Laura de las mareas

March 15, 2019

Me gusta querer a Laura. Fuimos a la playa. Ese lugar no es un lugar de enamorados. Es un lugar de turistas de vacaciones. Igual fuimos al mar. Nos tocaron días radiantes: ni una nube, ni un cirro, ni una borrasca. El cielo alto, limpio, inmaculado. Laura de mi lado, Laura de mi mano, Laura cerca. El mar blanco, sin contornos. Visto de lejos, el mar paisaje. Visto a unos pasos, el mar nítido, brillante, burilado.
   

 

 Omitiré todo el viaje, la llegada al departamento, el orden y el  desorden del equipaje, la exploración terca de los objetos, ingredientes y comodidades. Todo eso no cuenta o son cosas anodinas. Cuenta el mar desde el ómnibus, el mar desde la costanera, el mar desde el malecón, el mar mojado a mis pies.
     
Laura no llevó traje de baño. Yo tampoco. En invierno eso es algo imposible. Primero pisamos la arena con reparos, tanteando cada palmo. No sé el por qué de ese recelo, de esa timidez o esos titubeos. Nos hundimos gratamente a continuación en esa cama ancha, desparramamos un toallón color violeta con guardas blancas y nos tiramos largo a largo sobre la alfombra mullida (claro que la alfombra mullida puede ser la arena o la tela puede serlo). Laura me dijo cosas al oído. Cosas que no olvidaré. Ese día no es que yo no estuviera com ganas de intimidad. No estaba comunicativo o, mejor sería decir, mi comunicación no se irradiaba por el lenguaje. Ella supo advertir mi cariño en una mirada en su mirada, en mi flanco recostado contra el suyo, en mi mano extendiendo un puñado de arena sobre su muslo em tanto se deslizaba como sustância morosa. Supe esa tarde que ella sabía de mi amor.
     

 Laura jugó con la arena. Hundió su mano salada sobre los montecitos y las depresiones, cavó un hoyo o muchos Cubrió palmo a palmo su mano con esos fragmentos minúsculos, imperceptibles. Las ráfagas se ocuparon de soplarlos.
     
La arena, sin embargo, es pesada. Más pesada que el talco, por ejemplo. Más pesada que la harina. Casi, casi como el azúcar refinado. No tan blanca. No tan grumosa. Amarilla. Estólida cuando se moja, breve cuando el viento se la lleva, despiadada cuando penetra en mis ojos, em los oídos o en los de Laura. Laura no me mira cuando vuela la arena. Por eso odio su costado más agresivo.
     
Hacía frío en la playa. No un frío descabellado, pero frío hacía. Laura se sacó el pulóver, se sacó la remera. Sólo se dibujó la forma redonda de su ropa interior muy blanca,  muy ajustada  y muy entera. Su desnudez, que de ordinario me excita, ahora me alarmó. No estábamos en una playa desierta. Tampoco estábamos en un lugar público. No vi gente. Pero podía verlos cuando aparecieran. Laura se siguió sacando el pantalón, la ropa interior y desnuda como estaba me echó una mirada desafiante. Ella sabía que yo no iba a emularla. Pero tampoco a censurarla. En eso me conoce. Corrió hacia el mar, dándome la espalda, ignorando mis ojos que la buscaban con preguntas, mirándome con todo el pelo llameando al viento. Corrió y corrió hasta sumergirse de lleno, furiosa, furibunda, sin represión y sin sosiego. Después una ola oscureció su pelo y la cubrió. Por fin, me la arrebató por unos instantes. Salió a la superficie unos segundos después, dándome la espalda, mirando al mar de frente, a los ojos del mar. Quiero decir: dejándome de mirar completamente. Decir que yo estaba estupefacto no es decir lo que me pasaba. Porque en ese capricho de Laura, en esa carrera salvaje y arbitraria, entendí que algo se tramaba. En esa trama yo penetraba apenas como un testigo lejano o como un vértice de um triángulo.. Pero como si esse vértice fuera insignificante. Desde lejos escuché que Laura murmuraba unas palabras ininteligibles, misteriosas, pero el tono de decirlas era placentero. O quizás em um idioma que sólo ella conocía.
     
Laura nadó a ratos con furor, a ratos entregada ella al furor del agua turbia. En esa rompiente ella caía a un sitio profundo. Cuando el mar era roto por ella, supe del poder de ciertas mujeres. Mi rol de testigo prosiguió por un buen rato. Nada lo desbordo. Miré y miré. Custodié esa trenza, ese dibujo que ella y el mar trazaban el uno en el otro. Ella como una aguaviva inerte o explosiva. El mar como un espejo que le declaraba su belleza, su miedo, sus limites em tanto yo asistía impávido a esse espectáculo. Inerme. Ella vivió en el agua. Viva en el  agua, estaba muerta para mí.
     
A la distancia contemplé la figura. No entendía lo que pasaba, pero sabía que para ella algo bueno estaba pasando. No me gustó no contarme entre sus planes. La vi moverse, contonearse, hundirse, vibrar, hasta gritar la vi. Llegó a emitir un grito, incluso. Hubo furor.
     
Por fin pegó un alarido recóndito y final. Cuando ella y el mar hicieron todo lo que había que hacer. Cuando por fin hubo silencio entre ellos, ella emprendió la retirada. La retirada del mar, digo. El regreso hacia mi, em cambio. Dio media vuelta y se acerco. No me miraba, sin embargo, o yo sentía que no me miraba. Caminaba con mucha lentitud, debido a la arena que Le entorpecia la marcha porque, como es sabido, nos va deteniendo. Pero también senti en parsimonia de alguien que regresa, satisfecho de haber cumplido con algo importante. Su rastro ardiente se marcaba en huellas, en olas y en nubes. El pelo mojado caía recto y lacio, pesado en el pecho y los hombros. Los pezones habían cobrado volumen. Llegó a mí. Yo la esperaba  con su ropa formando un bollo compacto entre mis brazos, apretado de un modo exagerado contra mi pecho. Eso era una súplica, pero también una consulta. Tenía miedo, mucho miedo porque ella no era la misma después de ese baño. Sentía esa derrota indefectible del amante que quisiera habitar cada palmo, cada  fragmento de vida y de pasado de su amada, arrebatarle ese tiempo que no han vivido de a mitades. Con locura comprendí que estaba expulsado de esse episodio a solas de Laura. Laura me miró y sonrió con tranquilidad. La sonrisa de ella me calmó, porque entre todas las posibilidades estaba la zozobra. Solté la ropa. Solté el miedo. La solté a Laura y ahora sí me excité al verla en cueros. Eso se notó en mi cuerpo.
     
El fragmento de mar no era mío. Laura en el mar no era mía. Laura había sido del mar, había sido lamida y amada, acariciada y besada por el mar. Si el mar no fuera cosa yo me habría desquiciado. Si Laura no hubiera vuelto a mí, también hubiera ocurrido eso tan temido. Pero después de haber sido amada, después de haber amado, Laura se sentó delante de mí, empapada, segura, con determinación. Apartó la ropa (su ropa). Apoyó sus dedos sobre mis ojos sin párpados y los besó con esos dedos intactos. Besó mi lengua. Se pegó a mí. Se apoderó de mí. Nunca antes había podido disfrutar de las prisiones, salvo de Laura, esta vez. Laura de nuevo a mi lado. Laura eligiéndome. Laura volviendo a mí, adherida como después de un largo viaje, de un regreso desorbitado. Confirmado por Laura, mi llanto no se calmó hasta su boca en la mía. Allí me derrumbé en sus brazos y sentí su cuerpo, cuerpo de tierra, cuerpo de suelo. Agradecí, le agradecí su amor de ida y el regreso meditado.
     
Yo no era mar. Yo no tenía música, ni canto, ni poder desmesurado, ni inconmensurables distancias ni secretas caracolas. Yo no era de mar. Era pequeño, indeciso, seco casi siempre, salvo en la cúspide del amor. Era blando, enteco y compacto a la vez. Era finito y demasiado evidente para todo.
     
Laura conoció el fondo del amor esa tarde. Conoció ese brebaje. Me recobró, sin embargo. Recobró nuestro amor después de grandes magnitudes, grandes bailes, grandes músicas y seducciones. Eligió mi silencio sin atuendos. Esa tarde volvimos de la playa de la mano. Apenas probamos bocado. Nos fuimos al día siguiente. No quiso saber más nada con el mar. Porque lo quiso saber todo de mí.

 

 

                                    AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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