Leopoldo Brizuela: dejar lo mejor que se tiene

May 22, 2019

Entonces entró a la habitación con una caja llena de libros suyos para que
eligiéramos los que quisiéramos. Tomé una Sontag y una Peri Rossi, de oídas. Yo tenía 22 años y ahora tengo 48. Después, a lo largo de todo un año, leímos a Flannery O’Connor, especialmente un cuento que era su favorito: “Todo lo que asciende tiene que converger”. Y nos habló de la magnífica novela El cuarto de atrás (1978), de Carmen Martín Gaite, que se convirtió luego en una de mis escritoras de cabecera. Me regaló una carpeta íntegra con recortes de prensa sobre Alejandra Pizarnik, autora que por entonces probablemente yo leía en demasía. 


Leopoldo Brizuela, en su taller, siendo yo muy joven, tuvo el don de enseñarme que podía contar historias. Y que esas historias podían conmover a las personas. Lo que no solo no es poco, sino para alguien que está empezando a escribir es muchísimo. 

 

 

Después nos perdimos de vista. Él por una vocación cada vez más firme. Una escritura creativa sólida, coherente, atenta a no trastabillar en la excelencia por el mero afán de publicar o multiplicar dividendos. Tampoco estuvo dispuesto a ser triturado por la maquinaria de la celebridad. Guardó además siempre un perfil bajo.


Inglaterra. Un fábula (1995), ganadora del Premio Clarín de novela, me parece sencillamente una obra de genio. Sistematiza allí el legado de esa nación bajo una forma clásica y sin alardes de erudición pero sí de operaciones de transposición y traducción cultural sobresalientes. Naturalmente la figura de Shakespeare es evocada de modo casi fatal, como si fueran sinónimos patria y dramaturgo. No solo no pudo escapar a esa ecuación sino que resulta evidente que deliberadamente la buscó. En tal sentido, estimo que Leopoldo Brizuela trabajó articulando de modo inteligente el vínculo entre su sistema de lecturas y su escritura. Porque en esa misma clave leo su libro de poesía Fado (1995) como antesala musical de Lisboa. Un melodrama (2010). Ambos libros reenvían al universo significante lisboeta mediado por una melodía que por lo tanto trabajó tanto desde la lírica más sutil hasta la prosa más caudalosa. Recordemos que se trata de una novela que es sumamente extensa. De modo que de la condensación y la síntesis del pentagrama pasa a amplificar mediante una nueva forma algunos temas que dibujan una confluencia. La lírica concisa de Fado en tanto que partitura se completa esta vez no con una fábula convencional sino con un melodrama (digamos) narrativo ambientado en una geografía que en su poética ya tenía un antecedente intratextual. Solía subtitular sus novelas, como si fuera necesario, mediante una práctica aclaratoria, delimitar su universo de sentidos: qué es lo que iba a leerse a continuación. O, en todo caso, qué es lo que Leopoldo Brizuela quería que se leyera. Entre advirtiéndonos y proponiéndonos una cierta, nuevamente, clave de lectura.


Si tuviera que recordar a Leopoldo Brizuela, no solo por lo que dicen sus discípulos y colegas, sino sus lectores, todos le estamos sumamente agradecidos. Tal como lo dijo su amiga la escritora Luisa Valenzuela refiriéndose a Susan Sontag cuando a su vez eran amigas, Leopoldo Brizuela, al igual que Sontag, fue siempre un hombre enormemente generoso con sus colegas, que supo brindar lo mejor que tenía sin solicitar favores a cambio. Sabido es la gran cantidad de contratapas y prólogos para otros escritores o escritoras que escribió, cómo ayudó a publicar a inéditos que incluso en ocasiones fueron luego revelaciones y cómo colaboró con los asistentes a sus talleres de modo excepcional. Todo lo que importa tiempo y capacidad de humildad.

 

 


Afortunadamente recibió los máximos reconocimientos a los que un autor de su edad puede aspirar. En efecto, obtuvo los más relevantes premios y distinciones, un Subsidio del Gobierno de Portugal para investigar sobre la cultura de ese país (que visitó durante una temporada) y que, así lo entiendo, constituyó el sustrato de la citada novela. Se dio el lujo de entrevistar a José Saramago, diálogo que así lo adivino, ha de haber abundado en consensos. No me cuesta imaginar ciertas escenas de ese diáogo en una lengua que era y no era la propia. Porque los escritores solemos hablar una sola lengua: la de la escritura.


Mantuvo con la academia argentina relaciones tensas. Le costó adaptarse a sus reglas como alumno, por un lado. Luego, ya consagrado, las del extranjero le tributaron los máximos honores.


Promovió con énfasis e hizo hincapié en la difusión de la literatura escrita por mujeres y supo sistematizar en una antología de pareja calidad y con un pluralismo notable lo que él denominó Historia de un deseo. El erotismo homosexual en 28 relatos argentinos (2000), un libro valiente. Pienso que algo que sí vale la pena hacer notar es que no todos los autores y autoras de este libro eran homosexuales. Precisamente, a Leopoldo Brizuela le interesaba menos relevar un catálogo de escritores y escritoras de esa identidad sexual que de textos de excelencia que ilustraran lo que él se había propuesto como meta para el caso.


Estuvo tempranamente vinculado al universo de la música, ya desde sus inicios en el mundo cultural, más concretamente junto a las figuras de Leda Valladares y María Elena Walsh. Precisamente, en ella fue en quien reconoció a quien fue: a una precursora. Y una maestra de generaciones de escritores y escritoras no solo de literatura infantil. Ella también fue una artista valiente. Y vale recordar que Leopoldo Brizuela también fue intérprete musical. Dato que no ha sido tan difundido. Uno de sus primeros libros, Cantoras (1987), consiste en una serie de entrevistas a intérpretes argentinas a quienes él admiraba profundamente y que fueron quienes compusieron ese friso musical de buena parte de nuestra cultura popular, en particular ligada a nuestro folkore: Leda Valladares, Mercedes Sosa y Gerónima Sequeida. Ya en este punto, desde sus “libros de comienzos” Brizuela pone el acento en el doble costado sensible que adoptaría su obra. No solo a narrar sino que, inquieta, se interesaría por fenómenos como la canción popular vinculada distintas regiones planetarias. Y sin lugar a dudas ello ha de haber incidido, como ya lo adelanté, en la índole de su prosa. Probablemente en una cierta cadencia, un ritmo, una puntuación, ciertas figuras, incluso determinadas imágenes plásticas fraguadas desde la letrística. Sus libros no eran solo el fruto de la erudición libresca sino también de cierta puesta de atención auditiva.


Otra zona que no descuidó fueron sus teorizaciones en torno de la escritura. En efecto, preparó un libro breve pero significativo, que se titula Instrucciones secretas (1998). en el que recorta fragmentos de declaraciones de distintos escritores y escritoras acerca ese oficio y los ordena según un criterio acertado. Llegado a este punto me gustaría hacer notar que realizar un libro de estas características importa la lectura previa de una abultada masa bibliográfica así como un rastreo de fuentes en torno de estos contenidos no únicamente en el marco de libros consagrados a la materia sino en entrevistas, reportajes prólogos, prefacios o bien en otra clase de declaraciones dispersas. Nuevamente Brizuela demuestra una enorme capacidad de investigación creativa para capturar desde lo microscópico proyectándose de modo fecundo hacia lo macrocóspico tendientes a una serie de temas de índole sustantiva para que quienes escribimos tengamos ciertas pistas.


Fue un sobresaliente traductor (tradujo por ejemplo los cuadernos de trabajo de Antón Chéjov, un autor que le gustaba) y deja aportes sustantivos a la prosa de imaginación de los siglos XX y XXI en Argentina y el mundo. Solía documentarse para sus ficciones. Y sin embargo su prosa jamás pierde encanto, pese a ser en algunos casos producto del registro de sucesos constatables o de investigaciones documentales. Tal el caso de su última novela, Ensenada. Una memoria (2019), con el que cierra una suerte de trilogía iniciada con su obra de 1995. Leopoldo Brizuela fue traducido a su vez a gran cantidad de idiomas, lo que constata que se trató de un escritor que despertó un encendido interés internacional.


Trabajó sobre los silencios en la tradición argentina. De allí, a mi juicio, más allá de toda inclinación personal, su labor en torno de la promoción de la literatura escrita por mujeres que se tradujo en intervenciones potentes y concretas. Entre ellas la divulgación de la narrativa de Sara Gallardo, Luisa Mercedes Levinson, la amistad con la misma Luisa Valenzuela, entre muchas otras escritoras a las cuales siempre se ocupó de difundir desde distintos foros. Trabajó entonces, desde esos márgenes introduciendo cambios a través de operaciones complejas en el campo intelectual argentino con vistas a ubicar en el centro a figuras que habían permanecido veladas o en los arrabales de la  cultura literaria de nuestro país. Incluso del mundo. Aún recuerdo cómo refirió en cierta entrevista su descubrimiento deslumbrado en un casual vuelo en avión a la cuentista canadiense Alice Munro.


Ganó siendo extremadamente joven el Premio Fortabat de novela, en 1986, por su novela Tejiendo agua. Lo que habla de un escritor de vocación precoz y talento temprano. Ya se trató de una novela consumada. Y reconocido fue su compromiso político trabajando en emprendimientos culturales en el marco de ámbitos de Derechos de Humanas. Fue sensible a las tramas del dolor social traducido en emprendimientos concretos.


El placer de la cautiva (2000), una nouvelle en este caso, entabla un coloquio interesante con otra vertiente de la tradición argentina, esta vez con la fundacional, formulando un desvío sagaz a partir del modo como una persecución a una cautiva adolescente por parte de un grupo de aborígenes la hace desarrollar una serie de astucias que alcanzan hacia el final un punto culminante por completo inesperado. En este caso en particular, el intertexto es naturalmente de índole argentina, en lugar de extranjero. En este caso su poética reenvía a la construcción misma de la cuestión identitaria nacional. Y a la construcción misma de la cultura literaria argentina, agregaría yo. Motivo por cual el marco de referencia lo constituye unos de los intertexto canónicos, sobre el cual Brizuela mediante nouvelle invita a una reflexión metatextual.


Conversando cierta vez con una colega escritora y académica, me decía que su libro de relatos Los que llegamos más lejos (2002) le había hecho cambiar la mirada sobre las líneas hegemónicas de la narrativa argentina. A la luz de todo lo que escribió y leyó (además de ayudar a leer a otros), estimo su juicio no era errado.


De modo que en la figura de Leopoldo Brizuela nos encontramos con un escritor cosmopolita que mira, por un lado, con un sentido de amplitud sin precedentes, a la cultura literaria universal de todos los tiempos que, mediante determinadas operaciones como la traducción, la escritura de periodismo cultural, la realización de antologías y la docencia ordena según un criterio absolutamente original dicho legado y lo organiza selectivamente. Por el otro, el de alguien que, con un enorme conocimiento, lo elabora a través de teorizaciones y lo reelabora en sus ficciones de manera sofisticada y jamás inofensiva. En todos esos casos tradición e innovación entablan un coloquio y definen la poética de un creador de avanzada. Simultáneamente, es posible advertir a un productor cultural que desde de marcos de referencia extranjeros de modo culminante cierra ese ciclo de amplio alcance concentrándose de modo definitivo en su propia nación y sus tradiciones, inscribiéndose en la voz de algunas de ellas y formulando intervenciones en torno de otras.


Aquél 1963 en que nació se cierra con este 2019 que nos llena de consternación, que no olvidaremos sus lectores, quienes lo conocimos o quienes lo frecuentaron. Se cierra el círculo de una vida y nos deja la mirada centrípeta de su obra con sentido de apertura, de la contundencia desafiante de un artista con compromiso con su tiempo histórico. Ejemplo de la consagración total del escritor a su obra y a una mirada de rebelión hacia la opinión cristalizada y los prejuicios brindándonos, en palabras de Griselda Gambaro, lo mejor que se tiene.

 

 

AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

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