"Curame", un libro sobre palabras y vínculos para sanar

September 30, 2019

Cuando el silencio se apodera de un lugar es porque no hay nada que decir, o porque hay mucho por escuchar. Esto último se aplicó al mutis total del auditorio que asistió este domingo a la presentación de “Curame”, el segundo libro de la escritora Lorena Pronsky. El primero en sorprenderse fue el editor, Andrés Mego, quien, mientras llegaba la autora, tomó la palabra sentado en una silla dispuesta en el escenario para comentar que la espera terminaría pronto. “Qué silencio se hizo”, dijo, para que solo esas cuatro palabras lograran que los lectores-espectadores lo cortaran con algunas risas.

 

 

Horas antes de la presentación, la escritora había compartido en sus redes sociales la sensación que le generaba la presentación de su nueva obra, luego de la exitosa “Rota se camina igual”, ambas con diseño de tapa de la ilustradora Cin Wololo, y editadas por Hojas del Sur.

 

“Dicen que escribir un libro es como tener un hijo. Yo estoy confundida y la verdad que lo que siento adentro es que me voy a casar”, expresó en el inicio del texto. Y ese era el impacto que generaba entrar este 29 de septiembre en el Teatro Don Bosco de La Plata, ubicado en 57 y 9. A cada lado de las filas de butacas había dispuestos arreglos compuestos de variadas flores blancas, que se replicaban también en las barandas de hierro de las escaleras de acceso al escenario. Allí arriba esperaba a Pronsky una ambientación minimalista: una silla junto a una mesa de madera, y encima de ésta un gran arreglo floral en el mismo tono puro que adornaba el resto del lugar. Todo ajustadamente iluminado para destacar a la escritora.

 

Pasadas las 19, siguiendo la metáfora de una boda, la novia ingresó al teatro, con la fuerza de cuando se sabe que está acompañada de sí misma, y siendo abrazada por un aplauso que nacía desde las butacas.

 

Un consultorio de palabras

 

Con una introducción sobre el rol del editor, la importancia de leer y adquirir libros y la diferencia entre precio y valor comenzó hablando Mego. “El libro puede durar 15 o 50 años, quién no tiene en casa un libro de mamá, de la abuela o del abuelo. Uno divide ese dinero (que pagó), y todo el tiempo que queda un libro en casa y se da cuenta que vale centavos; pero cuando lo abrís y encontrás esa respuesta, ese consejo, ese aliento, te das cuenta el valor que tiene el libro y ya te olvidás del precio”, subrayó.

 

Al referirse a la autora, expresó: “La tinta de Lorena nos mete en un ambiente de vulnerabilidad, y eso es hermoso en un mundo en donde todo es apariencia”. “¿Por qué la gente se acerca, se conecta enseguida? Por la vulnerabilidad. Cuando tenés una persona que abre la puerta y se tira primero en ese mar, y lo escribe, lo muestra, la gente dice `son mis palabras, me estás viendo, escuchando´, y hay una comunidad de gente vulnerable que se abraza desde lo virtual”.

 

 

Sobre el final, y apelando a la profesión de psicóloga de la escritora, definió a “Curame” como “esa multitud de mujeres o hombres que pueden ir al consultorio a encontrar las palabras que no pueden encontrar dentro de sí. Porque cuando el dolor viene te quita el habla de manera automática. Y quizá no tenés palabras para poder expresar eso que está adentro pero a la noche entrás en Facebook y encontrás a alguien que las dijo”. Y animó al auditorio: “Decilas vos también, leelas en voz alta, mirate al espejo. Curame es eso: mucha cantidad de palabras para poder hablar y seguir curándonos hablando”.

 

De vínculos y comunicar eso que pasa

 

“Cuando escribí Rota... estaba en un proceso interno, de una crisis mas que nada existencial, hoy puedo ver eso. Donde aparecía el replanteo de qué es lo que quiero, quién soy, qué cosas me definen, qué me duele, qué no quiero más en mi vida. Esto de volver a construir el mundo. Fue como una especie de hacerme cargo del duelo al que estaba asistiendo”, comenzó Pronsky, quien admitió que ese hacerse cargo “genera dolor”.

 

“Creo que lo que pasa con el libro, lo que pasó con la página, es que aprendimos de alguna manera que la revisión del síntoma, ésto que a mí me duele, no solo se debe a que se pueda o no extirpar, -nadie es capaz de extirpar un dolor o un sentimiento psíquico, no es lo mismo que la medicina clínica-, y no siempre es lo que se espera. Es la aceptación de que hay cosas que van a seguir estando, no estoy agradeciendo el evento, pero sí es una posibilidad de decir ahora qué hago con eso que la vida me puso”, expresó. “Uno aprende a caminar con eso”, acotó.

 

“Una vez, creo que en Santa Fe, una chica dijo `para mí Lorena es una aprendiz´. Y creo que es eso, porque es una experiencia del día a día. Aprender que de cada instancia que se me pone enfrente algo tengo que hacer con eso”, continuó hablando ante un auditorio en completo silencio, y entre quienes estaban, además, familiares de la autora, y la diseñadora de la tapa.

 

Al volver al primer libro, completó: “Cuando empecé a escribir Rota... estaba muy enojada, estaba pasando por una situación en que básicamente sentía mucha soledad en el medio del caos. Y esperaba que alguien me venga a curar. La página (de Facebook) empezó al revés, como un pedido de ayuda, de quién me va a sacar de acá. Y no fue así. Con el tiempo entendí que eso que tengo enfrente me impone la posibilidad de ver qué recursos emocionales tengo yo para poder revertirlo”.

 

“Uno puede pedir ayuda o entender que uno se cura más allá de la ayuda que pueda dar el otro, y fui descubriendo que lo que cura, lo que sana, casi siempre, sino siempre, es el vínculo. De esa parte que no se ubica en ningún lado, no hay un acá ni un allá. Esto de poder encontrarnos en la vulnerabilidad”, subrayó, recuperando la palabra que utilizó su editor abrir la jornada. Y marcó sobre la realidad actual: “Parece que acá lo que garpa es que si te peleás con tu pareja (hacer) como que nada te importa”, lo cual rechazó, y se pronunció, en cambio, por: “Mostrar la realidad de lo que uno está viviendo, que hay cosas que nos duelen. A mí me duele el mundo”, lamentó.

 

En varios pasajes de la exposición hubo toques de humor, casi de stand up, por las interacciones de la escritora con sus hijos, que le dieron ese otro toque de cercanía y de apertura hacia el público.

 

“La vez pasada decía que casi que no somos libres, estamos determinados por un montón de cosas. Pero hay un solo tramo, chiquito, donde sí podemos elegir, y es qué hacemos con lo que nos pasa, y eso lo voy a exprimir. Si no me sirve esto, o no me suma, o es un vinculo tóxico, no lo quiero. Cuesta, pero cuando uno ve la puerta y sabe donde va no se entretiene en las demás ventanas, sabe que va hacia vivir lo más libre posible. De ser cada vez mas uno y no de acoplarse al resto porque es lo que se usa. Tratar de encontrar la verdad interna, de volver a armar la lista de invitados de mi vida”.

 

“Curame tiene que ver con aprender a transitar con cosas que nos hacen daño, entendiendo que la cura, esto es, la aceptación de las situaciones, tiene que ver con que yo me encuentre disponible, vulnerable, para que el cambio también suceda. No hay fórmulas mágicas. Pero cuando uno quiere ingresar a un cambio interno tiene que ir hacia adentro, el único viaje emocional sincero y honesto es el interno, y supone soledad, porque implica callar el mundo interno. No es fácil, pero cuál es la vara que nos va a definir ¿cuán fácil o difícil es algo, o que sea lo que hace bien o no?”.

 

“Y Curame tiene que ver con eso, que hay un lugar, un espacio chiquito, en donde nos estamos curando todos, y que es en el vínculo, y justo en el vínculo es donde uno puede elegir con quiénes sí y con quiénes no. Curame no es al otro, sino que tiene que ver con una voz interna que en un momento de mi vida me hice también a mí misma, y para salvarme a mí tuve que pedir y recurrir a un montón de gente”, añadió.

 

Sobre el final, y volviendo a otra expresión de su editor, Lorena también reflejó la importancia de las palabras. “Para mí la palabra es fundante, es el camino que uno tiene para modificar cualquier cosa. No todo es modificable, pero por lo menos si uno empieza a decirlo tiene el primer tramo hecho, uno empieza a sanarse a medida que comienza a pronunciar eso que le pasa, y para saber qué le pasa tiene que emprender el viaje hacia uno mismo”, concluyó.

 

Y si toda boda culmina con el arrojo de un ramo de flores, esta no fue la excepción, con la diferencia de que aquí no hubo que disputárselo. En la espera para hacer firmar el libro por su autora, integrantes de la editorial comenzaron a repartir los arreglos florales entre el público. “Cuando se secan pueden usarlos como señalador”, sugirió el editor Mego. Una frase que cerró otra idea de duelo, el de la plenitud de una flor que pronto culminará, pero que, sin dejar de ser ella, podrá renacer con otro concepto.

 

Fotos: La Perinola.

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