Escribir descubriendo

August 28, 2019

Escribir además de un arte es un oficio. Y, hasta donde he podido comprobarlo, en torno del cual sólo se pueden realizar análisis, descripciones, observaciones o incluso sacar conclusiones con un cierto nivel de certeza acudiendo a casos singulares. Motivo por el cual, a riesgo de incurrir en una inevitable autorreferencialidad, deberé servirme para desarrollar el presente artículo del  modo como se ha ido desenvolviendo la escritura a lo largo de mi vida. Me gustaría también dejar en claro desde las primeras líneas que no me propongo en este artículo un estudio riguroso ni un abordaje académico, sino más bien dar cuenta de una experiencia particular producto de una vocación bajo la forma una relato. A partir del cual sí, emito sí juicios. Esa experiencia se viene desarrollando desde hace ya muchos años. Y podría decir que la palabra más precisa para describir el contenido y el abordaje de este artículo es el de ser un testimonio. Pienso que puede llegar a ser útil para quienes no conocen en absoluto el género de vida que supone la escritura. A otras que están empezando a escribir. O a colegas que estén interesados en cotejar trayectorias. Hechas estas aclaraciones preliminares, podemos comenzar.

 

 

Uno ha escrito cosas muy distintas a lo largo de su vida. Así como ha leído cosas muy distintas. Ninguna es demasiado comparable. Creo que lo que más he escrito en mi vida han sido cuentos, poesía y crítica literaria. Sobre todo cuentos y reseñas de libros. Me gusta interrogar a los libros, sus temas, sus procedimientos constructivos, su lugar dentro de la producción total de un autor o autora. De ese modo conozco por dentro los mecanismos constructivos una obra de creación. 

 

Pese a ser cuentista, una vez escribí una novela a la que algunos amigos le atribuyeron méritos. Yo le encontré pocos. Y la persona en cuyo criterio más confiaba por entonces me hizo notar sutilmente que no era demasiado valiosa. Motivo por el cual la archivé. Y si bien no intentaré publicarla, pienso que en su momento sí tuvo un sentido. Por lo pronto, ahora sí sé en qué  consiste escribir una novela. Lo que no es poca cosa para alguien que no es novelista.  

 

Hay en la vida de un escritor, una cierta práctica que convendría en el mejor de los casos fuera cotidiana. Supongo que a los deportistas, por citar sólo un ejemplo, les debe suceder exactamente lo mismo (yo hago gimnasia y algo llego a entender de a lo que apuntan con ese camino). Hay un hacer cotidiano, permanente, persistente, según el cual uno no busca un resultado inmediato, sino en transitar un camino largo y lento. En el que el verdadero valor estriba en la experiencia que confiere ese trabajo. Como por ejemplo, dar un cierto tono a la musculatura. Eso lleva muchos años. Hay también pequeños progresos cotidianos en torno de ciertas ejercitaciones. Con la escritura pasa lo mismo. Escribir un texto desconociendo su destino. Uno lo hace porque sintió en primer lugar la necesidad de escribirlo (en ocasiones también la obligación moral). Pero está también esa energía que brinda la vocación. El amor hacia lo que uno hace. Que también es ocasión de sentarse a trabajar con alegría. Y esa alegría al menos en mi caso potencia la capacidad de trabajo e incluso contagia la índole de lo que uno va a escribir. 

 

Yo he escrito textos a sabiendas de que iban a ser publicados (o con el objeto de que lo fueran). Y hubo otros en que escribí o sigo escribiendo porque espontáneamente surge la necesidad de hacerlo. Ignoro por completo el destino que tendrán. Quizá nunca sean publicados. Me he llevado grandes sorpresas. El resultado es de desear que sea digno o bueno. Al menos que quedemos conformes con él y, en el mejor de los casos, satisfechos o hasta, por qué no decirlo, felices.

 

También en tantos años de escribir (yo ya tengo 48 y vengo haciéndolo oficialmente desde los 19) ha habido incuestionablemente un aprendizaje. Recuerdo momentos de haberme quedado empantanado. O de que tuviera lugar un bloqueo: sentir que no tenía los recursos necesarios para saber de qué modo proseguir un texto o de qué modo empezarlo. Así como ha habido otros casos de textos que progresan como agua que surca un cauce. Pero ¿realmente son los más frecuentes? Me inclino a pensar que, al menos en mi caso, han sido una excepción. Los cuentos con los que me he quedado verdaderamente satisfecho son pocos. Es cierto. Soy muy exigente. Tengo una noción clara de lo que debe ser un texto ideal, de lo que es un cuento de calidad y, por lo tanto, de lo que creo es la buena literatura. Y si ese texto no se ajusta a ese ideal de texto al que aspiro, de inmediato lo percibo. Porque lentamente, sobre todo con la asistencia a los talleres de escritura, al juicio de colegas o amigos (incluso de parientes competentes) uno ha ido adquiriendo una cierta capacidad de distancia, de autocrítica y de discernimiento respecto de cómo se desempeña. Por supuesto, ha habido otros casos, en cambio, en que he quedado sumamente feliz con el trabajo realizado. Pero son pocos.  De la enorme cantidad de cuentos que llevo escritos, que me gusten por completo, me alcanzan los dedos de las manos para contarlos. Lo que no habla demasiado bien de mi talla como cuentista.

 

Por otra parte, tener mucho oficio en el arte de escribir no garantiza el éxito. En mi caso podría decir que hay un tipo de trabajo ligado a la escritura voluntaria, que está estrechamente vinculado con la voluntad de estudiar y leer para escribir crítica literaria sobre todo. Es un trabajo ligado entonces a la decisión. Pero que también requiere una cierta dosis de la así llamada inspiración. De otro modo el resultado puede consistir en un mediocre y tedioso abordaje crítico, rígido, poco iluminador para un lector además (y a esto quiero ir) de estar escrito sin el menor sentido de la belleza. Lo que no desearía jamás le sucediera a alguien que tuviera le gentileza de sentarse a leerme. Estoy muy atento a la dimensione estética de los textos, a que sean bellos, no sólo claros.

 

Corrijo mucho. No dejo nada librado a la espontaneidad o la mera ocurrencia del instante. Eso puede ser el comienzo. Luego viene un proceso lento, un arduo trabajo muy fino, artesanal diría, de elaboración ligada a la reescritura, que incluso a un texto bastante mediocre puede darle un vuelo insospechado. Con cuentos que consideraba flojos me he sentado con infinita paciencia y muchísimo esfuerzo, años después. Los he trabajado a fondo hasta dejarlos irreconocibles. Y me he llevado grandes sorpresas. Me he quedado conforme con el resultado. Eran, literalmente, otros cuentos.

 

Como puede apreciarse, me he consagrado a las formas breves: cuentos, poemas, reseñas, artículos, ensayos. También entrevistas a escritores. Eso, claro está, revela  a mi juicio un cierto rasgo de carácter. Probablemente resolutivo. Probablemente poco paciente y con escasa tolerancia para trabajar textos a largo plazo. Y, siguiendo con este razonamiento, me he concentrado por lo tanto en textos que tienden a la síntesis, a la condensación, además de a la unidad de efecto. Lo que no es sencillo. Cada palabra, cada frase, significa muchísimo dentro de una escasa extensión. A mí me provocan una enorme admiración los novelistas, por ejemplo. Pueden pasarse años escribiendo un libro. Una misma historia que a lo sumo se puede ir ramificando en otras secundarias o no. Conviviendo con ella durante muchísimos años, algo inconcebible para mí. Me ha sucedido de concluir una novela, de leer las fechas las fechas de inicio y terminación y quedarme azorado ¿Cómo pudo esa persona mantener la paciencia, la unidad de tono en un texto y la obstinación para no abandonar una trama sin darse por vencido. Evidentemente esa es otra clase de vocación. Yo escribo un cuento y tengo la sensación de que luego de haber disfrutado de su escritura (en algunos casos mucho) y de su revisión (de eso ya bastante menos), me he sacado una alimaña de encima, como decía Cortázar. Un episodio fugaz. Ha sido eso. Una iluminación repentina que ha irrumpido, una ha requerido resolución y se ha retirado con velocidad.  

 

He escrito cosas que no publicaría jamás. No porque revelen detalles de mi intimidad (porque no escribo textos sobre mi vida privada, no me interesa). Pero sin lugar a dudas sí tuvo sentido haberlo hecho. Lo que yo suelo llamar “experiencia de escritura”. Esa experiencia tiene un valor irreemplazable. Y sirve para explorar, investigar, experimentar con procedimientos y recursos nuevos respecto de los que venía utilizando previamente. Y en lo posible leer nuevos libros que nos abran puertas a nuevos modos de concebir la escritura en todas sus dimensiones. 

 

Hay instancias de aprendizaje que confiere, como dije, la práctica. Otras, instancias formativas como talleres, seminarios o carreras universitarias. Y por supuesto que uno jamás podría desdeñar lo que significa el aprendizaje que confiere vivir. El tener acceso a experiencias trascendentes (o no tanto, las de la vida cotidiana también son primordiales) pero que de un modo u otro hacen que dispongamos de más recursos a la hora de escribir. Tanto para saber lo que vamos a escribir y que sea más verosímil y más intenso  además de más rico. También para saber lo que no corresponde que escribamos o no escribamos de determinada manera.   

 

He tenido y tengo grandes maestros de escritura o incluso libros me han dejado lecciones que uno ha incorporado perceptibles o no. Uno comienza a dialogar con esas lecciones a partir del momento en que las conoce pero también las adapta a su realidad. Ya pasan a formar parte automáticamente de uno y de su método de trabajo. Se las recuerda con mucha vividez especialmente en el momento preciso de la escena de la escritura. En el preciso momento en que estamos sentados frente a la máquina escribiendo un cuento. En ese instante uno evoca lo que le han dicho, lo que ha leído, lo que le ha gustado, lo que no debe repetir. En la escena de la escritura todo eso aparece. Por citar un ejemplo, recuerdo el énfasis que ponía uno de mis maestros de escritura en quitar del texto todo lo redundante o accesoria. Todo lo que no fuera relevante a los fines de lo que el cuento se proponía narrar. Su consigna era estar atentos a lo que correspondía podar  con vistas a una economía del relato. 

 

Y creo que hay dos cosas fundamentales en la vida de un escritor: la generosidad de algunos maestros y el apoyo de los seres queridos. Por último, agregaría a todo ello la presencia de ese grupo de lectores que han sido o siguen siendo generosos con uno. Esto no sólo brinda entusiasmo a un creador. Es lo que nos le otorga sentido al trabajo y seguridad para sentir que del otro lado del libro hay personas. Que estamos entablando una comunicación directa con personas de carne y hueso. Pueden imaginarse escenas de lectura, también.

 

Escribir es un aprendizaje que no concluye. Incluso teniendo una obra frondosa,  consolidada y hasta consagrada. Me parece que, precisamente, en la medida en que uno más publica más debería sentir la necesidad de no repetirse y de seguir explorando, además de indagando por senderos cada vez más experimentales. En especial para evitar el aburrimiento y evitárselos a quienes se dispongan a leerlo. Evitar que la escritura devenga tic.

 

Yo no escribo cuentos a diario. No escribo poemas a diario. Eso sería algo absurdo según el modo como concibo la creación. Tampoco me dan ganas de hacerlo. Pero sí escribo artículos y reseñas a diario. En el caso del poema o del cuento necesito por lo general la necesidad de estímulos espontáneos, de disparadores que se dan de modo esporádico. Esos son los cuentos que salen más redondos. Hay largas temporadas en que no escribo cuentos. Es cierto. He escrito, por puro oficio, de modo deliberado, algunos. Pero no han sido los casos más felices, debo reconocerlo. Podría corregir cuentos escritos a diario. Pero no escribirlos. O no escribirlos bien. 

 

Y para escribir un cuento que puede llegar a salir redondo, necesito de ciertas condiciones. Una de ellas es estar bien orientado. Acudiré a una imagen lo más clara posible. Escribir un cuento es como estar en la propia casa, de pronto enterarnos sin haberlo previsto que tenemos que acudir a otro lado cuyo domicilio conocemos perfectamente (lo más interesante de trabajar son los motivos de esa partida y lo que sucede en el viaje) y saber perfectamente el camino que tenemos que recorrer hasta llegar a destino. Esas son las condiciones óptimas de escritura de un cuento en mi caso. Y hay otra clase de cuentos, así me ha sucedido en unas pocas ocasiones, en que a lo largo del desarrollo de varios días voy descubriendo qué es lo que quiero narrar. Los escribo de a poco. Suelen ser los más extensos. 

 

A esta altura de mi vida, sé que jamás seré una celebridad y sé también que carezco del don de la genialidad. Son dos ventajas no sólo importantes sino importantísimas. Creo que tengo una cierta facilidad o habilidad (como prefiera llamársele) para escribir, en especial porque toda mi vida me he entrenado en ella y me he esmerado por tener la mejor formación posible en ese campo. 

 

Me gusta escribir cuentos porque logro meterme en la piel de personas o crear situaciones muy distintas de las que vivo o he vivido. Y eso me provoca mientras lo estoy haciendo mucha curiosidad y me brinda una experiencia de mucha intensidad. De emociones fuertes. Suelen ser momentos fabulosos. La sensación de estar viviendo vidas muy distintas y hasta opuestas de la mía. De ser alguien que uno jamás ha sido ni será. Y de ser otras personas a las que les pasan cosas que uno decide que les sucedan. Es que de hecho así ocurre. Uno deja de ser uno gracias al poder de la imaginación que nos brinda una enorme libertad subjetiva y se introduce en universos que poco o nada tienen que ver con el propio. Empezando por el hecho de que sus personajes pueden no ser escritores. Y cuando ese mundo comienza sospechosamente a parecerse al mío, introduzco de modo terminante cambios lo más verosímiles posibles como para que ese universo me permita seguir jugando pero no reproducir lo que soy, vivo o he vivido. Por supuesto que de modo ineludible uno siempre le agrega a su ficción ingredientes de su vida, porque la imaginación se nutre de ella. Pero lo cierto es que en los términos en que concibo la ficción no me interesa que sea la reproducción de mi biografía. Me parece que eso denota una falta de invención alarmante.

 

No sé qué me deparará la vida. No sé cuánto tiempo más viviré, si bien según ciertas estadísticas señalan que uno debería a mi edad tener varios años por delante. No obstante, nadie tiene el futuro asegurado. Tampoco sé qué escribiré ni de qué modo ni con qué frecuencia. Sólo sé que trabajo duro a diario. 

 

Lo que sí me gustaría enfatizar es que en la escritura tanto de cuentos, poemas como de crítica literaria o ensayos, hasta que uno no se sienta a escribir hay una incertidumbre total que comienza a esclarecerse lentamente recién a partir de ese momento. La literatura se va descubriendo a medida que se  la escribe. No alcanza sólo con tener una idea clara a priori. El verdadero descubrimiento se evidencia al momento de sentarse a escribir. Escribir es crear pero es, por sobre todo, descubrir.

 

Por último, y como para cerrar este artículo, diría que escribo desde un país subalterno del así llamado Tercer Mundo. Pero de todas formas no creo demasiado en primeros, segundos o terceros mundos. Más bien tiendo a pensar que en todas partes, como quien dice, se cuecen habas. Y que de la escritura importa no desde dónde se haga sino su calidad. 

 

De manera que desde este confín del mundo, desde una ciudad provinciana en la que no hay demasiadas cosas para hacer pero muchas para pensar, yo escribo. También  desde una casa llena de libros en la que sí tengo una enorme biblioteca por la que deambulo con total libertad y total descaro. De tanto en tanto publico un libro. Y hay otros que he escrito pero me los guardo. Creo que, con todo esto, hago camino al andar.

 

 

AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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