Averiguaron en las inmediaciones y un hombre les sugirió que alquilaran una habitación en un hostal que quedaba muy cerca de donde descansaban las monturas.

 

     Luego de cerrar el trato -solventado con dinero occidental y con un par de prendas de ella que despertaron la codicia de la propietaria- el dueño del hostal les indicó el piso y se despidió de ellos.

 

    En esas escaleras de piedra y miel, allí fue cuando Chuang Si repitió para su reina:

 

-Vení, chiquita, puedo decírtelo en todos los dialectos del imperio: en mongol, uigur, en tibetano, chino mandarín o en la lengua de los hombres del Sur.

 

    La emperatriz no habló pero se sonrojó como si lo hacen ciertos tímidos a solas. Sacó una pequeña pintura de su palacio, de la época en que eran felices con su hombre. Chuang Si la tomó y la rasgó en dos mitades, dándole a entender que no le interesaba el pasado. Para calmar los ánimos o, quizás, por puro capricho, extrajo del bolsillo de su armadura un tornillo de oro y se lo obsequió como prenda de amor. Para ella, mujer del Sol Naciente al cabo, esos objetos occidentales, exóticos y misteriosos, no la impresionaron. Sí la impresionaban las aves de su palacio con sus piernas largas como cañas de bambú y –lo confesó- el terciopelo de ciertos cortinados del color del vino tinto al pasar las yemas por su superficie. Le preguntó con señas, no obstante, para qué servían.

 

-Sirven para enamorar a las mujeres tristes-respondió él.

 

    Y así fue como se besaron en uno de los escalones, subiendo y subiendo, subiendo y subiendo.  

 

    Chuang Si, que venía del Este pero que algo sabía de escaleras occidentales, se detuvo en el tercer piso del hostal, el último. Apagó las velas que titilaban como luciérnagas y después nada más se supo de ellos, protegidos esta vez  por dos cielos: el del tejado y el del firmamento.

 

    Cuenta la leyenda que los amantes no volvieron a la China. Que mudaron de opinión. No estaban dispuestos a afrontar nuevos combates. Pese al recuerdo del Primer Ministro homicida, lograron olvidarlo todo. Descubrieron que las escaleras eran lugares de tránsito pero también un albergue precioso para el amor. Y se quedaron a vivir en un hostal. No en ese, claro está, que sólo habían alquilado por una noche con todas sus estrellas y con el objeto de una fuga. Sino en uno de Occidente. La emperatriz renunció a su investidura y se preparó para otra vida. Esta vez debió ajustarse a las costumbres y el vestuario de una europea. Aprender nuevos modales, otro idioma, al menos de manera decente, y comenzó a ingerir otra dieta a base de carne vacuna, semillas de sésamo y achicoria fresca. De tanto en tanto un turrón de yema de huevo.

 

    Al día siguiente de su partida del hostal en el que habían hecho posta, el sereno, haciendo la limpieza, se encontró con una serie de objetos que desconoció: una moneda, una pequeña tortuga esmaltada, la vieja pintura rasgada del palacio, el tornillo de oro y la bolsita de alcanfor. Cuando terminó con el aseo preguntó a uno de los vecinos si sabía algo al respecto. San Lan Tai, la solterona del segundo, sostuvo haber escuchado ruidos en medio de la madrugada. Pero no había podido distinguir si se trataba de una voz de hombre o de mujer. ¿Quién podría cuando, entreverados en medio de la lumbre del amor, un hombre y una mujer pasan a ser por fin uno solo?

 

 

AUTOR

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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