Entre poética y crítica musical: leer a Luis Alberto Spinetta

June 12, 2019

La presente investigación multidisciplinaria sobre la biografía y la obra del músico argentino de rock Luis Alberto Spinetta, titulada Luis Alberto Spinetta. El lector kamikaze (Bs. As., Ed. Patria Grande, 2017; reed., Sudestada, 2019) de Juan Bautista Duizeide, indaga en varias de sus aristas, etapas creativas, compases, así como en la evolución de un pensamiento, su ejercicio de composición y ejecución musical que nunca cesó de explorar nuevos territorios. En efecto, desde un abordaje que acude al análisis cultural pero también a la de la crítica musical y literaria, por momentos a una crítica sobre ciertas  producciones de cine o el videoclip y, por supuesto, relevando las fuentes de toda índole inspiradores de la obra de Spinetta, Juan Bautista Duizeide pinta un retrato, mediante pinceladas sutiles, fugaces, breves pero eficaces de la poética musical de un hombre inconformista con su país y con su época, que lo manifestó fundamentalmente traduciéndolo en su música. No diría precisamente que constituyó una personalidad agresiva. Sus modales eran demasiado cordiales y civilizados, no era escandaloso  y era dado también por sus premisas, al pacifismo.

 

 

Desde sus primeros coqueteos con alguna agrupación política y cierto episodio mítico en relación con el consumo de droga liviana (narra Duizeide), Spinetta tempranamente ya funda una estética que será inclaudicable y fiel a sí misma llevándola hasta sus últimas consecuencias. Una escritura letrística ajena a las corrientes que surcaban la escena hegemónica contemporánea, que no se parecía a nada y que,  quizás por ese motivo, en parte fuera incomprendida, por un lado. Pero por el otro, fuera incomparable. Abrevando en fuentes tan diversas y sincréticas como lo eran los Beatles y otros ritmos de rumor musical de menor circulación, su música comienza a encontrar un perfil nítido cuya autonomía lo exime poco a poco de influencias exógenas sustantivas porque conquista una autoconstrucción de artista completo que lo constituye en una figura insustituible en el panorama cultural (no solo musical) argentino.

 

Ante todo, como señala Duizeide, la música de Spinetta no es para la disco, de índole bailable, sino para escuchar. Para atender a ella. Y callar. Esa indicación de la posición física tanto como del espacio en donde se lo escucha debe ser leída también como una definición de su poética musical. Se está atento a ella para decodificar sus sentidos y descifrar la mirada. El contraluz  que propone a cambio de no transigir con un mercado ávido de novedades que de modo envolvente capturen a la juventud. De ahí ese rechazo visceral del propio Spinetta cuando con la primavera alfonsinista se introduce en la cultura musical argentina el conocido estallido del rock nacional y cunde una explosión de la que surgen los grupos de corrientes más pop que rock, que saturan los boliches y en las cuales Spinetta era considerado ya un dinosaurio cuando no un excéntrico.

 

Por otra parte, hay una suerte de histórico malentendido en el que su música no es entendida en todo su alcance y, también, en su carácter pionero tanto como en su riquísima dimensión creativa. Una música abrumadoramente innovadora, que avanza sobre su época pero es tildada de “hermética”, “difícil”, “rebuscada”. Estos son algunos de los adjetivos con los que habitualmente se lo calificó (o descalificaba) tanto por  otras bandas como por cierto público. Y es que en verdad se trata ante todo de un creador indetenible ante su propia energía que jamás permitía que otros lo congelaran en tic ni se permitía a sí mismo hacerlo en fórmulas confortables. Muy por el contrario, asumía riesgos, lo que lo hizo objeto tanto de diatribas, de indiferencia cuando no de abierta hostilidad tanto del público como de los medios especializados o bien, como dije, de otras bandas. Estas son, a grandes rasgos, algunas de las hipótesis de Duizeide o, en todo caso, la lectura que hago de ellas.

 

 

                Juan Bautista  Duizeide, autor del libro.

 

Se da en Spinetta algo que con pocos músicos acontece y es que su sistema de lecturas pasa a incorporarse, a sumarse tanto ideológicamente como en cuanto a la posibilidad de plasmarse en imágenes plásticas y prismáticas. Artaud, fundamentalmente. Pero también Rimbaud, César Vallejo, Idea Villariño, Carlos Castaneda (de dudosa reputación entre los antropólogos latinoamericanos serios pero que Spinetta ayudó a difundir de modo elocuente entre sus fans y al que, por propiedad transitiva, atribuyó calidad), Foucault, Derrida, Deleuze, las cartas de Van Gogh a su hermano. Estas son las fuentes que Duizeide menciona como las más significativas.  Convengamos que no se trata de lecturas fáciles. Son más bien incómodas, perturbadoras, riesgosas de transitar porque exponen a los sujetos a los costados más descarnados de la experiencia humana (también a los menos felices), a los más preocupantes pero también a un carácter que en los términos más vulgares llamaría realista porque dan cuenta sintomáticamente de experiencias intelectuales que procesaron tanto las condiciones sociales como políticas, artísticas como antropológicas sin concesiones y de modo exigente. Pero son fuentes calificadas. Por otro lado, está ese recelo de Spinetta frente a las vanguardias (tanto políticas como estéticas), que arrasan consigo a los creadores y los serializan en una suerte de ola cuyo ímpetu los hacen perder su propia identidad. Suerte de gran castigo, a mi juicio. Surrealismo, dadaísmo, futurismo, ruidismo. Esta observación ya había sido realizada por otros europeos, fagocitados o bien que habían podido tomar distancia, pero Spinetta, parece advertirlo termpranamente, sin por ello dejar de asistir como testigo y consumidor a la industria cultural porteña y sus novedades, al menos tamizando lo más valioso. Movimientos que alimentaron tangencialmente el enorme plasma creativo del músico pero frente a los que siempre se manifestó prudente porque se manifestó sincero. También tuvo reparos frente a otros artistas. Pero voy al punto: Spinetta fue siempre un gran lector. Y un eximio escritor de sus letras y de algunos manifiestos. No toleraba la instrumentalización del hombre por el hombre, la cosificación, la explotación, la reificación de las relaciones sociales, el belicismo, la represión de los sujetos, los confinamientos por la así llamada falta de cordura o quizás también por factores políticos y toda fuerza ante la que sucumbiera el espíritu expansivo de la libertad de las personas para realizarse mediante el arte (fundamentalmente) pero también a través de una acceso mínimo a ciertos bienes materiales, simbólicos y, según sus propios términos, espirituales. Quiero decir: estuvo atento también a la justicia social. Todo lo que acabo de desarrollar es mi lectura de información y reflexiones lúcidas e inteligentes de Duizeide.

 

Duizeide postula a un Spinetta, jugando con uno de sus álbumes, como un lector que adjetiva de “kamikaze”. Un lector kamikaze es un lector que asume riesgos. Y riesgos a costa de su vida. Quiero decir: la pone en riesgo. Es un lector joven (o de espíritu joven) que no teme eventualmente exponerse al suicidio peligroso porque también es un lector arrojado. Los kamikazes, narra Duizeide, eran los aviadores japoneses que frente a la avanzada de las tropas estadounidenses se suicidaban estrellándose contra las naves enemigas. Pero eran personas llenas de rituales, cuidadosas, respetuosas, que meditaban sus actos y adoptaban ese rol como una misión sagrada. Y en Japón fueron unos 1.500 jóvenes sacrificados. Y, si se me prefiere el término, estuvo lugar bajo la forma de un martirio. Eso lo sabía perfectamente Spinetta cuando tituló uno de sus álbumes. La persona que envió a esos kamikazes a morir, ya derrotado y arrepentido, se sometió al ritual del sepukku, mediante el cual se autoeliminan las personas abriéndose el vientre con un sable. Después de una agonía de dieciséis horas este líder finalmente murió. Antes había pedido disculpas a los parientes de las víctimas. Pero ser un “lector kamikaze” es ante todo ser un lector dispuesto a ofrendar la vida por el arte al cual la ha consagrado. Esta es una hipótesis potente del estudio de Duizeide. Articulando entonces literatura y lecturas filosóficas o antropológicas con su música (con armonías, por otra parte, muy inhabituales e inimitables), Spinetta logra lo que pocos: transponer a una obra musical sin precedentes, como a una pequeña caja de música, una arquitectura musical que le brinde sostén teórico en el plano ideológico pero no necesariamente explícito en esas letras. No le interesa hacer divulgación filosófica ni literaria. Más bien que esas fuentes lo provean de formas desde el plano de las ideas (o de lo ideológico) y hasta lo plástico para adaptar su sistema de lecturas los efectos de inspirar o fundamentar sus letras y acompañarlas de melodías con una cierta retórica. Él no ha venido a este mundo a pontificar ni a dar sermones. Sencillamente se sirve del arte de la literatura y el orden del pensamiento de modo sugerente para que su música gane en contenidos pero no en difusión de un aparato teórico de celebridades. No aspira a hacer pedagogía de masas (o de minorías, en todo caso) sino, por el contrario, a que sus piezas de orfebrería tengan un fundamento, indaguen en ciertas dimensiones y núcleos de la realidad (por lo general urticantes pero no necesariamente polémicos o revolucionarios desde el punto de vista político). Busca nuevas formas de crear, por un lado. Pero esencialmente -y este es el eje de mi argumentación- a lo que esas filosofías, ideas antropológicas u obras literarias le aportan como alimento y como fermento para que de ellas nazca procesado antes algo distinto convertidos en nuevos recursos, figuras, formas, de los que se sirve para alimentar una poética coherente siguiendo sus puntos de vista. Y coherente lo fue hasta sus últimas consecuencias pese a cambios en las formaciones de sus bandas, la evolución de álbum  a álbum o bien de una etapa de la Historia a otra de su país y del mundo. También de su propia vida.

 

Duizeide rastrea una notable filmografía en la cual aparecen tanto cortos como mediometrajes y largometrajes de bandas de Spinetta o bien de él como solista y detecta lo que se atreve a denominar, con un anacronismo interesante que, declara, podría llegar a ser considerado “el primer videoclip” de nuestra cultura musical. Spinetta participó como actor, no sólo como realizador de bandas de sonido de películas, y eso constituye una muestra más de su plasticidad de mutar de ambiente y de roles, de encarnar personajes y, sobre todo, lo que subraya Duizeide, de jugar con una androginia cuyo aspecto de hombre delgado y de facciones finas favorecía.

 

Falleció en 2012 de un cáncer de pulmón. No estaba atento a las modas, como dije, sino que, en todo caso, las creaba de un modo secreto para que instalar estallidos en el modo de crear bajo formas y contenidos firmes en función de su trabajo pionero. Eso son sus letras: poemas. Pero, como es sabido, se mantenía por fuera de los circuitos de circulación de la música comercial y de masas. Había de tanto en tanto alguna canción suya que por algún motivo devenía hit, pero se trataba más de una excepción y era más bien un hacedor de clásicos llamados a sostenerse de modo inamovible en la Historia del rock. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, “Muchacha ojos de papel” o bien “Plegaria para un niño dormido”? Todo conduce a pensar que no Spinetta no fue ni será nunca un músico coyuntural, sino de alguien que venía a edificar diseño de un nuevo rock nacional en su vertiente estéticamente más perenne y llamada a no perecer en el énfasis incluso de sus canciones quizás menos inspiradas, pero siempre cuidadosas. Alguien llamado a perdurar en la memoria de Argentina y de la Historia de nuestra cultura musical como un hito y como una leyenda.

 

Por otra parte, Duizeide procede a un análisis e interpretación muy minuciosos (¿de crítica literaria, de crítica musical? ¿de ambas?) de las letras de las canciones, citando profusamente buena parte de ellas. Se trata de un estudio de significantes y significados. Muy atento a lo fónico tanto como a lo sémico. Podemos ver desplegada a lo largo de buena parte del estudio canciones de distintas etapas de la trayectoria de Spinetta, apreciar su evolución y, entre otras cosas, acceder a sus pudores y a sus permisos, a su poesía y a una intensa intertextualidad pero también a una radical originalidad. Ver el  modo en que privilegia la condensación poética por sobre la lírica más evidente y Duizeide pone estos análisis en diálogo con la Historia y con la historia más menudo de Spinetta o, en todo caso, si se prefiere en palabras más convencionales, con su biografía. Esa persona que quería volverse literalmente invisible cuando bajaba del escenario. Pero no convendría confundir este libro con una biografía en su acepción más convencional. Por momentos diera la impresión de un estudio. Preferiría llamarla una según lo leo como una investigación sobre Spinetta.

 

Ahora bien: me gustaría referirme a quien  ha realizado precisamente esta investigación y no sólo  al sujeto por ella abordado. Juan Bautista Duizeide demuestra en este trabajo una cultura general amplia, sólida, consolidada. Diestro, sabe acudir a casi todas las ramas del arte y los conocimiento, con formación e información precisa y también con temeridad en las hipótesis. La consigna de Duizeide es leer a Spinetta sin cobardías. Quizás también de un modo kamikaze. Y a sabiendas de que siendo el músico ya reivindicado como figura jerarquizada, hacerlo objeto y corpus de investigación resulta tarea como mínimo exigente. De modo que útil resulta su método: referencias a saberes como el cine, las artes plásticas, la Historia y la Historia del rock, la política, la actualidad, el análisis crítico, la historia de los medios y todo un background que remite automáticamente a un coloquio que traza relaciones, paralelismos, vínculos, paralelismos, inferencias, hace converger saberes, proceder a una indagación aguda y perspicaz. No encubre Duiziede tampoco emociones fuertes como biógrafo: ni sus apologías ni sus rechazos. Este recorrido, por añadidura, trasunta pasión y admiración. No cabe, entonces, sino la gratitud.

 

AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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