Tres hilos de agua

March 18, 2019

Esa mañana de abril había estado el plomero en casa de Berna. Celina, su hija, lo supo cuando pasó a recogerla. Le contó que había reparado la avería que venía postergando, no ella, sino el plomero, un hombre panzón de jeans gastados que abandonó pronto la casa con una ligera valija de herramientas en la mano. También le dijo que necesitaba dinero. ¿Habría vuelto a perderlo? Hacía algunos meses Celina había decidido administrar la pensión de su madre, aunque nunca le preguntaba acerca de los gastos; un día le dejaba los billetes junto al portarretratos del aparador o debajo del pisapapeles, otro se los metía dentro del monedero. Cuando la visitaba, solía revisarle el cajón de las verduras y la alacena para comprobar si había ido al almacén.

 

 

Berna comentó algo más, o balbuceó –esto último le pareció a Celina–, y otra vez volvió a mencionar lo del dinero; en el auto también iba Anabela, hundida en un asiento a medida. La pequeña comía una manzana y, de vez en cuando, Celina estiraba el cuello para observarla por el espejo; le gustaba la serenidad de su mirada perdida a través de los cristales, mirando todo pasar, el asombroso mundo en movimiento. Berna, por el contrario, miraba el tedio circundante: el tapizado, las perillas del estéreo apagado, la alfombra manchada.

 

No llevaba los lentes. Hacía algún tiempo que no los usaba, quizá necesitaba más aumento y no lo decía. Cierta vez, cuando aún vivían juntas, mientras buscaba una vieja colección de revistas en los cajones de un placard, Celina encontró varios pares de lentes nuevos. Sencillamente estaban ahí. Siguió revisando y vio ollas, vajilla, pares de zapatos, una pequeña radio y hasta un cepillo de dientes en el envoltorio original. Todo nuevo, sin uso. Guardaba cosas como si fuera a desatarse la tercera guerra mundial de un momento  a otro y ella debiera guarecerse en la fortaleza de su placard. Al fondo de un cajón estaba la pila de revistas atada con un cordel; cuando intentó desatarlas, el cordel se hizo polvo.

 

Debían autorizar unas recetas y retirar estudios de la clínica, para eso estaban cruzando la ciudad. A medida que se acercaban al centro los árboles raleaban y las copas bermejas le dejaban su espacio a los edificios espejados. Frente a un semáforo en rojo Celina giró para ver a Anabela y vio que Berna estaba mirándola con la boca abierta, casi babeando. Me olvidé las llaves, dijo. Otra vez, pensó Celina. Se puso a revolver el pequeño estuche que siempre llevaba con ella al salir y, como no las encontraba, comenzó a vaciarlo. Naturalmente, tenía las llaves. La semana anterior, en cuatro cuadras había perdido y encontrado las llaves unas tres veces.

 

En el placard, recordó Celina, también encontró una fotografía enmarcada, un retrato de Leonor y Mario. Viejos amigos. Los había conocido en el Teatro, cuando bailaba. Ella era primera bailarina del ballet, y era joven; él, fotógrafo y había vivido ya medio siglo. Cuando el Teatro se incendió –o lo incendiaron–, Leonor no pudo volver a pisar un escenario. Se fueron; alquilaron un piso en Capital y no volvieron a La Plata. Allá abrieron una galería y Mario se hizo conocido en el ambiente; muchas de sus fotos salieron en las revistas especializadas de la época. Incluso publicó algún que otro librito. Vivieron una vida bohemia hasta que aparecieron los dos muertos en el piso de Libertador: un pacto suicida. Leonor y Mario. En el placard de Berna.

 

La clínica era un edificio de dos plantas con ventanales de punta a punta; el color ocre de las paredes parecía sangre coagulada. Bajo el alero de la entrada había escaleras y una rampa ancha; las tres mujeres se abrieron camino a través de la puerta corrediza. El trámite fue rápido.

 

Dentro del auto, Celina volvió a abrir el sobre para leer el informe.

 

Berna miraba a través de la ventana.

 

Hacía varios años que no hurgaba en el placard. Quizá, en los cajones ya no habría más que tierra.

 

Cuando se bajó del auto, Berna no volteó para saludar; avanzó hasta la puerta y se detuvo. Debajo de sus pies se había formado un charco: unos hilos de agua corrían por debajo de la puerta, desde el interior de la casa.

 

 

AUTOR

 

 

Marcos Nuñez dice que, francamente, le gusta más leer que escribir. Y sin embargo escribe. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Vive con Natalia, su compañera desde hace 8 años, quien le hizo conocer Carmen de Patagones, el clima seco, el río, la costanera y las historias.

Algún día, cree, va a leer todos los libros que no para de acumular en su biblioteca. Hasta hace poco los leía y escribía algún comentario en las últimas páginas blancas, al final de cada libro; desde 2016 los lee y escribe reseñas en el suplemento Séptimo día, del diario El Día de La Plata. “Hay que leer a Bolaño”, dice dos por tres.

Por el cuento “Baltazar” recibió el Premio Osvaldo Soriano de Relato (Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, 2015). Escribió junto a Lucas Dal Bianco la tesis de grado “Memorias de la clandestinidad: la historia escrita en los husos”, un trabajo que reúne diez crónicas sobre el testimonio de militantes que resistieron en la clandestinidad la última dictadura cívico-militar. Publicó relatos en distintas compilaciones y no acaba nunca de corregir una novela inédita. Nació en La Plata en 1988.

 

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