Silvina Ocampo: la hija irreverente de la oligarquía

April 16, 2019

Desdibujada por su perfil bajo pese a su radical originalidad y su inmensa potencia imaginativa, al punto de romper con todas las convenciones de la creación literaria nacional (como veremos a continuación), Silvina Ocampo (Bs. As., 1903-1993), fue escritora y traductora. Hija de una tradicional y acaudalada familia patricia, casada con el también escritor Adolfo Bioy Casares (juntos escribieron en coautoría la novela policial Los que aman, odian, de 1946, recientemente llevada al cine) constituye uno de los momentos culminantes de la literatura argentina contemporánea. No fue una figura pública (ni lo buscó), a diferencia de la primogénita, Victoria, de un  nivel de altísima visibilidad pública, no sólo en los círculos literarios.   

Hija irreverente de la oligarquía argentina, Silvina Ocampo concibió obras de genio. Fundamentalmente cuentista y poeta (admitía ser ansiosa para escribir obras de largo aliento),  Borges la reconoció como la mayor voz poética femenina argentina, probablemente sin faltar a la verdad, si bien casos hubo de otras igualmente valiosas también contemporáneas a su poética.
     

 


Estamos asistiendo desde hace algunos años a una moderada revisión crítica mediante nuevas lecturas de su obra, tanto académicas como desde el periodismo cultural y un impulso editorial reveladores de la importancia de su poética y de la capacidad de invención de alguien que, por ejemplo, concibió una autobiografía en verso, titulada (como un oxímoron), Invenciones del recuerdo (2011), de carácter póstumo, en la que revisa al tiempo que narra su infancia selectivamente. Da cuenta de ciertas tramas del dolor producto de la culpa que produce en ella una temprana e involuntaria iniciación sexual en relación que entra en contradicción con la educación religiosa que le fuera impartida oportunamente.
     
Hubo también varios otros libros tardíamente dados a conocer. Uno de ellos es su única novela, La promesa (2016), en la que me gustaría detenerme porque es la que junto con otra infantil y la ya citada Los que aman, odian, con Bioy son las de largo aliento, si bien tampoco en ninguno de los casos se trata de obras ambiciosas desde el punto de vista de su longitud. Sí, probablemente lo sea de la complejidad de todas ellas.
     
Pero sumerjámonos (valga el pleonasmo, como veremos) en La promesa, (2011) cuyo título fue variando a lo largo del tiempo, hasta devenir obra definitiva, al menos en lo que al momento de su publicación póstuma se refiere. Desconocemos si Ocampo, que la dejó inédita, no hubiera introducido modificaciones (incluso sustanciales) al manuscrito.
     
Se trata de un dispositivo narrativo para nada renovador ni radical, salvo por el conjunto de dibujos que emanan de su pincel de escritura: historias dentro de una historia central. Ocampo aquerencia una tipología literaria narrativa como la de las Mil y una noches o los cuentos de Chaucer. En efecto, una narradora, quien cae de un barco, en tanto se mantiene a flote o, vagamente, en una balsa, refiere una serie de historias, guiándose más por los personajes que las protagonizan que por las historias que ellos protagonizan. Encabezada cada breve parte de la novela con un nombre propio y su correspondiente apellido en cursiva, en ocasiones repetidos hasta lograr una saturación de contenidos, Ocampo traza una constelación de imaginación narrativa en la cual no están ausentes ninguno de los rasgos propios de su prosa de imaginación: nombres y apellidos absurdos, ambiguos, extravagantes o extraños, que muchas veces aluden a temas de sus caracteres o rasgos de la trama que será narrada, escenas de crueldad o candidez extremas (o mezcladas), caprichos, anomalías, inocencia, transgresiones a toda ley social que pretenda universalizar tanto la ley del género, la clase social u otras dimensiones la organización de la dimensión institucional de la cultura. De este modo, Silvina Ocampo toma por asalto las tramas del poder y las socava de modo corrosivo, desde la economía de los signos.
     
Quien promete (tal es el origen del compromiso del pacto narrativo de esta estructura narrativa titularmente), se compromete a dar cuenta de un universo de expectativas trazadas previamente o a otorgar un regalo o, por qué no, un don. Cada juramento exige de su consumación mediante el acto. Y, en este caso, la promesa debería consistir en que exista una arquitectura y un diseño narrativo específicos. En este sentido, la novela se torna fragmentaria, dispersa, por momentos errática. Existen esos momentos en los que la narradora alude a la circunstancia del marco de los relatos enmarcados. Esos párrafos nos recuerdan que estamos leyendo una novela y no un mero libro de cuentos engarzados. Ahora bien: Ocampo promete una novela. ¿Cumple, exactamente ella? ¿se compromete con ese quehacer que su título demanda o acaso sea un título paródico? Mi respuesta es: sí y no. Por un lado escribe una anti-novela: no hay finales inesperados o sensatos, ni siquiera efectistas; no está presente un narrador nítido (pero sí uno dominante) sino un conjunto de ellos en simultáneo, de carácter coral, que tanto desconciertan como siembran de dudas y vacilaciones al lector, porque se manifiestan, dispersos; no existen capítulos salvo la indicación sucinta de nombres. Esta nominalización pauta narratológicamente la novela a través de identidades, esto es, por sujetos tanto de un género como de otro. Por otro lado, la novela se inscribe en una tradición altamente fecunda en Oriente tanto como en Occidente, según la cual ese contrapunto arborescente, regresa a la savia y revitaliza a la especie, en este caso literaria. Cuentas de un collar que es como decir cuentos de una serie revisitada.
     
Abordando el costumbrismo, los espacios claustrofóbicos (zoológicos, piezas, salones, sótanos), las travesuras, las golosinas y los dulces, las relaciones humanas más ambiguas pero también más ricas en matices, en su ruptura con el sentido común, sus personajes, cumple de modo afirmativo con lo que ha prometido. Y lo hace, esta vez sí, desde un ángulo no obstante novedoso en lengua española o, mejor aún, nada menos que en una variante rioplatense. Ocampo juguetea con la tontería, la hilaridad, el nonsense, los detalles más macabros en los contextos más inocentes. La promesa es un intento de una tozuda cuentista por alcanzar una zona de la experiencia narrativa desconocida en su práctica escrituraria, pero de modo evidente largamente acariciada. Lograda con prudencia, pero no de modo magistral o acaso satisfactorio en su sentido más pleno, muestra sin embargo la maestría de una pluma valiente e intrépida por encontrar nuevos senderos para búsquedas de su pluma en particular y de la literatura en general.. Por otra parte, algunos de los fragmentos de esta novela fueron tomados de ella para ser utilizados como cuentos en Los días de la noche (1970), uno de sus libros de narrativa breve. Lo que viene a ratificar entonces el carácter autónomo de cada capítulo/cuento. Difícil resulta entonces para el estudioso investir a este texto de una tipología. Sí es evidente que se trata de estructuras narrativas que modularmente se articulan y desarticulan a la vez. Pero eso sí, en él late la poética ocampiana en todo su magnífico esplendor. Si esta fragmentación da cuenta de una suerte de caleidoscopio narrativo también es posible que esta narrativa astillada sea creativamente una propuesta innovadora.
     
Silvina Ocampo fue la menor de una familia de cuatro hermanas (una quinta falleció de pequeña), lo que la llevó a afirmar que se sentía “la última de un largo etcétera”. Y de su posición frente al mundo la llevó a afirmar: “no soy sociable, soy íntima”. Gozaba de un temperamento personalísimo y me atrevería a afirmar que en un punto hasta misterioso, secreto y extravagante. Se supo rodear de figuras idénticas o afines a ella. Algunas inquietantes para la ley social y desafiantes a la ley social establecida, tal como ella misma lo fue sin grandes gestos teatrales ni protagonismos. Pero el clima que se respiró en ese hogar fue el de la heterodoxia. No el de la formalidad que podría haberse esperando de una hija del patriciado. Evidentemente si bien fue estimulada desde muy tempranamente su vocación estética y artística, probablemente sus mayores no alcanzaron a vislumbrar los umbrales que Silvina Ocampo se atrevería a traspasar y las trampas que sortearía y eludiría desde la posición de quien subvierte..
     
En coautoría con Juan Rodolfo Wilcock, uno de sus amigos más próximos, escribió  un drama titulado Los traidores (1956), de notable calidad literaria, ambientado en una Antigua Roma de intrigas palaciegas.
     
Realizó numerosas traducciones pero considero que la más destacada fue sin lugar a dudas la de una amplia selección de 596 de los 1775 poemas en total de la estadounidense Emily Dickinson, otra iniciativa innovadora para el campo intelectual argentino. Dio a conocer versiones de poemas de Verlaine, otras del inglés Wordstwosth, así como algunas del latín. Manejo la edición de la traducción de Dickinson con Prólogo de Borges en la que la saluda como la mayor voz poética femenina y también indica allí la naturaleza fecunda de Nueva Inglaterra, EE.UU., como fermento para la creación por parte de poetas y narradores.
      
Cercana naturalmente al grupo Sur, no obstante supo vincularse a otras figuras literarias de relieve como Manuel Puig, María Elena Walsh, Alejandra Pizarnik (a quien dedicó un libro póstumo singular, Ejércitos de la oscuridad), entre otros autores de nota.  Todos ellos por consenso reconocieron de modo ponderativo su talento.
     
Algunos de sus inspiradísimos cuentos, como los incluidos en los libros Los días de la noche, Autobiografía de Irene, Las invitadas, y los sutiles de Cornelia frente al espejo (cuyo cuento homónimo fue rodado), al igual que otra colección, titulada Y así sucesivamente, dan cuenta de una autora que a partir de matices sumamente renovadores, en ocasiones acude a relecturas de la tradición maravillosa, en otras a resoluciones del orden de lo fantástico, al humor, al ridículo hasta alcanzar incluso el mismo absurdo. Se permite la maldad  y la perversidad. Muchas piezas rozan la prosa poética, habiendo casos que llegan al colmo de cuentos escritos en verso. Siempre mantuvo una intensa relación con el mundo de la naturaleza y con los animales, además de con las sensaciones plásticas y sensoriales. Todo ello quedó plasmado en su poética.
      
Se publicó una vez fallecida un libro de entrevistas, prólogos, conferencias y ensayos: El dibujo del tiempo (2014). Lo tituló de ese modo Ernesto Montequin, responsable de todas sus publicaciones póstumas y anotaciones de crítica genética sobre los manuscritos y sus diversas variantes redaccionales y pre redaccionales.
      
La primera vocación de Silvina Ocampo fueron el dibujo y la pintura, habiendo tomado clases, entre otros, con el pintor italiano Giorgio de Chirico y Fernand Léger. Realizó largos viajes con su familia por Europa, incluso uno que duró dos años, hospedándose en un lujoso hotel de París. Conocía a la perfección los idiomas francés e inglés, porque los había estudiado primero con institutrices y más tarde perfeccionado en los países que visitó, no sólo durante su infancia.
     
Amiga íntima de Borges, recordemos que junto con él y Bioy Casares compilaron en 1940 la mítica Antología de la literatura fantástica, que sentaría un precedente inaugural para senderos insospechados del curso futuro de la literatura argentina, cuyos ecos aún se escuchan. Ese libro, junto con sus respectivas obras y la del grupo de autores más valiosos que los rodearon, probablemente hayan nacido los libros mayores de un corpus argentino necesitado de producciones cosmopolitas a tono con el mundo.
     
Precisamente, los círculos intelectuales cosmopolitas porteños solían adoptar la forma de ghettos en los que ingresaban unos pocos elegidos. Todos se conocían. Si bien no era condición indispensable pertenecer al patriciado, éste sí era un rasgo de inclusión importante porque podía (en algunos casos al menos) garantizar el acceso a una abundancia simbólica y cierta clase de socialización que beneficiaba los vínculos, junto con un determinado status que sin embargo no necesariamente era determinante a sus ojos.
      
En el caso de Silvina Ocampo se suma a la plástica una fuerte inclinación por la música. Era ante todo una mujer cultivada en todas las artes, habiendo desarrollado un excepcional sentido de la sensibilidad pero jamás se consagró a la crítica literaria de modo profesional. Teniendo en cuenta que no había accedido a una educación formal, mediante ciertas astucias y privilegios alcanzó un nivel de formación superlativo que para las mujeres de su tiempo era infrecuente. Jamás fue frívola y tuvo un talante visionario excepcional. Si bien sus orígenes de clase resultan inocultables, por escenarios, vestuarios, paisajes y escenografías por los que desfilan no sólo personajes sino ella misma (tal como aparece su figura esos ámbitos como si fueran los naturales), esos espacios aparecen en sus ficciones o poemas, al igual que el campo. También, naturalmente, por una cierta clase de habla, de uso de la lengua que ella recrea desde lo literario. Y respecto de la oligarquía hay siempre toma de distancia que no llega sin embargo al repudio. Más bien diera toda la impresión de que Silvina Ocampo ejecutó una transacción: adoptó la posición de beneficiarse de lo mejor que esa clase podía ofrecerle a cambio del capital simbólico que se sentía llamada a recibir para crear, a cambio de cumplir con elementales rituales o ceremonias, pese a que no cabe la menor duda llegó a tomarse numerosas licencias en varios planos de su vida.
     
En sus cuentos es posible apreciar también a veces el falso buen gusto o lo que suele denominar kitsch, pero esa es tan sólo una de las vertientes que trabajó. Hay fuertes transgresiones en el orden de la representación literaria en los roles de género, categoría que desde la dimensión normativa ella con su escritura tiende a desestabilizar. Aparece el travestismo en algunos de sus cuentos, por citar un ejemplo. Silvina Ocampo crea o evoca pero al hacerlo trastorna el modo de dar cuenta de ese significado. Revisa categorías sociales naturalizadas (deliberada o inconscientemente) pero también innova en formas tanto de pensamiento como en las formas de concebirlo.
      
Escribió espléndidos cuentos infantiles, además de una novela para niños que recién se dio a conocer en forma generalizada en Argentina en 2007. Se había distribuido oficialmente y circulado escasamente en 1986. Titulada La torre sin fin, en abierto homenaje al escritor inglés Lewis Carroll y sus Alicias. En ella el protagonista se recluye luego de transitar por un castillo interminable y lleno de espacios que lo desorientan en la torre de la misma. Lo que pinte o dibuje se volverá real, produciendo, lo que, teniendo en cuenta que estamos leyendo una novela (esto es, una representación de la realidad), produce un efecto en abismo. El protagonista, luego de recibir varias visitas, saldrá finalmente de esa torre convertido en alguien distinto que ha vivido experiencias singulares, incluso la de haber estado frente al mal en persona.
      
La fallecida escritora y académica argentina Noemí Ulla fue una de las primeras en situar a Ocampo en el lugar merecido del campo intelectual argentino a través de una serie de investigaciones, estudios críticos, un importante libro de diálogos y compilaciones de escritos dispersos de carácter pioneros todos ellos, lo que la ubica en un lugar precursor de la crítica universitaria en la revisión y consideración del corpus ocampiano desde épocas tempranas. La aparta también de dos figuras que la opacaban como la de Borges y Bioy Casares.
     
Celebrada por escritores de la talla de Italo Calvino y Julio Cortázar, su obra está a la altura de las de mayor excelencia del mundo entero y, debidamente visibilizada en todo su alcance y esclarecido el diálogo que logró entablar con numerosas tradiciones universales a través de su inteligencia y erudición, su poética será debidamente consagrada.

 

 

 

                                       AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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