Adolfo Bioy Casares: de la anticipación a la tradición

March 11, 2019

Adolfo Bioy Casares (Bs. As, 1914-1999) fue un escritor que supo conjugar lo propiamente argentino (lo porteño, lo rural, lo pueblerino), con una narrativa de portentosa imaginación de fuerte inflexión cosmopolita producto de sus lecturas a lo que yo agregaría también sus viajes esencialmente europeos. Por último, su origen de clase también debe de haberlo vinculado a determinados círculos, familiarizándolo desde muy joven con la cultura que cruzaba lo criollo con el panorama del Viejo Continente (y no únicamente en lo relativo a su educación).
     
Se concentró en la narrativa, realizó también curiosas incursiones por libros de difícil clasificación. Esposo de la también escritora y traductora Silvina Ocampo, amigo íntimo de Borges, con quien escribió numerosos libros en colaboración o compiló antologías, entre ellas una sobre poesía gauchesca, compartió también con él la dirección de colecciones, como la de policiales El Séptimo Círculo (según los círculos del Infierno de La Divina Comedia, el de los violentos), que contribuyó a difundir no sólo el policial, sino una variante singular de éste en el campo intelectual: el policial de enigma. Un tipo de ficción que suele transcurrir en ámbitos burgueses y no marginales o mafiosos, no suele exhibir violencia y no exhibir móviles económicos, a diferencia del  policial negro a lo Chadler, por ejemplo o del cine negro.
     

 


Entre los libros inclasificables que acabo de citar se cuentan Memoria sobre la pampa y los gauchos (1970) o el originalísimo Diccionario del argentino exquisito (1978), una suerte de inventario de un léxico o, más aún, incluso frases o giros con sus correspondientes definiciones y sobre los que cita ejemplos de diversas fuentes: diarios, libros, diccionarios varios, documentos oficiales, conversaciones evocadas en distintos contextos, diálogos que ha escuchado en la calle recientemente. En efecto, ese catálogo consiste en una serie de casos de eufemismos, impostaciones o frases afectadas que definen un cierto tipo de uso del habla en nuestro idioma, concretamente en Argentina y no en España u otros países hispanoparlantes, que declaró haber detectado sobre todo entre políticos y gremialistas (si bien no exclusivamente), y que ilustra un universo social plagado de comportamientos del orden entre apariencial, lo frívolo y lo poco genuino Hay otros,  en cambio, de directo agravio u obscenidad. Tiene un libro de ensayos, La otra aventura (1968), en el que fundamentalmente compila estudios preliminares o prólogos a libros para colecciones. Bioy no se consideraba un ensayista en sentido estricto. Estimó este libro (junto con otro) al estilo de una curiosidad más de su producción que reunía trabajos dispersos pero afines porque formaban parte todos ellos del discurso argumentativo. No obstante, eran para él textos de ocasión. No un volumen meditado y de diseño reflexivo. Es particularmente interesante el Prólogo que consagró a un libro sobre los ensayistas ingleses de los siglos XVII, XVIII y XIX. Ese Prólogo denota una notable erudición sobre ese corpus, su Historia y cómo ha sido ejercido en Inglaterra, además del idioma en que han sido escritos (utiliza los textos en la lengua originaria) y, más ampliamente, sobre la literatura a la que se refieren, que da cuenta de una importante formación en esa materia. En tal sentido esta intervención de Bioy marcará una clara afinidad con Borges quien, como es sabido, manifestó todo a lo largo de su vida ser un conocedor a fondo de la literatura de esa Nación. Bioy rompe allí con unos cuantos lugares comunes concebidos por la crítica literaria “oficial”, relativiza otros y se ríe con cierta sorna acerca de corrientes contemporáneas del compromiso que ya estos ensayistas siglos antes habían vislumbrado sin grandes gestos teatrales.
     
Colaboró con Borges, a quien había conocido en 1932 en Villa Ocampo, la casa de Victoria Ocampo en las Barrancas de San Isidro, en coautoría en la escritura de guiones de cine. Los títulos de los mismos fueron “El paraíso de los creyentes” y “Los orilleros”, pero jamás llegaron a ser filmados. No obstante, sí son de lectura cautivante y también se caracterizan por tener contenido. Quizás el énfasis en lo discursivo haya hecho que Borges y Bioy no lograran que sus guiones contaran con el énfasis en el orden del suspenso o simplemente la acción dramática que este género demanda. Sus cuentos en colaboración fueron firmados con seudónimo, reuniendo los apellidos de antepasados de ambos. Se trató de una narrativa breve en su mayoría perteneciente al género policial, si bien no exclusivamente, por lo general de carácter paródico. Paradigmático resulta su cuento “La fiesta del monstruo”, sobre el cual se ha formulado una lectura política. Estos cuentos se caracterizan por un estilo que no se parece al de ninguno de ambos por separado, sino que suelen acudir a estilos y formas nuevas que, si bien toman como referentes otras canónicas, realizan un intenso desvío de esa función. Hay, como solemos afirmar en los estudios literarios, una cara parodiante (la que ellos escriben) y una cara parodiada (la oficial del género).
     
Bioy fue un obstinado escritor de diarios, epistolarios, una autobiografía y hacia el final de su vida se multiplicaron los libros de entrevistas en torno de su existencia y su obra que ya había sido reconocida nacional e internacionalmente, tal como había sucedido previamente con Borges. Podríamos mencionar como los más renombrados el de Noemí Ulla (amiga de los Bioy y académica estudiosa de la obra de Silvina Ocampo en particular), el de Fernando Sorrentino y el de Esther Cross y Félix della Paollera, que consistió en compilación diálogos entre Bioy los coordinadores y miembros del talleres que coordinaban,  que  Bioy procedió a corregir de puño y letra  También hacia el final de su vida Bioy publicó el libro Borges, una suerte de recopilación de anécdotas y dichos de su amigo.
     
En narrativa ha escrito cuentos y novelas. Pero no se ha caracterizado por una ficción experimental. Sino más bien de tono clásico y con cierto final de efecto pero no simplista. Por ejemplo, algunas de sus novelas suelen ser de resolución fantástica, pero también otros han sido asociados a la ficción científica (como es natural, La invención de Morel o acaso Dormir al sol). Otra de las variantes que cultivó fue la literatura de anticipación, como Diario de la guerra del cerdo (1969), una curiosa novela en la que los jóvenes aspiran a exterminar a los más ancianos. Fue cultor también de policiales. Junto con Silvina Ocampo, precisamente, en coautoría, escribió la novela policial, Los que aman, odian (1946), recientemente llevada al cine. Ambos refirieron que esa novela fue escrita en Mar del plata, en muy poco tiempo y de modo extremadamente fluido. Es de final sorprendente y viene a inaugurar una clase de trama en el policial de enigma en la ficción argentina al que ni los cuentos de Manuel Peyrou (por citar un caso de los autores que les fueron contemporáneo) ni otros se habían asomado. En este y en otros sentidos Los que aman, odian, también por el tipo de narrador y procedimientos narratológicos que pone en juego, abre una línea o, mejor aún, una brecha pionera insospechada en la literatura argentina. Una vez más el grupo reunido en torno de Borges y los Bioy había realizado un aporte sustantivo a la literatura argentina inaugurando otra senda.
     
Bioy participó activamente de la vida literaria de su tiempo. Pero antes de ello fue deportista en sus comienzos (fundamentalmente se consagró al rugby), aficiones que abandonó finalmente por la literatura, no sin antes verse afectado por una crisis vocacional que no le resultó de fácil resolución. Experimentó serias dudas antes de definirla porque ignoraba cómo tomarían sus padres la decisión de dedicarse a un arte que no consistía en una profesión liberal (como solía ser más habitual por aquellos tiempos) o en vivir de acaudaladas rentas. Si bien en su familia la literatura era estimada (eso refiere en un libro de diálogos), pensaba que no sería tomado en serio su trabajo visto como una opción en su versión profesional y artística a la vez ¿Comprenderían que el arte consistía también en un trabajo ejercido con seriedad? Este suele ser un dilema en el que se solían debatir personas especialmente por entonces que provenían de familias conservadoras, salvo excepciones. Si bien había otras que, en cambio, sí los alentaban y entusiasmaban (más a los varones que a las mujeres) a consagrarse a ese arte.
     
Bioy también se supo arrepentir de los primeros títulos que había editado, de los cuales renegó. Ellos fueron: Prólogo (1929, miscelánea), 17 disparos contra el porvenir (1933, cuentos), La nueva tormenta o La vida múltiple de Juan Ruteno (1935, novela), Caos (1934, cuentos), La estatua casera (1936, miscelánea) y Luis Greve, muerto (1937, cuentos). Hasta llegar a la novela que cambiaría el curso de su vida y lo coronaría: La invención de Morel (1940), de esmerado argumento y para el que confesó haber tomado toda clase de recaudos para no cometer ningún error en la composición. La novela fue publicada con ponderativo Prólogo de Borges, lo que condujo naturalmente a ratificar su legitimación y a inscribir esta obra en el marco de una  cierta tradición nacional, que lo filiaba naturalmente a la suya. De entre su obra novelística pienso que luego sin  lugar a dudas destacan El sueño de los héroes (1954) y Dormir al sol (1973). A mi juicio ha escrito tres cuentos memorables, “La trama celeste”, “En memoria de Paulina” y el policial “Cavar un foso”.  
     
Otras vertientes dentro de su producción de Bioy la constituyen, por un lado, la literatura de romántica que, sin caer en lugares comunes acerca de esta emoción que solemos experimentar los seres humanos que nos conduce del arrobo al padecimiento, más desgarrador indaga precisamente en esa dimensión de la condición humana. Por el otro, aquella en la que irrumpen monstruos o monstruosidades, que si bien puede ingresar en la categoría del fantástico, Bioy se ocupó de poner especial acento en ellas. Esos monstruos pueden ser en ocasiones producto de experimentos con seres humanos por obra de científicos, por obra de producto de sustancias químicas o aparatos, como sucede en uno de sus libros tardíos, Una muñeca rusa.
     
Con Silvina Ocampo formaron una mítica pareja que, no sin transgresiones, conquistó un espacio propio en los alrededores del grupo Sur, pero con reticencias. Como dato curioso que puede aportar a esta vacilación de su vocación podemos mencionar que en su juventud había estudiado las carreras de Derecho y luego la de Letras que evidentemente han de haber dejado una marca pero no profunda porque no encontró en ellas la satisfacción o los aprendizajes que estaba buscando. En el libro editado por Esther Cross y Félix de la Paollera confiesa experimentar un enorme respeto por el género lírico, haberlo practicado en la intimidad pero por ese mismo pudor no haberse atrevido a ejecutarlo.
      
Buena parte de sus libros conocieron adaptaciones al cine, con distintos grados de felicidad. Una de ellas (y de las mejores) fue la libremente inspirada en La invención de Morel realizada por el director francés Alain Resnais, bajo el título de “El año pasado en Marienbad” (1961), con guión del escritor objetivista también francés Alain Robbe-Grillet, que al estar adscripto a esa escuela estética incuestionablemente dejó su impronta en la película. Adolfo Bioy Casares fue traducido a gran cantidad de idiomas y solía afirmar que imaginaba argumentos más rápido de lo que llegaba a escribirlos, motivo por el cual siempre tenía en mente proyectos que debía postergar pero no alcanzaba a concluir, por eso buscaba formas para alargar la vida.
      
Si bien admiró a una enorme cantidad de autores (en particular a los clásicos), un nombre que suele regresar en las entrevistas es el del italiano Italo Svevo. Supo cultivar, junto con Borges y Silvina Ocampo una relación con Italo Calvino, en la cual resulta innegable una afinidad en las poéticas de estos creadores argentinos y el europeo, de tono fabuloso, maravilloso o fantástico. Si bien también puede haber en ellos matizaciones de la ciencia ficción.
     
De 1940 data la célebre Antología de la literatura fantástica que compiló junto con Silvina Ocampo y Borges, que conoció sucesivas reediciones y gozó de un enorme prestigio. Este libro constituyó un hito en el campo intelectual argentino porque hizo que ingresara a él una cierta clase de poética (por cierto sesgada) del marco de la literatura internacional. Pero también estos escritores, no sin una clara operación poética y crítica, sumaron a esa antología algunos nombres argentinos, como los de Macedonio Fernández o Santiago Davobe, autores bastante secretos y atípicos que permanecían por fuera del canon y que luego Borges se ocuparía de consagrar mediante múltiples operaciones. Esa fue una tarea que Ricardo Piglia se ocupó de proseguir de modo sistemático mediante su abordaje en algunos de sus ensayos y su novela La ciudad ausente (1992). En verdad a esta antología pienso que se la puede considerar una continuación por otros medios de sus respectivos proyectos creadores, que prosiguieron, ratificando esta estética, una cierta línea creativa a la que sirvió de inspiración pero también de confirmación. Y revistió un valor paradigmático porque en ella se cifran múltiples significados. Muy a tono con la visión cosmopolita del grupo Sur, la antología presenta varios matices de la literatura universal, como dije. No obstante, tiene incluso  allí una figura central en el campo intelectual argentino como lo fue la de Leopoldo Lugones, lo que tiene resonancias de reivindicación y reconocimiento de todos ellos, particularmente en el caso de Borges. Uno de los primeros pasos que luego retomaría fue con su libro sobre este autor en coautoría y más tarde en una suerte de mea culpa dedicándole el Prólogo de El informe de Brodie (1970). Lo cierto es que los tres, tanto Bioy Casares, como Borges y Silvina Ocampo se ocuparon de que una renovación sin precedentes en el campo intelectual argentino tuviera lugar mediante este libro que no pasó desapercibido ni lo haría nunca. Se convertiría en un clásico en el campo intelectual argentino pero con compases de orden universal, lo que le confiere un valor de nítido referente. Y es de un alto nivel de visibilidad incluso entre un público amplio.
       
Bioy fue fotógrafo aficionado y con su esposa o a solas pasó largas temporadas en su estancia de Pardo, Provincia de Buenos Aires (de allí entiendo que provino la inspiración sobre el libro Memoria sobre la pampa y lo gauchos). También realizó largos viajes por Europa.
     
Era habitual que asistiera al cine porque era un arte por el que sentía particular inclinación.  Y señaló esta afinidad entre su afición por verlo con las numerosas iniciativas que habían manifestado distintos directores del mundo entero por filmar sus obras, como si ellas tuvieran un costado atractivo para hacerlo y, por inferencia, como si ser un aficionado espectador hubiera podido afectar a su arquitectura narrativa. En La invención de Morel esto sí es muy visible, porque consiste, precisamente, en proyecciones de seres humanos de modo circular.
     
Hacia el final de su vida, Daniel Martino, experto en su obra, fue el responsable de promover una serie de iniciativas editoriales, desde la publicación de inéditos, de antologías hasta compilaciones de extractos o fragmentos de sus libros según distintos ejes temáticos así como de epistolarios.  
   
Recibió numerosas distinciones, entre las que se pueden mencionar en primer lugar el “Premio Cervantes” (también obtenido por Borges oportunamente), el Premio Konex de Platino, La Legión de Honor Francesa, el nombramiento como Ciudadano Ilustre de la ciudad de  Buenos Airesy el Premio Alfonso Reyes.  

 

 

 

 

                                 AUTOR

 

 

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.


     

 

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