El último relato

February 6, 2019

La casa tenía paredes de ladrillo y el frente estaba cubierto de hiedra. Duros aloes vera sobresalían de los canteros, junto con unos rosales amarillos, peonías y una estrella federal inmensa componían un paisaje algo atolondrado que confería a la casa, no obstante, una genuina identidad. “No importa demasiado la localidad”, se dijo Irene. “Esta era la casa que quería para pasar un mes entero de mar”. Siguió contemplando la entrada de la casa. Sólidas rejas algo oxidadas la rodeaban y un frontispicio también vetusto coronaba la entrada del chalet. Había un sendero de conchilla, sereno, con poco césped alrededor, que conducía derechamente hasta las escaleras de entrada. Ya casi al terminar de subir los peldaños, pudo percibir la frescura de la galería, palpar en la cara la brisa marina, ver los sillones de mimbre y, curiosamente, una tetera de cerámica color marroquí que no era de adorno. Hubiera dado la impresión de que quien le había alquilado la casa hubiera sabido de sus inclinaciones. Había una mesita baja, de patas de metal trabajado color blanco con terminación en elegantes y pequeñas garras. Amplios ventanales daban a la galería, también enrejados. Y postigos de madera color verde los protegerían por la noche. Se sintió a gusto pese a llegar a un lugar que no era suyo.

 

 

Por dentro, el chalet tampoco  la defraudó. Dos dormitorios (a los que se llegaba por una escalera de madera), un living inmenso, lleno de antigüedades, una cocina comedor, un comedor diario y dos baños. Había también un lavadero bastante abandonado. La casa no tenía pileta. Pero daba al mar “¿Qué necesidad?”, se dijo. Era inmensa para ella sola. Pero era lo que había andado buscando: amplitud. En La Plata vivía en un departamento minúsculo, que no daba a la calle, oscuro, lleno de humedad y de polillas. Hospedarse en un lugar así, era perfecto para cubrir esa cuota de fantasía a la que uno se abandona en todo veraneo.  

 

Se preparó un sándwich de palta y jamón crudo, tomó una copa de vino tinto y después una pera. El viaje, cosa curiosa, no la había dejado hambrienta. Morosamente recorrió cuarto por cuarto, deteniéndose en los detalles, imaginando historias, observando una alfombra con dibujos árabes o persas (eso no le supo). Había una lámpara de pie para leer, junto a un sillón de apariencia mullida. Y también una colección de diminutas clases de barcos, fragatas y botes. No era un adorno exótico, en una localidad marina y en una casa que daba a la playa resultaba hasta casi un detalle convencional.

 

Los primeros días los pasó dando largas caminatas por la orilla. Haciendo palabras cruzadas. Tomó poco sol. Era un balneario sereno, con pocos turistas (incluso sin bañero), y estaba a fines de febrero, cuando las tarifas son baratas. Una altura del año en la que la gente ya vuelve al trabajo. Leyó mucho ese verano. Stendhal, que la cautivó, aún en traducción. Y un par de libros de Camus. Había llevado ensayos y revistas que compraba en un kiosco a cuatro cuadras. Una heladería cubría sus necesidades urgentes de antojos. Y había, en un colmo de exotismo en un lugar tan desierto: una secreta librería de viejo a la que iba regularmente a mirar pero no a comprar. Hasta que un día encontró lo que jamás hubiera soñado que leería junto al mar: teatro. Harold Pinter. Sí señor. Tenía tres libros con varias obras (que no eran las completas, por supuesto), en traducción argentina, pero las disfrutó  mucho. Cada página que pasaba la capturaba más y más y no añoró las novelas. Había descubierto esta nueva pasión: la de leer teatro. Quizás no fuera casual que hubiera ocurrido en vacaciones, época en que uno echa por la borda toda rutina y las costumbres más instaladas Solía dormir la siesta (cosa que ni soñando hubiera hecho en La Plata) y también comía sobre todo ensaladas y sándwiches de verdura. Cuando en su casa abundabas las tartas, los budines y algunas empanadas. El caldo casero la fascinaba.

 

En estas cosas se le fueron pasando las dos primeras semanas. Tenía un mes entero por delante.  Siguió revolviendo los estantes de la librería de viejo, ya como un ritual algo compulsivo, simplemente para mirar. Sobre todo hojeada las páginas de libros de política, los que solía leer sobre todo en invierno. Pero  eso sería volver al tedio de la vida urbana.

 

Un día estaba en la  playa. Atardecía. El sol se estaba poniendo y el mar, algo encrespado, se mostraba hostil para zambullirse. Leía a Pinter. Un hombre se acercó a unos metros. Se sentó y de su bolso también sacó un libro. Los dos se vieron, pero fingieron no mirarse mientras estudiadamente se escrutaban. Ella se puso los anteojos negros y alcanzó a divisar: La mujerzuela respetuosa. A ella también le gustaba el teatro de Sartre. No tanto sus novelas. Y sus tratados. Siempre le confesaba a una amiga de Filosofía que le costaban.

 

Lo cierto es que fue inevitable que él se acercara, hablaran de libros (los que leían y los que les gustaban).

 

-Te invito a la librería de viejos-le dijo Julián

 

Irene vaciló. Pero tenía un ese costado temerario que los veraneos acentúan y se sintió atraída por este hombre, algo extravagante, ahora que lo pensaba, ¿que leía a Sartre en febrero en la costa? Cada uno fue recorriendo una sección distinta. Se tomaron su tiempo, se notaba que él estaba muy atento a buscar y encontrar algo en concreto. Aparentemente logró su cometido. Porque volvió con dos libros, con una sonrisa triunfal: Catedral y Tres rosas amarillas, de Raymond Carver. Los compró, le pidió al vendedor que los envolviera para regalo. Ella asistía al espectáculo sin llegar a ver los títulos con estupor mientras pensaba que no había logrado decidirse por nada de lo que había visto. Por otra parte, recién iba por el segundo volumen de Pinter.  

 

 

Salieron. Y después de caminar cinco pasos, él le dio el paquete. Le dijo: “Para vos”. Eso. Simplemente. Ella se sintió halagada, percibió un inevitable flirt y abrió el paquete sin demasiadas vueltas. Sin rodeos. Después de todo, ya eran grandes. Se los agradeció. Y lo invitó a  cenar.

 

“Eso sí”, le dijo, “solamente tengo sándwiches de pan de centeno, paltas y jamón crudo. No pude volver al supermercado”. Él se rió, como si ella hubiese dicho algo muy ridículo. No sabía nada de él. Era un completo desconocido. Pero positivamente supo que era el momento perfecto en que debía invitarlo a pasar a su cocina. Comieron poco pero tomaron mucho vino y eso los entonó. Hablaron, hablaron, hablaron.  Y después se deslizaron hacia el living y, sobre la alfombra, hicieron el amor. Finalmente, la casa había sido alumbrada por un relámpago.

 

Por supuesto que se quedó a dormir. Desayunaron fruta. Y fueron al mar. Él era más nadador y ella había dejado de leer para mirarlo y  para tomar exclusivamente sol. Julián se mudó al chalet y fue, lo que se dice, “un amor de verano”. No hubo sinsabores en la partida. Tampoco un desgarrón. Simplemente intercambiaron correos electrónicos, teléfonos celulares, direcciones (Julián vivía en Buenos Aires). Tomaron todas las precauciones para no desencontrarse. Él último día, él se apareció con un ramo de rosas. Algo le dijo al oído. Pero eso jamás lo sabremos. Fue un gesto conmovedor que también la enterneció. Pero por sobre todo, le dio a la despedida ese toque perfecto que le hubiera faltado con un beso  aunque hubiera sido apasionado.

 

Irene no sabía si lo volvería a ver. Julián tampoco. Ella se llevaba los libros de Raymond Carver. En un gesto coqueto, se desprendió, sin el menor espíritu de sacrificio, de su “colección Pinter”, como le decía, y en ese intercambio, en ese salvoconducto, ella encontró lo que buscaba: dejarle algo que él supiera le era precioso.

 

Cuando Julián llegó a su casa, dos semanas más tarde, abrió el correo electrónico. El tercer email decía como asunto: “Chéjov. Tres rosas amarillas”.

 

 

AUTOR

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

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