Arnaldo Calveyra: escribir la transparencia

July 18, 2019

Arnaldo Calveyra. (1929-2015) fue escritor, especialmente consagrado a la poesía. También narrador, dramaturgo, ensayista y autor de obras inclasificables porque, como él decía, “llegué tarde a la hora del reparto de los géneros literarios”. 

 

Nacido en Mansilla, Provincia de Entre Ríos, de allí se traslada a Concepción del Uruguay para  completar sus estudios secundarios. Luego a La Plata, donde realiza sus estudios de Filosofía en la Universidad Nacional de La Plata, donde se gradúa. Durante esa etapa se vincula en Bs. As., al poeta Carlos Mastronardi, cuya casa solía visitar los fines de semana y a quien reconoció adeudarle numerosas lecciones, particularmente el haberlo introducido en la literatura cosmopolita y haberlo hecho despegar de la estética provinciana de la cual provenía y cultivaba la poesía de su tierra.

 

                Foto: Télam.

 

Ya con la determinación de ser escritor, viaja a París, en un primer itinerario. Vivamente impresionado la cultura de ese país, viaja nuevamente con una beca del gobierno de Francia para estudiar a los poetas provenzales. Se radicará allí definitivamente, formando una familia. Ya nunca abandonaría Francia, si bien mantendría con Argentina una relación intensa, con permanentes visitas y publicaciones porque, como él decía, necesita venir a su país “a desovar”. 

 

Su producción es exquisita y ha sido ponderada por las mayores autoridades en las distintas áreas de la literatura, tanto literarias como críticas y académicas. Amigo de Cortázar (como lo atestigua una profusa relación epistolar) y del académico y poeta Saúl Yurkievich, todos ellos afincados en Francia hasta el final de sus días, como se recordará, sus libros fueron publicados en Francia por la prestigiosa Editorial Actes Sud. Esta circunstancia tuvo lugar tanto en ediciones bilingües (para la realización de las cuales solía colaborar con sus traductores) como directamente en francés. En Argentina fue editado por el sello Adriana Hidalgo editora, Editorial Simurg y su Teatro reunido (2012) en un voluminoso libro a cargo de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Trabajó con el director de teatro Peter Brooks, un artista experimental de excepcional reconocimiento en su disciplina. Y sus obras fueron estrenadas a todo lo largo del mundo. 

 

Su poesía atraviesa etapas diversas pero siempre renovadoras. Desde un primer libro, Cartas para que la alegría (1959) en el que introduce un diálogo complejo entre el habla oral rural en una reelaboración literaria sutil, logrando una síntesis poética notable y originalísima, para pasar luego lentamente hacia una lírica cada vez más radical. El libro El hombre del Luxemburgo (1997) de algún modo puede ser leído como un libro en el que la identidad del yo lírico se construye o autoconstruye en contrapunto entre un espacio (París) y una lengua (la española) que de modo significante remite a otra toponimia. Este resulta un punto sugestivo en Calveyra. El modo como su vida en París no lo hace cambiar de lengua de escritura (y hasta su memoria suele regresar de modo recurrente a sus primeros en Mansilla) sino que más bien pareciera acentuarla. Sus últimos libros, deslumbrantes, componen a mi juicio una trilogía: Maizal del gregoriano (2005), Diario de Eleusis (2006) y El cuaderno griego (2009), que también abordan, como podrá apreciarse ya desde sus respectivos títulos, la dimensión mística de las distintas culturas, así como la del viaje o las peregrinaciones. Su Poesía reunida (2008) fue publicada en Bs. As. por Adriana Hidalgo. En la mencionada trilogía realiza operaciones poéticas más complejas y sofisticadas aún, con las que urde un discurso lírico que articula el dramático, el narrativo y el poético. A ello sumó una posición política clara y firme en torno de asuntos como la última dictadura militar argentina o ciertas referencias a escritores de corte comprometido, como Bertold Brecht. Su libro Si la Argentina fuera una novela (2000), suerte de ensayo sui generis sobre la identidad nacional, resulta reveladora y denota emociones encontradas hacia un país que fue vivido a partir de emociones contradictorias, como a muchos de nosotros nos suele ocurrir: una nación paradojal, perturbadora y durante su estancia en él conflictiva. Luego experimentada por añadidura desde una distancia que podía tanto idealizar, evocar experiencias dolorosas como nostálgicas, pero siempre con los matices ambiguos de una experiencia amarga. Tiene libros por completo inclasificables, como Allá a lo lejos Hudson. Una personalísima lectura del libro del autor de origen inglés William Henry Hudson, radicado en el campo argentino que regresara finalmente a su país natal, donde escribiera en inglés su conocido libro, Allá lejos y hace tiempo, cuyo título original en inglés es Far Away and Long Ago. A History of My Early Life (1918) Arnaldo Calveyra aborda ese libro desde una perspectiva entre narrativa, poética y ensayística. Todas a la vez juntas. Un libro altamente disolutorio desde el punto de vista de los géneros discursivos y literarios. En él, confiesa en un work in progress que está siendo escrito hacia las Fiestas de un Fin de Año. Allí Calveyra repasa el de Hudson y de modo riquísimo permite revisar algunos compases de sus contenidos a partir de una forma innovadora. También lo estimo una proyección identitaria de su propia sensación de extranjería y de su bilingüismo que, al igual que Hudson, había conocido el desarraigo. En el caso de Arnaldo Calveyra, según me lo manifestó en una entrevista, experimentó varios de ellos. El primero, de Mansilla al pueblo. Luego del pueblo a Concepción del Uruguay, otro a La Plata, hasta su definitiva radicación en París. No obstante, sabido es que los extranjeros son asaltados en forma persistente por reminiscencias de tiempos remotos (circunstancia que puede comprobarse de modo nítido en parte de su poética, que transcurre en pueblos o acude a giros de orden rural).       

 

Tiene una novela excelente, La cama de Aurelia (1989), en la cual una mujer toma la decisión de no levantarse nunca más de ese lugar con todo lo que ello supone, desde chismes hasta el ostracismo y la parálisis social. Peo el abordaje se desliza hacia el humor y cierto sentido del absurdo. Obtuvo la prestigiosa Beca Guggenheim, la distinción del gobierno francés de Officier des Artes et des Lettres (1992), Commandeur de l’ Ordre des Arts et des Lettres y el Premio Konex  Diploma al mérito (Argentina). Falleció en París, dejando una obra de un nivel de perfección, exploración y belleza sin precedentes. Sus libros inclasificables comprueban su inmensa capacidad de talento para salirse de toda convención además de una capacidad de investigación creativa incesante. Luego de su muerte, se conoció la deslumbrante obra póstuma Diario francés. Vivir a través del cristal (2017). Y a él quisiera referirme si me lo permiten muy en especial porque de algún modo viene a señalar un punto de inflexión en la producción de Calveyra, además de ser el último publicado. En primer lugar constituye el punto de arribo de Calveyra a esa Meca de los literatos, como es habitualmente París y, por otro lado, el pacto fundacional que se establecerá entre esa cultura, su primer acercamiento a ella y las experiencias inolvidables que resultan de carácter tan hondo que demandan ser puestas por escrito registrando una suerte de testimonio de las experiencias producto de un descubrimiento azorado por un territorio anhelado. Es también el documento de cómo queda señalada la relación de Calveyra con la ciudad en la que viviría por el resto de su vida. La antesala de una larga historia. El comienzo de una pasión pero también de una toma de distancia de Argentina en la cual se acentúa el dolor de la pérdida.

 

 

Este libro de Arnaldo Calveyra revela la posibilidad maravillosa de un creador cuyo atributo mayor estriba en no respetar ni las fronteras ni los límites que el lenguaje impulsa a  mantener en su cauce. Tampoco aquello que las convenciones literarias nos pretenden obligar a acatar. Verificamos aquí entonces como en buena parte de la poética de Arnaldo Calveyra rasgos fuertemente transgresores al tiempo que una poética que insubordina ante la compulsión de la institución literaria que procura hacer encajar al discurso literario dentro de criterios y límites. Calveyra hará todo lo contrario. Volverá difuso lo que está contorneado con nitidez y volverá más claro lo que en la realidad o no existía o no existía a simple vista. De modo que o bien creación o bien recreación es a lo que podemos asistir tanto en este diario como en el resto de buena parte de su obra.

 

Conjugando de modo transgresor un misterioso diario lírico, en el que no abundan las fechas pero sí las entradas (casi todas numeradas o separadas por asteriscos), un feliz y complejo montaje configura el texto. En efecto, fragmentos de cartas, poemas (propios y ajenos), citas, reflexiones, prosas poéticas, jirones autobiográficos, elaboran una obra que no se parece nada. Aparentemente sólo a sí misma.

 

Localizado fundamentalmente en Francia (pero con desplazamientos

por España y las insoslayables zonas de transición de arribos y partidas sobre todo en los puertos y fronteras) el diario es el registro que un contemplativo traza con la libertad de quien inicia una nueva temporada (y una nueva vida) en un país que venera. El laboratorio para hacerlo no son solo las caminatas, sino el diario mismo, en el cual interroga su esencia baja la forma del extrañamiento pero también de la fascinación. En tanto que temporada iniciática, Calveyra pareciera refundar su vida en este viaje bajo la forma de un nuevo pacto (también de lectura) y el presente libro puede ser leído (en todo sus alcance) como el testimonio de  un secreto, revelado a medias. Diera la impresión de que es mucho lo que Calveyra retiene para sí de las vivencias en esta primera estancia en París. Como si no quisiera sustraer de ese tesoro que constituyó para él ese viaje lo más preciado. Escribir demasiado sería una forma de sustraer, pese a volcarlo en la experiencia poética, una materia preciosa que aspira a guardar para sí mismo con objeto de la reflexión.

 

Asistiendo a una cultura sorprendente y ajena pero al mismo tiempo sintiéndose como en casa (esto es: jamás un extranjero), Calveyra no puede sino volver la mirada hacia su país atribulado que deja atrás no con la nostalgia del que ha partido sino reconstruyendo el padecimiento y las contradicciones de una Historia plagada de malentendidos e intolerancia. Entre esos dos extremos se moverá. La nostalgia por lo que ha abandonado. Pero también la certeza (a regañadientes) de que no había otra decisión posible.

 

Se pueden recortar encuentros con personas, resucitar voces y diálogos, recuperar la música de ciertos conciertos, armando una suerte de gran tapiz en el que dispone personas, distribuye vínculos, relaciones, anécdotas, momentos y, sobre todo, la fugacidad y el encanto de algunas epifanías.

 

Siente que está en el lugar exacto y en el momento justo. En ningún momento duda de esa circunstancia pese a que en algún instante pueda sentirse un desconocido en una ciudad ante la que quizás experimente la soledad, la introspección que induce a salirse de la realidad e introducirse de modo elocuente en la personalidad. Esa conducta siempre tiene algo de extranjería porque salirse de París así sea mentalmente es ingresar nuevamente el pasado que se ha dejado por detrás.

 

Pero Calveyra deja en claro que se siente a gusto en ese territorio en el que otros se podrían sentir extraviados. Lo perturban la vulgaridad de ciertos argentinos que con altanería producen una molesta sensación: la de no ser reconocidos en su carácter de compatriotas. Ese efecto, esa emoción que lo conmociona se repite y regresa en distintos contextos. También es la prueba más clara y más contundente que viene a confirmar que su decisión de llegar a París (y no a otra ciudad de Europa, como me lo refirió) ha sido la decisión acertada. París fue la ciudad elegida. No a la que llega por mera casualidad o a la que lo lleva el azar.

 

Se redescubre el universo en este texto. El agua, los manantiales, las fuentes, el césped, las flores, los frutos, los bancos del Luxemburgo, los caleidoscopios, la mirada sobre los astros y el recuerdo de la otra naturaleza, la de su Mansilla natal, le provocan asociaciones permanentes con el pasado pero también una profunda comunión con el presente. En su evocación, regresa a algunos amigos, a familiares, a su infancia y su adolescencia. Hay citas comentadas o no de poetas o escritores (¿asomos de una incipiente crítica literaria?) y se reconstruye una entrevista que en su carácter de escritor argentino invitado le realiza una locutora de una radio en la cual se refiere a su primer libro de poesía. Allí arriesga, de modo certero, algunas hipótesis acerca de la literatura latinoamericana, la argentina en particular y la francesa contemporáneas, así como acerca del vínculo entre ellas. Se refiere también a su poética, en especial a la que está en condiciones de inferir de modo especular acerca del mencionado libro, Cartas para que la alegría. El que por el momento tenía escrito.

 

La pincelada fina, delicada pero también certera de Calveyra no se olvida de nada. Es detallista, como ciertas creaciones orientales y creo que allí estriba la clave del diario: en su inmensa capacidad de observación y detenimiento en la realidad más recóndita. Aquella que habita y por la que circula pero también la que le es dado vislumbrar. Como si lograra escrutar todo con un microscopio. Hay también una imaginación que no descansa, que vela sobre el acontecimiento vivido y, sobre todo, un tipo de mirada fascinada con la que repara en el mundo. Una filigrana, respetuosa, solidaria, humanista, atenta, estética. Y en esa forma de mirar tal vez se condense el subtítulo de este diario francés: “Vivir a través del cristal”. Mirar de modo transparente o a través de una transparencia un panorama o un espectáculo que aún ofrece, por ser un recién llegado, algunas opacidades. 

 

Entre el sueño y la vigilia, entre la observación y la enumeración minuciosa, la mirada que se proyecta también, esta vez, de modo macroscópico hacia una Historia (no sólo la argentina), frente a la que tiene mucho que decir, y es allí cuando el perfil de su lirismo se atenúa y da lugar a la fidelidad a sus convicciones y sus ideas. También a la de ciertas conclusiones que están muy ligadas a ciertas confidencias. Lo que ha vivido, transmutado en experiencia política. Ciertos “modales” y cierta educación argentina que no tienen demasiado de civilizado y que le resultan tan patéticas como faltas de modales. Además de dar del país una imagen muy poco representativa de muchos de sus ciudadanos.

 

El modo en que es consecuente con ciertos escritores o, más ampliamente, con la poesía, lo hace en ocasiones tomar posición y procura circundarla para darse cuenta de que ella no se explica sino que, en un punto, sencillamente “es”. La lírica se revela en su carácter de acontecimiento inescrutable.

 

Por detrás de ese espíritu en el que aspira a registrar su entorno de modo selectivo, Calveyra juega a trabajar con los silencios, los implícitos, la ruptura de la sintaxis y de la frase, de la semántica también en un sentido muy distinto. Y a buscar la poesía en los lugares y el tiempo más inesperados.  

 

Entre 1959 y 1960 el autor habita la ciudad de París llegando, como dije, con una beca. Y en esa temporada también padece un percance de salud del que sale ileso. El relato de esa convalecencia es el relato de la complicidad con sus compañeros de pabellón.

 

Dice Calveyra al iniciar el libro: “Un testimonio sólo es verdadero en el momento de ser pronunciado o escrito; es sólo por hacernos un nido en ese más aquí de la verdad que hemos de publicarlo más tarde”. Buscando la verdad bajo la forma del susurro pero también buscando anidar ya bajo la forma de libro, este diario, publicado en forma póstuma, reviste el carácter de un objeto inapreciable. De pura gema.  

 

Libro de horas, admite (y solicita) una lectura lenta, morosa, detenida. Porque con su talante silente y su tono confesional, no puede sino ser apreciado bajo esas condiciones de recogimiento. Diario francés. Vivir a través del cristal supone ciertas circunstancias de lectura porque propone un cierto tiempo de recorrido de lectura y una cierta experiencia que en el libro solo tiene lugar bajo ciertas condiciones. 

 

Con este diario lírico, el último publicado (pero no el último en ser escrito en su génesis, quizás sí el último en ser trabajado), Arnaldo Calveyra confirma, como ya lo ha hecho con el resto de su obra, que no registra precursores, sino que irrumpe como una voz inédita y sin par en el panorama de las letras hispanoamericanas con sede en Europa. Esa singular vibración que confiere a su poética, ese temblor inédito probablemente tenga que ver con estar rodeado de un universo significante que no es el propio. El español adopta una carga y una serie de matices que, seguramente respaldado por determinadas lecturas, conquista una belleza incomparable.

 

Así, su último libro aparecido, que constituye el cierre también constituye la apertura de una poética, desandar un camino “de comienzos” para organizar una nueva constelación de sentidos que resignifique ese presente histórico. A la luz de él leeremos todo el resto de la poética de Calveyra. El libro señala el inicio de un viaje y la llegada a esa tierra tan anhelada que antes ha sido leída y escuchada. También será el lugar al que se elige llegar para la partida definitiva.

 

 

 

AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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