Inminencias del poeta Osvaldo Ballina

September 26, 2019

Hacia 2018, esto es, de modo muy reciente y en una etapa ya consolidada de su producción lírica, el reconocido poeta Osvaldo Ballina (La Plata, 1942), publicó dos libros en los que quisiera detenerme. No sólo porque ambos fueron editados el mismo año (según me lo revela, apenas con una diferencia de apenas un mes) pero plantean algunas constantes, compases, construcciones, temas, resonancias que, nuevos o recurrentes, son en los que vale la pena poner un énfasis crítico. En efecto, una etapa tardía de un poeta tiende a la recapitulación, la recuperación y la puesta en juego de una experiencia previa (ya en su caso notable) que queda autorizada por una producción vasta y sostenida, a la que he tenido acceso por la lectura de buena parte de ella. Esta circunstancia constituye fundamento no sólo atendible sino hasta imprescindible a la hora de evaluar un corpus que contempla toda su poesía. Por otro lado, un trayecto poético que, de modo permanente no ha detenido su escritura, habla ya de una vocación y un compromiso con el género que, según él mismo me lo ha confesado, escribe a diario. Este dato no resulta anecdótico. Habla, en primer lugar, de la poesía como experiencia vivida como experiencia cotidiana. Hasta quizás como un estilo de vida, en el sentido más pleno de la vocación. En segundo lugar, de la lírica como búsqueda obstinada por un sentido que tiende a escurrirse pero también a matizarse. Que el ejercicio poético sea cotidiano, no supone reiteración sino, en todo caso, profundización en una poética con proyección a esta altura ya nacional. Pero vamos a las cosas.

 

Curioso título ha elegido Osvaldo Ballina para el primero de ellos: Breviario del vagante. Según el Diccionario de la Real Academia, “vagante” es “quien vaga o anda suelto o libre”. “Breviario”, por el contrario, es un conjunto de oraciones o preceptos que acompañan a la liturgia católica y al que está obligado cada miembro del clero, además de la misa. 

 

De modo que este título constituye, diría yo ya, bajo la forma, programática, pero  titularmente, un oxímoron. Contiene, dentro de sí, la afirmación de los opuestos. Esto es, la confirmación de la paradoja. La palabra estipulada frente a la palabra capaz de moverse ilimitadamente por el mundo. La obligación y el precepto frente a la posibilidad de desplazarse sin ninguna clase de exigencia también por el universo del sentido, explorándolo, apoderándose de él, haciéndolo estallar, derramándolo, como de hecho lo hace o sería conveniente lo hiciera todo poeta y todo poema en su versión más fecunda. 

 

Precisamente a ese espectáculo asistimos en el presente poemario. Un libro breve (quizás de allí también su cercana raíz nominal), en el cual el poeta expresa en verso libre una serie de imágenes, pensamientos, conceptos, relaciones entre las cosas del mundo o las personas (también cierta presencias suprasensibles), urdiendo vínculos y tramas entre ellas que encuentra como originarias pero también como esenciales y, agregaría yo, resultan novedosos en el panorama de las poéticas.

 

Entre los 30 poemas que componen este libro, hay algunas tensiones que lo atraviesan que me gustaría señalar. En especial porque en el presente ejercicio de lectura advierto zonas de condensación del significado sustantivas que logro detectar de modo sistemático y no episódico. 

 

Dice Osvaldo Ballina: “toda vida interior es soledad”. En este verso ya pone el acento en que el pensamiento especulativo, abstracto, emotivo, supone, para su urdimbre, una necesaria ausencia de prójimo. Como si los demás, imprescindibles para otras circunstancias (me refiero a la socialización bajo cualquiera de sus formas, desde sus zonas más privadas a las de exposición pública), en estas ocasiones se volvieran enemigos de nuestra capacidad de ser. De ser quienes realmente somos. Obstáculos contra nuestra vida espiritual o, si así se prefiere, psíquica para no acudir a una cosmovisión que no necesariamente una lectura requiere incorporar de modo inclusivo porque el poema no necesariamente la supone. También, cuando articula vida interior/soledad se da el significado inverso: estar en soledad, habitar la soledad, estar a solas, nos reenvía al orden del pensamiento que no se comparte porque pertenece a la circunstancia de lo intransferible y también de lo intraducible. Y, en otro sentido, de lo irremediable. 

 

Más adelante, afirma en otro poema: 

 

“la tormenta en el páramo

fue entonces cuando nos perdimos

nunca más

pudimos distinguir el desierto del mar”

 

Llegado a este punto, ya no el poeta a solas, sino el poeta acompañado (pareja, familia, amigos, sociedad) experimenta un accidente arrasador, que puede metaforizar un accidente colectivo de cualquier orden, un atentado o una discordia, una pérdida o una patología, pero por lo que se llega a vislumbrar un cierto malestar abrumador y, en un punto, devastador. Una suerte de desastre producto de la naturaleza o bien humana misma o bien en su estado más salvaje. No obstante, tiendo a pensar que en esta misma naturaleza (usa el sustantivo “tormenta”), en tanto que desastre meteorológico en el que alude, se juega otra partida. Es la zona de ese desencuentro y de la pérdida del criterio, a partir del cual ya se torna indiscernible la posibilidad del hallazgo del espectáculo de la belleza, de lo armónico y de lo equilibrado. El equilibrio tambalea y la voz del yo lírico experimenta un temblor. Así, lo yermo cobra un vuelo inusitado. En el que el fermento de toda riqueza se confunde con el de lo que no tiene fertilidad.

 

Entre ese páramo y ese desierto, esa pérdida de la posibilidad de contemplar la belleza del mar, de sucumbir a su encantadora majestad, se introduce la variable de la falta de orientación o del ataque que invade al yo lírico frente a su salvación y su placer (que siempre van tan de la mano).  El poeta se desordena porque el cuerpo del mundo hace lo propio.

 

Luego el yo lírico pronuncia y se pronuncia:

 

“lo terrestre es el buen beber 

de sombras y labios

nuestro bienvenido hoy 

el temor es tema”

 

Este fragmento ratifica parcialmente el anterior. Hay un paraíso (en este caso cuando lo terrestre adopta la forma del gusto por el deseo de la saciedad) y sin embargo “el temor es tema”, agrega. Nuevamente algo obstaculiza, aparentemente de modo casi perenne, por lo visto, dado su retorno persistente, la posibilidad de la realización más plena del sujeto, su conclusión en tanto que persona completa o que, en todo caso, aspira a la completitud.

 

Y como colofón, en el último poema, que comienza y prosigue del siguiente modo: 

 

“el rotundo mensaje

del bufido y la risotada 

enmudece al que reza”

 

En este caso acontece algo más grave. Lo profano, o no, peor aún, lo blasfemo, boicotean a quien, desde una posición devocional en el mundo orientada hacia otra zona, la suprasensible, aspira a la adoración (y a cierta recoleta sustracción de los estímulos del mundo) así como al respeto de ciertos principios: los propios. Los fundamentos de su esencia. Las pilares que definen la identidad de un sujeto: su ética y su visión del mundo. Esto no sólo puede ser leído en términos teológicos (lo que no me parece suficiente). Sino también a quien tiene algún tipo de convicción que prevalece por encima de lo material. Rezar constituye una práctica que no sólo muchas religiones profesan como un ritual cotidiano de la celebración, la meditación y la concentración sino también puede derramarse hacia una práctica de la mente para ordenarla, aquietarla y para silenciarla incluso del ruido del mundo propia de muchas disciplinas que no sólo buscan el efecto de invocar a una divinidad. Quiero decir: el rezo puede ser meditación. Puede constituir cierta clase de reflexión profunda. El poema puede ser leído, en cierta clave, como libro sagrado para ciertas personas que hacen del oficio de la palabra una profesión de fe.

 

Los célebres mantras son algunos de ellos. De modo que en estos fragmentos atomizados, puedo percibir en la poesía de Ballina, en una filosofía e incluso en los puntos de vista que son el sustrato último de sus versos el atentado a la posibilidad de realización que, por ende, queda fallida o herida o imposibilitada de su consumación definitiva. 

 

Aspirar a un mundo en el que exista una mayor concordia y una mayor tolerancia resulta hoy en día un profundo fracaso, por no decir una tarea penosamente inútil. La diáspora y la confrontación, los atentados de todo tipo y las confrontaciones bélicas, los delitos privados, las formas de afectar al medioambiente, el orden de todo lo aberrante que deambula por el mundo como peligro, las afrentas a nuestro prójimo, en fin, la lista es larga, resultan la prueba más contundente de un mundo distópico  profundamente desestabilizado. Un mundo que tiende a la tensión más que a la distensión. Esta dupla afectará al libro (o, en todo caso, en tanto que lectores, se desprende de él) desde una perspectiva compleja puesta de manifiesto de distintas formas. De modo que el antídoto del poema resulta primordial. Pese a cierta poesía que pueda trabajar quizás con esa línea estética de la desarticulación. 

 

Todo ello hace que el  poeta asista a la condición humana en todas sus formas así como a la esfera pública y material como un universo desenfrenado en el que el mundo está salido de quicio y el cosmos desordenado. Como ciertos espejos que distorsionan los rostros que se miran en ellos, ningún hombre o mujer pueden especularmente asistir a su propio rostro con fidelidad, ajuste y de modo originario con una mirada transparente en este contexto penoso en el que la vida ha devenido confrontación y violencia desatada. El último reducto apacible: el poema.

 

La poesía llega a eso. A poner un poco de orden. A sembrar la calma en territorios de catástrofe. A poner las cosas en su sitio (si es que algo así puede afirmarse por estos tiempos). Pero no lo hace buscando certezas. Sino, por el contrario, sembrando de incertidumbres, de espacios de extrañamiento más que de caos. El poema no es el caos. El poema es, ante todo, el sentido que hay que encontrar, que propone ser buscado. Que invita a una tarea. A hacer, también, un llamado de atención a propósito de que, en un diálogo de sordos, no existe posibilidad no digamos ya del arte, sino siquiera de una civilización del camino del progreso y en el mejor de los casos al encuentro sincero entre semejantes. A lo que sumaría un cuidado del medio ambiente y, sobre todo, tramas solidarias entre cada miembro y cada partícula de esa totalidad llanada comunidad. 

 

Un poema sobre Rimbaud convengamos que ya establece un punto de vista sobre la poesía porque Rimbaud constituye un punto de inflexión sobre el poema y sobre las poéticas de la Historia. No cualquier poeta se detiene en su figura, por más que muchos sí lo hayan hecho. Es cierto que es fundacional y que es también fundamental. Pero es una decisión exigente asomarse a una poética inmensa que literalmente ha inseminado la poesía de una nueva dimensión y de una nueva constelación de significados y sentidos. Porque para ciertas lecturas hay un antes y un después de Rimbaud. Es el gesto de invocarlo bajo la adopción de una figura tutelar. Su persona, como estrella fugaz, (algunos ya han acudido a esta metáfora, yo en todo caso la confirmo) que ha atravesado el firmamento partiendo y partiéndolo en dos a su vez. Antes y después de su presencia de la poesía comenzamos a hablar de otra cosa. Ha hecho estallar al poema. Lo ha hecho literalmente implosionar.

 

 Simultáneamente, otra alma tutelar: la de Pier Paolo Pasolini llega para asistir al poeta en el otro costado, la otra mitad probable de su anatomía en la cual la batalla se ha dado y está siempre por darse. Esa batalla que se libra contra las fuerzas que aspiran a controlar el mundo de las ideas (y del lenguaje, en el sentido de uniformarlo y  normalizarlo: de neutralizarlo semánticamente en su valor subversivo) y a instrumentalizar el lenguaje y la ideología con repercusiones en el orden de dramatizar la representación de la conflictividad social. El conocido autor italiano lo hizo a través de su poesía, de su teatro, de su cine revulsivo. Esa ideología que aspira a que el poeta calle o diga lo que de él se espera que diga como un bufón complaciente fue advertida y combatida por Pasolini. El italiano justamente asestó un golpe maestro con todo su proyecto vigoroso. A un costo demasiado alto, como es de todos conocido. Pero dejó, al igual que Rimbaud, otra clase de estela inolvidable. Se trata de dos presencias intensas que custodian estos poemas y refuerzan su arquitectura adoptando la forma de dos contundentes vigas.

 

Curioso también el flujo de imágenes y puntos de vista (y no me refiero a opiniones estrictamente hablando) que Osvaldo Ballina ha elegido para, de modo bautismal, regresar al poema después de un paréntesis con este libro inesperado. Un libro, no obstante, esperado (al menos por mí, como todo libro de todo poeta que admiro y que sigo, como otros de su generación a quienes también estoy atento, como Néstor Mux,, como lo hacía con los de Horacio Preler, pero a los que regreso, oriundos de mi ciudad) y llega para confirmar la contundencia y la vigencia, además de una producción indetenible, de una poética que no es soez, que no es vulgar, que no es facilista, que no anda tras los pasos de ratificar modas o modos efímeros de nombrar ni menos aún escándalos, ni trabajar especulando, sino más bien busca ratificarse a sí misma en su singularidad pero al mismo tiempo procurando establecer variaciones. 

 

En esencia la poesía de  Ballina, en su devenir, ha exhibido desde un contacto con el mundo y las geografías más exóticas (como la India, por ejemplo), el homenaje siempre presente a los maestros, hasta una introspección exploratoria que muestran a la claras su voluntad de mantenerse en su posición firme e inamovible frente a sí mismo y frente al mundo. Convicciones poéticas al fin que, como Pasolini, se llevan hasta las últimas consecuencias en el plano del poema en este caso, se radicalizan, hasta hacer de él el espacio de la ebullición. Se trata, en presente casao, del impacto que ese poema produce en el orden de lo real. Porque si bien no es necesario arriesgar la vida para ello ni tampoco hacen falta grandes gestos teatrales, sí hace falta coraje para sostener una poética que puede ser tangible o intangible, de naturaleza concreta o abstracta pero, sobre todo, simplemente que sea arriesgada, esto es, que circule por territorios no hollados. Agregaría a ello: que sea insistente en su núcleos, que sea respetuosa de su propia esencia (y ejerza la tolerancia respecto del resto) y que aspire a lo perdurable. Quizás, una de las virtudes más difíciles de sostener en el arte y, en particular, en la lírica.

 

El libro de poesía, algo posterior pero también de 2018, Errancias, plantea otros dilemas poéticos circunstancia que, por lo tanto, me sitúan a mí frente a otros dilemas críticos. Acudo entonces al poema Errancias 24, que es en el que esa palabra esclarece su concepto (y que entiendo es la clave del poemario todo): 

 

“Pero los pasos al hogar, que regulan su existir cotidiano, lo sustraían de la errancia de los pliegues, en atrios y cuevas, sin el peso de toda la retórica acéfala y esclavizantes liturgias”. 

 

Detengámos, si les parece, entonces, en esta pausa del caminante, ya no errante, ya no impar, ya no impávido, sino que revela lo que lo sustrae a ese mismo peregrinar de modo incierto y, por lo visto, incómodo para su subjetividad y su concepción existencial que está en condiciones de incomodarlo. Es entonces el hogar o, en todo caso, el propósito de llegar a él y por lo tanto la existencia de un destino seguro y familiar, lo que evita la dispersión. Y muy en particular diría yo la dispersión del sentido. Porque quien sabe adónde se dirige, tampoco pierde el tiempo ni en rodeos ni en extravíos, ni en posibles estados de desesperación o zozobra propios de la persona que está perdida. Porque pensemos. ¿Qué es estar perdido? ¿Estar perdido sólo en un espacio? ¿En un perímetro que ni siquiera se alcanza a vislumbrar? ¿O es acaso estar perdido porque lo que se interroga, esto es, sobre lo que se interroga el poeta, le transmite desesperación no menos que angustia? ¿Estar perdido es sólo una circunstancia del orden, acaso también de lo temporal (uno camina, las horas pasan)? No. Más bien me inclino a pensar que quien está  perdido lo está en medio de la constelación de significados que ha atribuido al mundo pero que, simultáneamente, ahora no logra ni mediante abstracciones ni mediante un esclarecimiento nítido, lograr. 

 

Leo entonces todo el poemario de Osvaldo Ballina Errancias desde esta clave. Desde un deambular (como su título lo postula) o un circular pero que alcanza, a partir de una obstinada búsqueda, la postulación de la existencia de una certeza. Porque precisamente, si la errancia es una deriva no sólo por el espacio, sino también por el sentido o incluso los sentidos, la llegada a un punto y la orientación es la posibilidad de encontrar el acertado. El sentido que, como un acertijo, permanecía velado. Un sentido imprescindible no obstante. Un sentido que toda existencia experimenta como la el punto que debe discernir para saber el rumbo que debe seguir hasta detenerse.

 

El poeta ya no deambula. El poeta ya no circula. El poeta alcanza, por fin, la senda indicada que vale por decir el hallazgo de esa zona de la experiencia poética en la cual sonidos, percepciones, captaciones fónicas, sintácticas, relativas a la puntuación son por fin eficaces porque se las conoce pero más aún, se las discierne. La gramática del poema devenida sentido, hallada su forma, es el encuentro también del sentido. Sobre el yo lírico, de modo abrumador, recae una revelación que no depende ni del ocultismo ni del carácter mágico. Sino, en todo caso, producto de su obstinada búsqueda de los mencionados sentidos. Porque el yo lírico no ha bajado los brazos. No se trata de un peregrinaje místico a mi juicio. Más bien me inclino a creer que se trata de uno profano. Lo que no que no es sinónimo de que no exista un respeto fundamental por el camino y por momento de la llegada a ese espacio anhelado.

 

De modo que podríamos decir que tanto quien enuncia los pasos de esa caminata del  peregrino desorientado, la promesa de un encuentro con el amor, con sus pertenencias, con su lecho, con su mujer (la mujer y sus ceremonias, recurrentes en el poemario, no sólo deseadas sino también de índole reparatoria de las heridas de ese extravío que ha dejado huellas incuestionables) conquista por fin, quizás por el mismo mérito mismo de la búsqueda tenaz, un final que estimo exitoso. O, al menos, encuentra uno, a secas.  Pero nombrarlo como “hogar”, es sinónimo de delicias. Lo que no es poco para un yo lírico que manifestaba, a lo largo de todas las 30 “Errancias” de este libro, momentos de desasosiego, malestar o confusión. Hay una cierta resolución de este derrotero que me parece es una conquista para el yo lírico. Lo que yo llamaría un cierto relato: un relato que va de una partida, un curso que se atraviesa hasta el mencionado destino, A lo que agregaría yo: aquello que tiene lugar en ese encuentro. En ese espacio al momento de la llegada y el desarrollo ulterior que contempla esa permanencia. Ese relato es el relato que cifra toda existencia. Ya no debe buscar más sentidos, esto es, realizar un esfuerzo denodado por hallarlos. Ya sabe el punto en el que el sentido estriba y, por lo tanto, ya sabe conoce de su andadura, de su marcha, la certeza del camino. E insisto en esto, ya no hay una fuga del sentido. Los sentidos y su fuga se restringen a  uno: el acertado o al más acertado en todo caso para ese yo lírico y su circunstancia.

 

Encuentro muchas virtudes en este poemario. La enunciación de este (cito) “él-otro” es una formulación inteligente para determinar la manera en que la alteridad está presente al igual que las temporalidades (que tanto lo han desubicado y consternado, según queda declarado). El pasado ¿Importa?, el presente se escapa. Sólo la promesa del futuro para este peregrino es la llave, la calve y, precisamente, en él, ya promediando el libro incluso, el futuro postulado como esperanza con su aliento y su optimismo lo conduce hacia esa tierra prometida en todos y cada uno de los sentidos que esta palabra, con resonancias tan ricas como variadas pueden tener en su complejidad, puede tener. El yo lírico, por fin se ha detenido. 

 

Ahora bien. Hablé de constantes. Enunciaré las más evidentes pero también las que más dificultades ofrecen de desplegar en un poemario: el estallido del sentido (que no necesariamente es el estallido de la forma del poema). Cierta pérdida de orientación pese a moverse en libertad por el mundo. Yuna libertad condicionada: por los elementos, por el sinsentido de la existencia, la necesidad, ante todo, de una búsqueda innegable. Este punto suele ser común a muchas poéticas. Pero en la de Osvaldo Ballina adopta una en particular: la del desplazamiento espacial que metaforiza el desplazamiento por la deriva (como ya lo dije) de los múltiples sentidos. Por eso es búsqueda. Porque hay muchos sentidos y no uno solo. Hay vacilación y, por lo tanto, hay duda. Pero en verdad más que vacilación y duda hay incertidumbre del poema, que desestabiliza toda certeza. La incertidumbre produce un efecto de extrañamiento.

 

En estos términos definiría a grandes  pinceladas la producción más reciente del poeta Osvaldo Ballina. Libros publicados, como dije, el mismo año, lo que habla ya de una obstinación en el poema y de una persistencia en la necesidad de que el poema vaya al encuentro de sus lectores y lectores que por fin, ya encuentran su destino.

 

AUTOR

 

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, es escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Verse (relatos, 2000) y Cantares (poesía, 2005). En carácter de editor Obra crítica de Gustavo Vulcano (2005), la antología Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (narrativa breve, 2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017). Ha editado trabajos de su especialidad en Europa, EE.UU., Israel y América Latina.

 

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