Infancias

May 3, 2019

La cocina es verde. Verde aparador. Y queda al fondo. Hacia el fondo se llega por una línea recta que cruza muchos reinos, todos delimitados por puertas que dan a los costados. El último reino es la cocina. De la cocina salen dos puertas: una con mosquitero que da a un patio y otra que da a un pasillo. Esta última casi nunca se abre, es una de esas puertas puesta por compromiso.
 

 


Las sillas pesadas de madera sólida, esas que vemos hoy en las tiendas boutique de San Telmo,  hacen ruido al correrse, y alrededor de la mesa estoy yo, persiguiendo a mi abuela para desatarle el delantal.

El delantal sirve para modelar la cintura, me dice ella, por eso lo lleva puesto como un uniforme todo el santo día.

No hay otro olor sobre la tierra parecido al de la cocina de mis abuelos. No hay otro refugio donde esconderse que sea tan cercano y lejano a la vez.

Juego con una de las alacenas que está en el bajo mesada. Una puerta del rincón me lleva a un estante interior que gira. Me parece una maravilla tecnológica, y no paro de hacerla girar contando las veces que el café instantáneo y la malta pasan por la puerta.

A eso juego un día cualquiera en la cocina de mis abuelos muy lejos de mi casa.

Me he quedado sola en ese universo verde, y nada me importa menos, porque me siento a salvo. Los demonios han quedado fuera, y no se les permite entrar.

 

 

Texto y foto: Patricia Lohin

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